Cuentos y Verdades de Álvaro Sandia Briceño
Por Germán D' Jesús Cerrada
Octavio Acuña Solano fue un pintor que cambió el frío de su Chile austral por la luz de nuestra Mérida. Se hizo tan merideño que sus telas terminaron saturadas de nuestros azules intensos y esos colores fuertes que solo se encuentran en los patios y trapiches andinos.
Su estudio en la Urbanización Santa María era un templo del color, donde de tanto en tanto, abría sus puertas para que los amigos admiraran sus últimas visiones.
Fue un sábado cualquiera cuando, entre copas y tertulias, mis ojos quedaron prendados de una obra: un portón rojo vibrante que me sacudió la memoria. Ese rojo no era solo óleo; era un pasaporte a mi infancia en Ejido, cuando de la mano de mi tío Enrique Uzcátegui y mis primos, visitaba la solariega casa de don Antonio Uzcátegui Monreal.
Acuña Solano, que de tonto no tenía un pelo y conocía bien el brillo en el ojo del comprador, me abordó:
—¿Le gusta el cuadro, Álvaro? —preguntó con su acento austral.
Asentí con el alma, pero al preguntar el precio, el que pegó el respingo fue mi bolsillo. La cifra era, por decir lo menos, digna de un museo europeo.
Me retiré con la elegancia del que admira y calla, pero con la espina de quien desea lo inalcanzable.
Sin embargo, el destino —o quizás la administración del artista— tiene sus vueltas. A los pocos días, recibí una llamada:
—Álvaro, tengo un "apuro económico" y necesito liquidez —confesó el pintor—. Aquel portón rojo que tanto miraste... es tuyo por un precio que no podrás rechazar.
Esa misma tarde, el trato se cerró. Con el cuadro bajo el brazo y la satisfacción del que hace un buen negocio, lo llevé a una galería en la Avenida 3, frente al Hotel Oviedo, para que le pusieran un marco a la altura de su belleza. Pagué el trabajo y, debido a mis constantes viajes profesionales de aquel entonces, cometí el pecado del olvido.
Pasaron tres semanas. Yo andaba en otros asuntos cuando me topé con Acuña Solano en plena Plaza Bolívar. Él, con una sonrisa de oreja a oreja, me estrechó la mano con un entusiasmo inusual.
—¡Gracias a usted, Álvaro, he vendido media exposición! —exclamó.
—¿A mí? —preguntó extrañado— Pero si apenas le compré un cuadro...
Acuña soltó una carcajada:
—Es que su Portón Rojo sigue ahí, en la vidriera de la galería que da a la calle. ¡Ha llamado tanto la atención que la gente se para, pregunta por el autor y me llaman de inmediato! Ha sido mi mejor vitrina.
En ese momento caí en cuenta de mi involuntaria generosidad. Por un olvido propio de la agenda apretada, mi cuadro se había convertido en el vendedor estrella del pintor, sacándolo de sus apuros y llenando las paredes de otros merideños con su obra.
Finalmente fui a rescatar mi bendito portón, que hoy descansa en mi casa, pero no sin antes haber cumplido su cuota de servicio social como el anuncio publicitario más hermoso que haya tenido la Avenida 3.