Don Mario Pinto: Retrato y montaje alegórico que sintetiza una vida consagrada a los cielos, los parques, la equitación y las tradiciones merideñas.
Por Germán D' Jesús Cerrada
Hay hombres cuya vida no se mide únicamente por los años cumplidos, sino por la profundidad de la huella que dejan en la tierra que pisan y en la memoria de quienes tuvieron el honor de conocerlos.
Hablar de Don Mario Armando Pinto Mora —simplemente Don Mario Pinto— es evocar a un autodidacta ilustre, a un hombre visionario y profundamente humano, cuya existencia estuvo trenzada por cuatro grandes pasiones: los aviones, la fiesta brava, los caballos y el amor visceral por los árboles.
Esta es la semblanza de un personaje irrepetible, atesorada a través de las vivencias compartidas por su hija Sandra y el afectuoso recuerdo de quienes compartieron con él en sus años mozos en la Mérida de ayer.
Nacido el 24 de agosto de 1927 en la localidad «Cumbre Pinto», en la heroica tierra de Santa Cruz de Mora, en el municipio Pinto Salinas del estado Mérida, el destino puso a prueba a Don Mario desde muy temprano.
Huérfano a corta edad, creció bajo el amparo amoroso de su tía Francisca, a quien sus descendientes siempre veneraron como una verdadera madre y abuela, acompañándolo espiritualmente hasta el día de su partida física el 2 de enero de 1998, a los 71 años de edad.
Con apenas 11 años partió hacia la vorágine de Caracas a trabajar. Sin la oportunidad de recibir una educación formal, Don Mario demostró desde niño una inteligencia despierta y una sed insaciable de conocimiento. Fue un autodidacta nato. Su afición por las letras deslumbró a su suegro, el célebre historiador zedeño R. A. Rondón Márquez, quien al admirar la solidez con la que leía —lo mismo a Platón que las entrañables ediciones de la revista Selecciones— le legó una parte fundamental de su valiosa biblioteca personal.
Don Mario Pinto junto a su esposa Mercedes Rondón Tarchetti y sus hijos, retratados en la plenitud de su juventud, pilar y motor fundamental de su vida.
Poco después, Don Mario conformaría su hogar junto a Doña Mercedes Rondón Tarchetti, con quien procreó cuatro hijos: Elba Morella, Leonardo Antonio, María Alessandra y Olimpia Andreina Pinto Rondón, pilares de su vida y custodios de su legado.
El carácter y la lealtad familiar también marcaron su juventud. Siendo primo hermano del prócer civil y poeta Antonio Pinto Salinas —secretario general de Acción Democrática en la clandestinidad—, Don Mario sufrió en carne propia la represión de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, siendo privado de su libertad en 1953.
Tras su periplo capitalino, su espíritu emprendedor lo llevó a las fronteras selváticas del sur de Venezuela. En Guayana, Ciudad Bolívar y el Amazonas, abriendo paso en Santa Elena de Uairén y Puerto Ayacucho, inauguró las primeras oficinas de Aeropostal en aeropuertos nacientes y apoyó en la logística para el traslado de misioneros jesuitas y salesianos. Fue en esa época de pionero cuando afianzó su devoción por la aviación: siempre viajando en la cabina de mando junto a los pilotos, acumulando historias legendarias sobre tormentas impredecibles y misteriosos avistamientos en los cielos guayaneses.
En esos mismos caminos de la patria conoció a Renny Ottolina, «el Número Uno» de la televisión venezolana, a quien Don Mario acompañó posteriormente en Mérida para la producción de aquel histórico programa que promocionó las bellezas turísticas del estado.
Don Mario Pinto compartiendo con otros miembros del Club de Leones de Mérida
A finales de la década de 1960, Don Mario regresó a Mérida como Jefe de Estación de Aeropostal en el Aeropuerto «Alberto Carnevali». En la jerarquía comercial de la época, su cargo representaba la verdadera gerencia local: una responsabilidad logística y humana gigantesca.
Exigente con la seguridad de la difícil aproximación a la meseta merideña, recordaba que la empresa requería a capitanes con un mínimo de 25.000 horas de vuelo, veteranos curtidos que venían a transmitir su experiencia a jóvenes copilotos.
Cuando el mal tiempo imposibilitaba los vuelos a Maiquetía, la casa de Don Mario se convertía en posada y refugio donde los pilotos compartían largas tertulias que fascinaban a sus hijos.
El destino tocaría la puerta de la familia el 25 de enero de 1971, con la tragedia del vuelo 359 de Aeropostal, un avión Vickers Viscount de matrícula YV-C-AMV que se estrelló pocos minutos después de despegar rumbo a Caracas. Ese fatal día, Don Mario tenía previsto abordar la nave; sin embargo, cediendo al sentido de la amistad y la cortesía, le cedió su puesto a última hora al diputado Néstor Trejo, quien requería viajar de emergencia al Congreso.
Cuando las radios locales anunciaron la caída del avión en el Páramo El Campanario, cerca de Jají, en la casa de la familia Pinto cundió el pánico. Doña Mercedes y la vecina Nelly de Trejo vivieron horas de desgarradora incertidumbre al no saber quién había quedado en el manifiesto final.
Fue Bartolomé, el fiel chofer de Don Mario, quien llegó con la milagrosa noticia de que Don Mario estaba a salvo en la oficina del aeropuerto organizando las labores de emergencia, y que el diputado Trejo había milagrosamente sobrevivido al impacto junto a otros pasajeros.
Durante días, la oficina de Aeropostal bajo la coordinación de Don Mario fue el epicentro de la emergencia: atendiendo directamente a los familiares de las víctimas y sobrevivientes, sirviendo de enlace de comunicación entre Maiquetía, el Ejército y la Gobernación, y apoyando la logística para el traslado de los heridos rescatados de la montaña.
Tras retirarse de la aviación comercial, Don Mario volcó su inmensa energía en la tierra y la naturaleza, especializándose en la construcción y mantenimiento de parques y jardines con su empresa Otejar. Bajo la gestión del Gobernador Dr. Germán Briceño Ferrigni, la mano visionaria y el amor de Don Mario dejaron una huella imborrable en el rostro urbano de Mérida. Fue el artesano y guardián de espacios icónicos como el Parque del Ejército, el de la Marina, la Aviación, los parques de la Avenida Andrés Bello, el Jardín Acuario, la Avenida Urdaneta, el Parque de los Escritores, la Plaza Beethoven, el mantenimiento de Los Chorros de Milla y el Parque La Isla.
Mantuvo dos viveros excepcionales: el primero ubicado en las instalaciones del Jardín Acuario para el cultivo de plantas de mantenimiento de las áreas publicas, y luego su vivero particular en el sector Zumba, donde producía todo tipo de especies para la venta.
Don Mario Pinto (1927–1998): Composición documental que sintetiza el retrato de su vida y sus cuatro grandes pasiones: los aviones de Aeropostal, la afición a los toros y los caballos, el amor incondicional por la siembra de árboles y la lectura.
Nadie amó tanto a los árboles como él. Es célebre la anécdota contada por Sandra cuando, para proteger el gran árbol que separaba las urbanizaciones Alto Chama y El Carrizal, Don Mario se plantó valientemente frente a él impidiendo su tala, pasando horas allí hasta que los bomberos se retiraron.
Todos los árboles que sobrevivieron en la Avenida Andrés Bello tras las obras del Trolebús fueron sembrados por sus manos, con la ilusión de quien sabe que plantar un árbol es regalarle futuro a una ciudad.
Don Mario Pinto fue, además, un enamorado ferviente de la fiesta brava y socio de Correalsa, la empresa constructora de la Plaza de Toros Monumental «Román Eduardo Sandia» de Mérida.
Amante de los caballos, perteneció a esa estirpe de caballistas merideños que en aquellos años recorrían las calles de la ciudad a lomo de caballo los días sábado.
Como miembro e integrante de la Junta Directiva de la Cámara de Comercio de Mérida, recibió años más tarde un homenaje especial bajo la presidencia de César Guillén Lamus.
Curiosamente, el hombre que pasó parte de su vida entre pistas y hangares desarrolló con el tiempo un singular temor a volar, por lo que requería viajar en la cabina junto a sus amigos pilotos, el único lugar donde hallaba serenidad.
Para quienes lo conocieron en la lozanía de la juventud, Don Mario Pinto no fue solo un gerente o un empresario: fue el caballero de la gentileza, el autodidacta ejemplar y el sembrador que enseñó a Mérida a amar la sombra de sus árboles y la grandeza de sus tradiciones.
Su memoria sigue viva en cada rincón verde de la ciudad que tanto amó.