Cuentos y Verdades de Álvaro Sandia Briceño
Calle de Boconó. 1963. Óleo sobre tela. Autor: Iván Belsky. Colección Aguamontaña.
Por Germán D' Jesús Cerrada
En el mundo del arte, cada obra tiene una vida pública y una historia privada.
Álvaro Sandia Briceño atesora en su colección una pieza que es, a la vez, una rareza estética y el testimonio de un gesto ético.
Se trata de un óleo sobre tela de Iván Belsky, el gran maestro ruso que dejó su huella en los frescos de la Catedral de Mérida y la Iglesia de Isnotú.
La pintura, fechada en 1963, muestra una calle de Boconó. Es una obra distinta a lo que conocemos de Belsky; fue concebida mientras el artista se encontraba en el estado Trujillo cumpliendo encargos monumentales, como los frescos de la Casa de Historia Mario Briceño Iragorry.
Pero más allá de su pincelada, el cuadro llegó a manos de Álvaro como un tributo a la integridad.
La historia se remonta a un proyecto fallido de un centro comercial en Mérida. Tras haber redactado estatutos y documentos de condominio, las desavenencias entre las partes impidieron el negocio.
Cuando sus clientes, un grupo de empresarios locales, le preguntaron por sus honorarios, Álvaro aplicó esa máxima antioqueña que ha marcado su vida: "Todos en la cama o todos en el suelo". Al no haber negocio para los clientes, no habría cobro para el abogado.
La gratitud, sin embargo, no se hizo esperar. El empresario más joven del grupo apareció días después con un regalo inesperado: un lienzo de Belsky, en bastidor y bastante deteriorado.
Álvaro, consciente del valor histórico de la pieza, acudió a un maestro de la restauración: Mario Pietroniro.
Pietroniro, quien para entonces seguía las instrucciones directas de Belsky para restaurar las pinturas de la Catedral de Mérida, se tomó catorce meses para devolverle la vida al cuadro.
Entre sus grandes compromisos eclesiásticos, el restaurador rescató centímetro a centímetro esa visión de Boconó que hoy descansa, impecable y enmarcada, en la Colección Aguamontaña.
Un cuadro que no fue comprado con dinero, sino con la moneda más valiosa del ejercicio profesional: la decencia.