Cuentos y Verdades de Álvaro Sandia Briceño
Por: Germán D' Jesús Cerrada
En la Mérida de mis años mozos, la circulación de vehículos era un acontecimiento tan escaso que los muchachos podíamos memorizar de memoria las placas de identificación: llevaban con orgullo el nombre del Estado Mérida, constaban de apenas cuatro números y se cambiaban todos los años.
Ir a ver los vehículos del año siguiente que habían llegado a las pocas concesionarias existentes era, para nosotros, un espectáculo y, por supuesto, el comentario obligado del día siguiente con los compañeros de clase.
Mérida Motors, distribuidora de la General Motors —Cadillac, Buick y Chevrolet—, ubicada en la Avenida 3 (hoy sede de la Agencia del Banco Mercantil frente a TICO) y Briceño & Maggiolo en el Parque Glorias Patrias, distribuidora de Chrysler, Dodge, Plymouth y Fargo, eran las más importantes.
Después se instalaron Automotriz Occidental en la Avenida 16 de Septiembre, Alonso S.A. en la antigua sede del Mérida Country Club, Su Auto en la Avenida Tulio Febres Cordero y la Corporación Venezolana del Motor C.A. en el Edificio del Hotel Chama, que vendía los muy útiles y duraderos "Escarabajos" Volkswagen.
Comprar un vehículo para un recién graduado no era ningún problema. Bastaba con ir a la agencia, conversar con alguno de los dueños —Don Eduardo Valecillos en Mérida Motors, o Don Avelino Briceño y Don Carlos Maggiolo en Briceño & Maggiolo—, firmar 24 letras de cambio y acordar el pago de la cuota inicial para el mes de diciembre, cuando le pagaran los aguinaldos.
Mi madre compró un Pontiac Star Chief en Morales y López de Valera, pero cuando el carro empezó a darle "guerra", decidió cambiarlo. Un domingo, mientras jugaba canasta en el viejo Mérida Country Club, coincidió con Don Avelino y le expuso el problema del vehículo. Don Avelino le dijo: "Pasa mañana por la compañía, que tengo la solución del carro".
Al día siguiente fue a la empresa y allí estaba, en la parte de atrás del depósito, un Plymouth Belvedere de dos tonos de azul, vidrios eléctricos y motor de 8 cilindros. Hizo de inmediato el negocio entregando el carro usado, una cuota inicial y la firma de las 24 letras de cambio mensuales y consecutivas.
El domingo siguiente, mamá fue a la misa de 10 en la Capilla del Carmen y a la salida se consiguió con una de sus amigas, quien le elogió el carro nuevo y le preguntó por el precio. Mamá le contestó: "Me costó 14.400 bolívares", y su amiga dio un respingo.
Al día siguiente, lunes, la amiga del respingo se presentó en Briceño & Maggiolo, pasó sin saludar a nadie, se introdujo en la oficina de Avelino Briceño y le armó lo que se llama un zaperoco:
—¿Cómo es posible que le hayas vendido a Temila (así se llamaba mi madre) un carro por 14.400 bolívares y el año pasado te compré uno similar para mi hijo por 18.800 bolívares?
Avelino, viejo zorro en los negocios, escuchó la filípica y con gran calma le respondió:
—Tú compraste el primer carro que llegó a la agencia el año pasado y al precio de ese momento, y Temila compró un carro "frío" porque los que están en exhibición son los carros del modelo del año siguiente.
Y con un café negro con bastante azúcar, se arregló el problema del precio de los vehículos.
Comprar un carro usado era una solución para empleados, amas de casa y para los padres que querían que sus hijos, estudiantes universitarios, tuvieran un vehículo para movilizarse en la ciudad. Una de las diversiones de los merideños era pasear en carro por la ciudad, donde no se habían construido los viaductos que la extendieron hasta la llamada "La Otra Banda", no había semáforos y los conductores respetaban las señales de tránsito, mientras se conversaba sobre los más diversos temas para luego recalar en esos pequeños negocios que atendían en los carros, en unas bandejas que se asían a los vidrios delanteros para un café, una merengada o un helado.
Hoy la vida vertiginosa nos ha privado de esos pequeños placeres y la ciudad se nos ha ido de las manos con los problemas propios de una urbe que crece día a día. Nos hemos acostumbrado a los nuevos tiempos y esperamos que todo sea para mejor; con la ayuda de Dios, así será.