Por: Germán D' Jesús Cerrada
Fotos: @Leoesnoticia
La noche de este Jueves Santo en Mérida no fue una noche cualquiera. Bajo una esplendorosa luna llena de tintes rojizos y un frío que calaba los huesos, miles de fieles se volcaron a las calles de la "Ciudad de los Caballeros" para cumplir con la tradicional visita de los siete templos.
Una romería de fe que, si bien desbordó devoción, también evidenció la ausencia total de agentes del orden público y una alarmante falta de alumbrado en las calles del centro histórico.
El recorrido comenzó a las 8:00 p.m. en la capilla de la Casa Hogar "Delia Dávila", donde la música sacra de un trío de monjas preparó el espíritu para lo que vendría.
De allí, la marea de feligreses se trasladó a la Iglesia San Miguel de El Llano, donde las cofradías, en un esfuerzo por mantener la solemnidad, custodiaban el silencio de los orantes.
El tercer punto fue la Capilla de la Virgen del Carmen, lugar de adoración permanente que este jueves se convirtió en epicentro de reencuentros entre amigos y turistas. La fe servía de puente en una noche donde el saludo y el abrazo se mezclaban con la oración dirigida al "Dios del universo".
Al llegar a la Catedral Basílica Menor de Mérida, el sonido del órgano retumbaba en las bóvedas, elevando las plegarias ante el Santísimo, el Nazareno, la Virgen La Dolorosa y San José Gregorio Hernández.
Sin embargo, la espiritualidad del momento chocaba con la realidad exterior: al enfilar hacia la Iglesia de El Espejo por la Calle de la Igualdad, la oscuridad era casi total. A falta de alumbrado público, la luna llena fue el único testigo y guía de los caminantes.
Frente a la Plaza del Espejo, el quinto monumento destacó por su belleza y la maestría musical que acompañaba la visita.
Tras buscar el vehículo para continuar la ruta, el sexto templo, la Iglesia de La Tercera (Perpetuo Socorro), seguía recibiendo a cientos de personas que buscaban en esta tradición el aliento espiritual necesario para estos tiempos.
El cierre oficial estaba previsto en la Iglesia San Juan Bautista de Milla, la parroquia de mi juventud y los recuerdos. Frente a la Plaza Sucre, el imponente monumento central marcaba el cumplimiento de la misión.
No obstante, el corazón pidió una parada extra: la Iglesia de Nuestra Señora de Belén.
En este octavo templo, el del bautizo y la primera comunión, el recorrido se cerró con una mirada a la infancia. Cerca de la medianoche, entre monumentos alegóricos y el silencio de una ciudad que reza a pesar de las sombras, la romería culminó con la satisfacción del deber espiritual cumplido.


