Cuentos y Verdades de Álvaro Sandia Briceño
Por: Germán D' Jesús Cerrada
El proceso democrático inaugurado el 23 de enero de 1958 abrió las compuertas a una época vibrante. Para quienes entonces estudiábamos en los liceos públicos, los colegios privados o en las pocas universidades de la época —la UCV, LUZ, la Universidad de los Andes (ULA), la UCAB y la Santa María—, la política no era un oficio de burócratas, sino una pasión indomable.
Impulsados por la euforia del momento, nos volcamos a inscribirnos en las grandes organizaciones del tablero nacional: Acción Democrática (AD), Unión Republicana Democrática (URD), el Partido Comunista de Venezuela (PCV) y el Partido Social Cristiano COPEI.
En esos primeros meses de 1958, firmé mi adhesión a la Juventud Revolucionaria Copeyana (JRC). Todavía debo tener guardado en alguna gaveta el carnet N° 18.118 que me asignaron. En aquellos tiempos, las organizaciones políticas se sostenían sobre una disciplina férrea. Y considero que, precisamente por eso, funcionaron tan bien.
Los Comités Regionales dictaban pautas que se cumplían sin chistar. Las tareas iban desde internarse en un pueblo o aldea recóndita para inscribir nuevos militantes, hasta organizar mítines o desgastar la suela de los zapatos en visitas casa por casa para difundir la doctrina del partido.
Para aquellas misiones no existían viáticos, lujos ni cuentas de gastos de viaje. La orden era tajante:
"Aquí tiene para el pasaje en autobús.
Cuando llegue al sitio, el máximo dirigente del pueblo le dará la comida y, si se tiene que quedar, le asignará una cama y una cobija para arroparse".
Ese compromiso no flaqueó con los años; se mantuvo intacto durante el bachillerato, los pasillos universitarios y continuó rigiendo nuestras vidas incluso después de haber recibido los títulos profesionales.
Nadie se negaba. Para eludir una asignación se requería una excusa casi escolar, plenamente justificada.
Recuerdo claramente una ocasión en que me ordenaron viajar a Chichuy, esa pequeña aldea incrustada cerca de Ejido, para realizar un trabajo de visitas casa por casa. Mi escoliosis, que a veces me juega malas pasadas, arreció con fuerza al acercarse el fin de semana. Tuve que acudir de urgencia a mi traumatólogo de cabecera, el Dr. Juan de Dios Celis, para que me extendiera un récipe médico que indicara reposo absoluto. Solo así, presentando aquel papel en mano al presidente del partido, logré que me eximieran del viaje.
La disciplina no entendía de momentos personales. En las elecciones de 1968, estando yo recién casado, recibí la instrucción de trasladarme por una semana entera a San Cristóbal de Torondoy. Allí, la hospitalidad de la casa y la mesa de Don Luis Volcanes Barone lograron mitigar, al menos un tanto, la nostalgia del reciente hogar abandonado.
Con el paso de las décadas, el país cambió, los partidos mutaron y la vieja disciplina se desmoronó.
Los ideales le dieron paso a los viáticos; los viajes en autobús a Caracas fueron sustituidos por pasajes aéreos, y la generosidad de las casas de los dirigentes pueblerinos fue reemplazada por la frialdad de los hoteles de muchas estrellas.
Al mirar en retrospectiva el panorama actual, cabe hacerse la pregunta obligada: ¿No habrá sido la pérdida de esa disciplina y de aquella mística juvenil una de las causas principales por las cuales los grandes partidos históricos se minimizaron, siendo sustituidos en el espectro político por agrupaciones que carecen de la estatura y calidad de la dirigencia nacional y regional de antaño? ¿O será, simplemente, que todo cambió porque el mundo avanza inexorablemente, nos guste o no a quienes ya llevamos canas en la cabeza y arrugas tejidas de recuerdos?