Cuentos y Verdades de Álvaro Sandia Briceño
Por: Germán D' Jesús Cerrada
Los integrantes de la Promoción de Abogados "Dr. Pedro Pineda León" nos acercábamos a los exámenes finales del quinto año de Derecho en aquel inolvidable julio de 1964. La cercanía del grado la celebramos con intensa alegría: nuestro Padrino, el Dr. Pedro Pineda León, nos agasajó en su residencia de la Avenida 4 —media cuadra abajo del negocio de Tina Bonetti y de la agencia del Banco de Occidente— y días después nos ofreció un estupendo asado criollo en su Hacienda La Isla.
En correspondencia, los alumnos invitamos al Padrino, al Decano Dr. Ramón Massino Valeri, al Director de la Escuela de Derecho Dr. Jorge Francisco Rad Rached y a nuestros profesores a una cena en el Restaurante La Paellera de Carlos Simó.
La velada culminó con una disparatada "corrida de toros" donde el diestro fue el propio Decano y el "toro de lidia" nuestra bella compañera Cristina Omaña, a quien el veterano jurista le colocó dos banderillas de fuego improvisadas con pitillos de refresco encendidos.
El día de la última prueba —Hacienda Pública, con jurado presidido por el Dr. Luciano Noguera Mora, materia en la que jamás se había raspado a un alumno en la historia de la Facultad— contratamos al recordado Mática. A la salida de cada estudiante del salón, Mática encendía con su sempiterno tabaco y disparaba un mortero en el patio central.
Luego vino el desfile de carros por la ciudad, encabezado por el Volvo verde de Pío Gil Moreno. Los vehículos lucían pintas en sus vidrios; al de mi madre, prestado para la ocasión, le escribieron "Dr. Goldwater" (en guiño al candidato republicano estadounidense de aquel año electoral). En él me acompañaron mi novia de entonces, Carmen Noguera, y mis amigas Marinés Mora y Alicia Portillo, a quienes invité a almorzar al Hotel Belensate.
El día de la graduación inició con la Misa de Acción de Gracias en la Catedral Metropolitana y la solemne ceremonia en el Aula Magna, donde el Rector Magnífico, Dr. Pedro Rincón Gutiérrez, nos entregó el título de Abogado «en nombre de la República y por autoridad de la Ley».
Las celebraciones familiares no se hicieron esperar. La mía la compartí en la antigua sede del Mérida Country Club de la Avenida Urdaneta junto a mis compañeros Jesús Rondón Nucete, María Elena Giusti, Sonia Carrillo de Gaínza y José D'Albenzio Talamo.
Bailamos hasta el amanecer a los acordes de la Mérida Swing Boys. Ofrecí whisky Dimple Tres Filos y pasapalos a cargo de Carlos Simó. El Padrino, Dr. Pineda León, junto a su esposa Rosita, acudió a todos los festejos de sus ahijados; llegó al nuestro tras cumplir con todos y se retiró con los últimos trasnochadores.
A la fiesta invitamos a nuestro compañero Ramón Reinozo Núñez, quien disfrutó a lo grande junto a su esposa Aída Avendaño de Reinozo, paseándose por las mesas con su cordialidad característica.
A la noche siguiente, su cuñado, el Dr. José Jesús Avendaño, lo agasajó con una cena íntima a la que asistimos varios compañeros y profesores.
Ramón había iniciado la carrera de Derecho tras un respetado recorrido como docente en el Liceo Libertador y otros institutos de secundaria. Era un alumno abnegado, serio, estudioso y profundamente afable. Desde que coincidimos en las aulas cultivamos una amistad entrañable e imperturbable.
La vida, sin embargo, guarda giros crueles. Pocos días después de recibir el título, Ramón Reinozo Núñez viajó al Estado Bolívar para participar en una Convención de Maestros.
Durante una visita al sector de La Llovizna, a orillas del majestuoso río Caroní, un numeroso grupo de educadores se agolpó sobre un frágil puente de madera suspendido por cuerdas para apreciar mejor la vertiente. La estructura no soportó el peso y cedió, precipitando a decenas de profesores a las turbulentas aguas infestadas de pirañas.
Entre los trágicamente ahogados se encontraba nuestro querido Ramón. Su cuerpo sin vida pudo ser reconocido en medio de la vorágine únicamente por el anillo de graduación de abogado que aún portaba con orgullo en su dedo anular.
Un avión de la Fuerza Aérea Venezolana trasladó sus restos a Mérida para recibir el sentido tributo de sus alumnos, colegas y amigos, antes de ser conducido a su morada final en el Cementerio de El Espejo.
Sirva esta semblanza para rendir tributo de gratitud y afecto al amigo y compañero Ramón Reinozo Núñez, al recordarse más de seis décadas de nuestro grado y de su dolorosa partida.