Cuentos y Verdades de Álvaro Sandia Briceño
Por Germán D' Jesús Cerrada
Caracas siempre ha tenido sus santuarios de elegancia, y la Urbanización Altamira fue, sin duda, el epicentro de esa simbiosis perfecta entre la buena mesa y el arte.
Para Álvaro Sandia Briceño, sus viajes profesionales a la capital no estaban completos sin el ritual de los domingos al mediodía: pasearse por las galerías antes de entregarse a los sabores de restaurantes emblemáticos como el Drago o la Caballería Rusticana, o saludar en el local del esposo de Mirla Castellanos.
Era un ambiente donde el aroma de un buen plato se mezclaba con la crítica de la exposición de turno.
Fue en una de esas mañanas de contrastes cuando nació esta historia.
Tras una tensa audiencia en los tribunales de la Esquina de Pajaritos, Álvaro decidió purificar el espíritu cambiando el aire pesado de los juzgados por el frescor de la Galería de Arte París, justo frente a la Plaza Altamira. Allí, su dueño, un francés calvo y bonachón de nombre Michael, custodiaba tesoros que a menudo parecían inalcanzables.
Entre las maravillas expuestas, los ojos de Álvaro se detuvieron en un desnudo que le robó el aliento.
Era una obra de Luis Álvarez de Lugo (1907-1963), uno de los maestros indiscutibles del realismo en Venezuela, célebre por su manejo magistral de las texturas y una luz que parece acariciar la piel. En el cuadro, la suavidad es tal que la modelo parece vestirse apenas con la luz de una toalla, acompañada por la sencillez de un ramo de flores sobre la mesa.
Álvaro, consciente de que estaba ante una firma fundamental de nuestra pintura, decidió poner a prueba la fe del galerista.
Aplicando el principio de que "Fiado hasta la Catedral", propuso pagar la obra en cuotas. La respuesta de Michael fue un "OUI" rotundo; se selló el trato con un cheque del Banco de Maracaibo y cinco letras de cambio.
Lo que Álvaro no esperaba fue el gesto de Michael apenas al segundo mes de pago. "No se vaya doctor, llévese el cuadro", le dijo el francés. Ante la protesta del abogado, que recordaba las tres letras aún pendientes, Michael sentenció con la seguridad de quien sabe leer la integridad en los ojos: "Yo sé que usted me va a cumplir".
El cuadro viajó a Mérida como equipaje de mano, protegido en una caja de cartón fabricada por el personal del Hotel CCT.
Hoy, colgado en una de las paredes de Aguamontaña, su casa y sede de su apreciada colección, el desnudo de Álvarez de Lugo es mucho más que una pieza de valor.
Es el recordatorio de una época de caballeros y de una Caracas donde la palabra valía más que un contrato, y donde un galerista francés confió en la decencia de un "gocho" que solo buscaba llevarse a sus montañas el resplandor de ese lienzo.