Los banderilleros venezolanos Diego Guillen, José Antequera, Salvador Muñoz y Oswaldo Padrón con el bisoño matador Cleiderman Méndez "El Moro" el pasado domingo en su alternativa
Jesús Ramírez "El
Tato"
En las plazas de toros de Perú, un nutrido grupo de profesionales subalternos venezolanos, se está ganando un lugar a pulso.
Banderilleros y picadores, enfrentan no solo el peligro del toro de todo tipo, sino las dificultades propias del migrante: cultura, moneda, lejanía familiar y documentación.
Sin embargo con una entrega fuera de lo común, han venido abriendose paso y sintiendo el reconocimiento profesional en el ruedo.
Venezuela y Perú son dos de los ocho países que mantienen viva la fiesta brava. Esa raíz compartida ha sido el trampolín para que estos venezolanos encuentren en el país inca, un nuevo hogar profesional.
La inestabilidad migratoria, los contratos eventuales son obstáculos casi permanentes que ellos vencen con disciplina y vocación.
Detrás de cada paseillo ataviados de plata y cabos negros, hay historias de largos viajes, noches sin dormir y una voluntad de hierro. No solo se cruzan fronteras geograficas, sino barreras de vida en peligro.
En el ruedo se demuestra ante el toro, que el valor no entiende de nacionalidades y que con gran esfuerzo estos venezolanos de Maracay, Valencia y los Andes, están demostrando cada tarde y cada toro una nueva oportunidad y una nueva experiencia para seguir escribiendo sus páginas en un libro de historias de resistencia, sacrificio y afición.
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