Cuentos y Verdades de Álvaro Sandia Briceño
Por: Germán D' Jesús Cerrada
Hay acontecimientos en nuestra historia contemporánea que se graban a fuego y de forma indeleble en la memoria colectiva. Uno de los más impactantes fue, sin duda, el brutal atentado contra el presidente Rómulo Betancourt en la Avenida Los Próceres de Caracas, el 24 de junio de 1960.
Lo recuerdo con una nitidez asombrosa, como si estuviera ocurriendo hoy mismo. Para entonces, yo cursaba el primer año de Derecho en la Universidad de Los Andes (ULA) y me devoraba los apuntes para los exámenes finales. Mi próximo reto era Derecho Civil I, y sobre el escritorio de mi habitación reposaban, abiertos de par en par, las célebres Anotaciones del Dr. Florencio Ramírez.
Estaba sumergido en pleno análisis jurídico cuando, de repente, el repique del teléfono interrumpió el silencio de mi estudio. Al levantar la bocina, la voz del otro lado me hizo ponerme firme: era el mismísimo Gobernador del Estado Mérida, el Dr. Carlos Febres Poveda.
Tras un saludo veloz y protocolar, me preguntó de inmediato por mi tío Germán Briceño Ferrigni, quien para la fecha presidía la Asamblea Legislativa del estado. Con evidente agitación, el mandatario regional me ordenó:
—¡Dile a Germán que es urgente! ¡Hubo un atentado contra el presidente Betancourt!
Corrí a la habitación de mi tío y le transmití la alarma. Se comunicaron de inmediato y, al colgar, Germán me miró con gravedad:
—¡Vamos! Llévame ya mismo a la Gobernación, tengo que reunirme con el Gobernador.
Dejando los códigos y tratados de lado, encendí el motor y lo conduje directo al Palacio de Gobierno. Las primeras informaciones que soltaban las emisoras de radio eran angustiosamente escuetas; apenas ráfagas de datos que no lograban calmar la incertidumbre.
Pasé el resto de la tarde en un vaivén desesperante, dividiendo mi atención entre los libros de Derecho y mi viejo radio Philips de dos bandas, pues la televisión aún no extendía sus antenas por los cielos de Mérida.
Al caer la noche, haciendo de tripas corazón y superando los feroces dolores de las quemaduras y heridas recibidas, el presidente Betancourt habló al país en cadena nacional de radio.
Rómulo poseía ese timbre nasal tan característico que a los estudiantes nos resultaba irresistible imitar en son de broma, estirando los labios para pronunciar su clásico e imponente: “Conciudadanos…”.
A pesar de su alocución, la fábrica de rumores —ese mal endémico de nuestra política— comenzó a correr como la pólvora en los días siguientes.
Las malas lenguas aseguraban que el mandatario estaba muerto o en agonía, y que la voz transmitida no era más que la gracia de un hábil imitador.
Al enterarse del chisme, el aguerrido líder de Guatire tomó una decisión radical: le hablaría a la nación frente a las cámaras de la Televisora Nacional para disipar cualquier duda.
Sin embargo, en el palacio presidencial de Miraflores topó con un dilema logístico de tintes teatrales: ¿cómo demonios se ponía el presidente el saco de un flux si tenía ambos brazos y manos convertidos en una enorme bola de vendajes?
La urgencia requería un genio, y mandaron a llamar al hombre que vestía con hilos de distinción a la alta sociedad de Caracas: Álvaro Clement, el alma de los legendarios Trajes Clement.
El sastre acudió al llamado y el reto fue lanzado sobre la mesa de corte: necesitaba un traje oscuro impecable, listo en veinticuatro horas, y cuyas mangas fuesen lo suficientemente anchas para ocultar el aparatoso arsenal de gasas y esparadrapos.
Pero el verdadero milagro de Clement no estuvo en el ancho de la tela, sino en su audaz inventiva arquitectónica. Para evitar el dolor y la imposibilidad de que el mandatario deslizara los brazos, Clement dividió el saco verticalmente por la espalda, separándolo en dos mitades perfectas. Con sumo cuidado, le colocó cada pieza al presidente por el frente y, situándose detrás de él, cosió ambas partes a contrarreloj con hilos gruesos y puntadas firmes. Al fin y al cabo, la magia del oficio consiste en resolver el problema sin que el público note la costura.
La televisión de la época era en blanco y negro, lo que disimulaba cualquier imperfección en el paño oscuro. Para asegurar el tiro, el propio Betancourt, con su mirada astuta tras los lentes, sentenció al director técnico de la transmisión:
—Usted me hace todas las tomas estrictamente de frente. No quiero que el país me vea las heridas de la cabeza.
Esa noche, con un tono firme, enérgico y decidido, el viejo Rómulo sepultó de un plumazo las especulaciones sobre su salud.
La increíble historia del saco partido a la mitad me la confesó el mismísimo Clement, entre risas y nostalgias, en su elegante atelier de Las Mercedes muchos años después. Eran los tiempos en que este país gozaba de otra estampa, y uno podía darse el magnífico lujo de mandar a confeccionarse un célebre Traje Clement... sin que el bolsillo sufriera el más mínimo reproche.