Cuentos y Verdades de Álvaro Sandia Briceño
Por Germán D' Jesús Cerrada
Cuando el reloj marcaba las ocho de la noche, un manto de neblina espesa y un frío cortante bajaban de la Sierra Nevada para abrazar la Plaza Bolívar de Mérida. Lejos de ahuyentar a la gente, la noche andina de los años sesenta era la invitación perfecta para abrigarse con buena lana y cumplir con el ritual más democrático y elegante de la ciudad: las célebres retretas de los jueves y domingos.
Aquella hermosa plaza, adornada con jardines impecables y custodiada desde 1930 por la estatua ecuestre del Libertador, era la evolución de la antigua Plaza Mayor. El mismo espacio central que el 9 de octubre de 1558 Juan Rodríguez Suárez fundó bajo el pendón real invocando a San Dionisio.
Con los siglos, ese cuadrilátero —donde los campesinos de La Hechicera, San Jacinto, El Valle, El Llano Grande, La Otra Banda y la cuesta de Belén traían sus cosechas a lomo de mula— se transformó en el gran salón social de los merideños.
Circundada por la majestuosa Catedral y el Palacio de Gobierno (ambos inaugurados en el Cuatricentenario de 1958), el Palacio Arzobispal y la Universidad de los Andes, la plaza no hacía distingos de clase para albergar a sus hijos.
A esa hora, el aliento de los músicos de la Banda del Estado se convertía en vapor bajo las luces de la plaza. Bajo la batuta magistral del profesor José Rafael Rivas, el concierto comenzaba. Era una verdadera cátedra itinerante que paseaba los oídos del público por piezas clásicas, pasodobles y valses criollos que entibiaban el alma.
Mientras la música flotaba en el aire gélido, las familias escuchaban desde sus autos estacionados y los novios —algunos en ciernes, otros ya consolidados— caminaban tomados de la mano.
Pero el verdadero motor de la retreta, antes y después de los acordes, eran las tertulias en movimiento. La gente le daba vueltas y vueltas al cuadrilátero de la plaza. En esos grupos que caminaban sin cesar se mezclaban profesores del Liceo Libertador, magistrados, estudiantes y destacados académicos. Allí se discutía la política del estado y las noticias del país. La plaza era el termómetro de una Venezuela que despertaba a la democracia.
Ese mismo suelo que en 1946 vio a un joven Rafael Caldera llenar el espacio en medio de una lluvia de piedras adecas, y que en 1958 vibró con la celebración de la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, era ahora el escenario de debates memorables.
El doctor Germán Briceño Ferrigni solía recordar con nostalgia cómo los integrantes del famoso "Grupo Abril" —donde militaba junto a figuras de la talla de Miguel Ángel Burelli Rivas, Luciano Noguera Mora y Olinto Corredor— arreglaban el país y discutían los temas más espinosos de la sociedad mientras le daban vueltas a la plaza, arropados por la bruma merideña.
Las retretas de la Plaza Bolívar hoy forman parte de nuestro cofre de recuerdos.
Al rememorarlas, queda viva la esperanza de que esos tiempos vuelvan; que la música regrese al centro de la ciudad y que los merideños, con los rostros iluminados de alegría, podamos volver a pasear juntos por una plaza segura, verde y cuidada, bajo la amable sombra de una Mérida que siempre ha sabido encontrar su norte en la civilidad y el reencuentro.