Cuentos y Verdades de Álvaro Sandia Briceño
Por: Germán D' Jesús Cerrada
El Bar de Pierre —el entrañable y siempre recordado Chez Pierre— era muchísimo más que un simple rincón bohemio para apagar la sed con unas cervezas bien frías o unas generosas cubalibres en nuestros inolvidables tiempos de estudiantes universitarios.
En aquella Mérida de neblina perpetua y frío retador, ese recinto se erigió como el auténtico templo y refugio donde la juventud de la Universidad de los Andes (ULA) compartía sus inquietudes intelectuales, arreglaba el país en un santiamén y conspiraba amigablemente entre trago y trago.
Al frente del timón se encontraba Don Pierre Belmonte, un personaje digno de novela. Veterano de la Segunda Guerra Mundial, Pierre había combatido con gallardía en las filas de los míticos Maquis, la espina dorsal de la resistencia francesa que plantó cara con valentía a la ocupación nazi.
Con semejante historial a cuestas y una visión de mundo que ya quisieran muchos académicos, Pierre no solo servía tragos con precisión europea; era, ante todo, el consejero de cabecera de decenas de estudiantes que acudían a su barra buscando luces para resolver cualquier dilema existencial o político del momento.
Eran los tiempos de la Venezuela del "tá barato, dame dos", una época dorada y sin nubarrones inflacionarios donde la paridad cambiaria permanecía anclada en unos imbatibles 4,30 bolívares por dólar.
En el Chez Pierre, el presupuesto estudiantil rendía milagros: una cerveza vestida de novia costaba apenas real y medio (Bs. 0,75); una cubalibre se cotizaba en tres reales (Bs. 1,50); y la joya de la corona —una botella entera de ron Santa Teresa o Pampero, las únicas señoras del mercado nacional— servida con su respectiva Coca-Cola, hielo a discreción y limones frescos, salía en tan solo 25 bolívares.
Pierre, que conocía en carne propia el hambre y las privaciones de la guerra, nos otorgaba el beneficio del fiado a casi todos. Pero aquel crédito de pura confianza exigía una contraparte inquebrantable: el honor de cumplir la palabra empeñada. Para los olvidadizos o los rezagados crónicos, existía una verdadera espada de Damocles: el cuaderno azul.
Era un cuaderno de tapas duras, pulcro y ordenado, adquirido en la vecina Librería Mérida de Don José Scheuren. Caer con tinta indeleble en aquellas páginas significaba la muerte civil y el destierro absoluto; el deudor jamás podría volver a pisar el sagrado recinto del bar.
Cierto día, uno de nuestros más consecuentes y alegres compañeros de parranda se descuidó con las cuentas, acumulando una mora complejamente alta. Pierre, con su imperturbable temple francés pero con un tono de seria advertencia, se me acercó sabiendo perfectamente que yo era la sombra del deudor en las aulas de la Facultad de Derecho y su cómplice en las noches de bohemia:
—"O paga, o lo anoto en el cuaderno azul".
El mensaje no era un aviso; era una sentencia de exilio inmediato. De forma perentoria le transmití el ultimátum a mi amigo, quien casualmente era hijo del propietario de una de las concesionarias de automóviles más conocidas y prósperas de la ciudad. Al escuchar el peligro inminente que corría su reputación bohemia, el muchacho partió raudo y veloz como el viento hacia el negocio de su progenitor en busca de auxilios financieros urgentes.
Al sol de hoy, jamás supimos con certeza qué artimaña retórica o ingeniería mental utilizó ante su padre para conseguir los cincuenta bolívares de la deuda. De lo que sí estuvimos completamente seguros es de que el dinero no salió voluntariamente del bolsillo de su progenitor.
Lo cierto es que, al llegar puntualmente a la clase de las cinco de la tarde, me miró con una sonrisa de oreja a oreja, sacó pecho con orgullo y me susurró con extrema picardía:
—"Tengo los cobres... y algo más".
La directiva estudiantil no podía dejar pasar semejante acontecimiento con simple indiferencia. De inmediato, los compañeros de estudios más cercanos nos constituimos formalmente en una "comisión mediadora". Al salir de la facultad, organizamos una solemne y divertida procesión. Caminamos con paso lento, circunspección jurídica y rostro de circunstancias los escasos cincuenta metros que separaban la Escuela de Derecho del Chez Pierre.
El deudor encabezaba la marcha con la frente en alto, escoltado como un dignatario.
Al cruzarse el umbral, bajo la mirada atenta de los parroquianos habituales y frente a la gran ventana que enmarcaba la majestuosa Catedral y la Plaza Bolívar de Mérida, nuestro amigo se plantó ante la barra con los lentes bien puestos.
Con una solemnidad casi litúrgica, procedió a cancelar los 50 bolívares del compromiso.
Pierre, exhibiendo una leve sonrisa de satisfacción, cerró de golpe el cuaderno azul antes de que el nombre del muchacho fuera manchado con el estigma de la morosidad.
Para celebrar su recién recuperada solvencia económica y la liberación de su honor, el indultado gritó con genuino entusiasmo a los cuatro vientos:
—¡Una botella de ron para la mesa, que esta la pago de inmediato!
Todos respiramos aliviados, chocamos los vasos llenos de cubalibre con limón y celebramos con ruidosas carcajadas que nuestro estimado compañero se había salvado, raspando la raya y en el último minuto, de pasar a la temida e inapelable lista de los "execrados" del inolvidable Bar de Pierre.