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lunes, 12 de enero de 2026

Olga Casado en Manizales: Cuando el llanto también es de oro


Manizales se rinde ante el alma de Olga Casado, más allá de la frialdad del acero. Foto Camilo Díaz

Germán D' Jesús Cerrada 

​Hay tardes en las que el toreo no se mide en trofeos, sino en la profundidad de las emociones que quedan grabadas en la piedra de la plaza. 

Lo vivido por Olga Casado en su debut en Manizales fue un viaje vertiginoso desde la idolatría absoluta hasta el desconsuelo más humano. 

Desde el paseíllo, la plaza se entregó a ella, iniciando un idilio con "Amadís", el tercero de la tarde, un noble ejemplar con el que la torera dibujó pasajes de una belleza emocionante. Sus verónicas, las gaoneras con brionesa y esa muleta que supo entender la obediencia del utrero desataron un furor pocas veces visto. 

El culmen de esta entrega llegó con los pases genuflexos ayudados, un despliegue de arte que hizo que la plaza entera le declarara su amor a gritos mientras el pasodoble "Feria de Manizales" retumbaba en las almas.

​Sin embargo, la cara amarga del destino apareció cuando el triunfo grande se escapó por el filo de la espada; los pinchazos redujeron la apoteosis a una oreja de consuelo.

Pero lo más duro estaba por llegar con el sexto toro, un manso sin opciones que se convirtió en una muralla de estulticia, apagando cualquier rendija de ilusión. Tras un esfuerzo estéril y desesperado por robarle pases a quien no quería dar la cara, llegaron los fatídicos tres avisos. 

En ese momento, la figura de la torera se rompió en un llanto amargo, un estallido de tristeza que conmovió profundamente a los tendidos.

​A pesar del silencio del acero y la frialdad de los avisos, se produjo el triunfo del corazón cuando Manizales dictó su propia sentencia.

Mientras las lágrimas corrían por el rostro de Olga, un solo grito unánime e imponente arropó su dolor: "¡Torera! ¡Torera!". 

Olga Casado se fue de la plaza sin la Puerta Grande, pero con algo mucho más difícil de conseguir: el respeto y la compasión de una afición que vio en sus lágrimas la verdad de quien lo da todo y sufre cuando el destino le da la espalda. En Manizales, Olga no solo demostró que sabe torear con el alma, sino que siente su profesión con la pureza de los elegidos.

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