Fachada histórica de la emblemática esquina de "Casa Blanca" en la Avenida 3 Independencia con calle 21. Un punto de encuentro que definió la vida social de la Mérida del siglo XX. (Autor desconocido).
Por Lic. Germán D' Jesús Cerrada, CNP 3.688.
En la intersección exacta de la Avenida 3 Independencia con la calle 21 Lazo, justo donde el pulso de la Mérida de antaño latía con mayor vigor, se erigió durante casi medio siglo un templo del encuentro popular: Casa Blanca. Ubicado estratégicamente a solo una cuadra del bullicio del viejo Mercado y del icónico Pasaje Tatuy, este local fue mucho más que un comercio; fue el escenario donde se escribió la historia cotidiana de la ciudad entre 1950 y 1995. Todo comenzó bajo la mirada de su fundador, Don Luis Aliso, un hombre de estampa clásica que, entre el humo de su tabaco y la sombra de su sombrero, sentó las bases de un espacio que traspasó generaciones. A su partida, el timón pasó a manos de su hijo, Luis Torres, un personaje de una jovialidad contagiante y elegancia impecable, quien los sábados deslumbraba luciendo trajes perfectamente combinados con correa y zapatos blancos, manteniendo siempre la chispa de la alegría y cuidándose de no perder la compostura frente a los brindis.
El ambiente en Casa Blanca era una mezcla vibrante de sonidos y aromas: el rítmico chocar de las bolas en las mesas de billar de tres bandas o en el popular pool de quince, el barajar de las cartas españolas para el ajiley o la caída, y el inconfundible eco de los dados sobre la madera. Por solo dos bolívares la hora, el tiempo parecía detenerse en el juego, mientras una rockola generosa regalaba cinco temas por un bolívar, musicalizando las tardes de estudiantes universitarios y profesionales que buscaban refugio en la calidez del local. La oferta era democrática y accesible para todos: el botellón de cerveza a 2,50 bolívares, la media jarra a 1,25, el palo de brandy a dos bolívares y el de ron a un solo bolívar, garantizando una tertulia siempre animada que abría puntualmente a las once de la mañana.
La vida en esta esquina tenía sus propios códigos y leyendas. Casa Blanca funcionó como el centro neurálgico para los distribuidores de terminales de las loterías del Táchira, Zulia y Caracas, e incluso para los tradicionales vendedores de la lotería de animalitos de Mérida. Los jueves, viernes y sábados, el azar cobraba vida con la instalación de una ruleta que atraía a propios y extraños. Pero más allá de las apuestas, el local guardaba anécdotas que hoy provocan sonrisas, como aquella del monedero de CANTV en el zaguán de acceso. Cuando las "bachis" se adueñaban del auricular por horas para llamar a sus familiares en otros estados, Luis Torres, ante las quejas de los clientes y con un pragmatismo radical, zanjaba la disputa sacando un tremendo alicate para cortar el cable de raíz, dejando a todos sin señal en un gesto que se convirtió en un auténtico "vacilón" de la época.
Eran tiempos de una Mérida de contrastes y tensiones políticas. Durante los años de la dictadura de Pérez Jiménez —específicamente en el 55, 56 y 57— la atmósfera del centro se volvía densa frente al local; allí, todas las mañanas, se instalaba el agente Barazarte, funcionario de la Seguridad Nacional. Los estudiantes que bajaban a pie hacia el Liceo Libertador o la Universidad de los Andes, por el natural temor a encontrarse de frente con el "esbirro" —como eran llamados entonces estos oficiales—, preferían tomar la acera de enfrente, buscando el resguardo del Transporte Primavera para evitar cualquier altercado con la autoridad del régimen.
El local de "Casa Blanca",
propiedad de Don Arturo Murzi, aquel recordado gallero y próspero dueño de varios locales en el centro, los muros de Casa Blanca resguardaron una época dorada de la vida social merideña. Hoy, aunque el local ya no abra sus puertas ni se escuche el girar de la ruleta los fines de semana, su nombre persiste en la memoria afectiva como el símbolo de una ciudad que se reconocía en sus esquinas, en la bohemia de sus bares y en la gallardía de sus personajes, dejando una huella imborrable en el corazón del casco histórico y de la Mérida estudiantil.