Por: Germán D’ Jesús Cerrada
El crujido de la madera del mostrador y el aroma a tabaco de los cigarrillos Astor parecen traspasar el umbral de una fotografía que nos devuelve a 1972. En aquel entonces, en el corazón de Pueblo Nuevo del Sur, la bodega no era simplemente un expendio de víveres; era el parlamento del pueblo, el centro de noticias y el refugio del caminante.
En la imagen, un hombre de rostro curtido por el sol andino y manos que conocen el rigor de la tierra, sostiene un vaso con la naturalidad de quien se siente en casa.
Su sombrero, más que una prenda, es un símbolo de identidad que corona una expresión de serenidad absoluta.
A su espalda, el estante de madera exhibe la austeridad de una época donde la palabra valía más que el papel y los productos se despachaban con la precisión de una balanza colgante que vigilaba cada gramo desde el techo.
La publicidad de la pared nos recuerda que estamos en los setenta. Los carteles de cigarrillos se mezclan con botellas y frascos que hoy son piezas de museo, pero que en aquel momento eran el sustento diario de las familias de la zona.
Detenerse ante esta gráfica es hacer un viaje al pasado. Es recordar que, tras cada mostrador, hubo un bodeguero que fue confidente de penas y alegrías, y que en cada rincón de estas estructuras de tapia se tejieron las historias que hoy conforman la identidad de nuestros Pueblos del Sur.
Esta "Viñeta" no es solo luz capturada en un negativo; es el testimonio vivo de una Mérida que se niega a ser olvidada.






















