Las condiciones de Venezuela configuran una tormenta perfecta para que el coronavirus arrase como una plaga un sistema de salud ya colapsado.
Por
La autora es médica cirujana.
The New York Times.
Astrid Cantor es
médica cirujana egresada de la Universidad de Los Andes en Mérida,
Venezuela. Actualmente es médica de la UVI de Ávila en España. Escribe
para Caracas Chronicles y Cinco8.
ÁVILA, España
España, el país más sano del mundo y con uno de los sistemas sanitarios más eficientes,
es el segundo país de Europa con más casos de covid-19. La pandemia
tiene sometido a este país y ha puesto a prueba la credibilidad de sus
instituciones democráticas. ¿Qué quedará entonces para una nación como
Venezuela, donde los hospitales ya habían colapsado mucho antes del
inicio de la pandemia y donde las instituciones tratan al pueblo como
una amenaza latente que debe ser vigilada y dominada en todo momento?
El domingo, el líder chavista dijo que había en Venezuela 77 infectados con coronavirus, todos ellos “importados”, implicando que no hay aún contagios comunitarios. Se han hecho pruebas diagnósticas por COVID-19 a 135 personas y esta semana, de acuerdo con Maduro, se realizarán dos millones más de pruebas. Pero es improbable que un país con una profunda crisis económica, aproximadamente 3,7 millones de personas subalimentadas y un sistema de salud prácticamente destruido por décadas de mal manejo y corrupción pueda doblegar al coronavirus. “Estamos en las condiciones, en la tormenta perfecta, para tener un problema de gran magnitud”, dijo el doctor José Félix Oletta, exministro de Salud de Venezuela.
Los hospitales no están en condiciones de atender a la población actual aun en condiciones normales. Carecen de equipos y medicinas básicas. En ellos lo habitual es hacinamiento, suciedad y baños fuera de servicio permanentemente. Cuando hacía mi internado en Mérida, muchas veces tuve que cargar botellas de agua para poder lavarme las manos o la cara durante mis guardias e ingeniármelas para encontrar servicios limpios.
Las unidades de cuidados intensivos (UCI) y de emergencias de Venezuela no van a poder con lo que viene. En 2019, hasta el 20 por ciento de las Unidades de Terapia Intensiva se mantuvieron inoperativas y se reportó desabastecimiento del 49 por ciento en las salas urgencias. Hasta hace dos semanas, 70 por ciento de los hospitales
no disponía de kits de pruebas diagnóstica para detectar el virus. En
Venezuela, el SARS-CoV-2 no colapsará el sistema sanitario, arrasará
como una nueva plaga un sistema ya colapsado.
Ya antes de la
pandemia, era bastante usual que tuviéramos que atender a los pacientes
en sillas o en el suelo. Muchos nos pedían desesperados que les
asignáramos una habitación, cansados tras días de estar acostados en las
camas improvisadas que atravesamos en los pasillos de la emergencia.
El sistema de salud venezolano cuenta con apenas 8 camas por cada 10.000 habitantes,
según las últimas cifras manejadas por la OMS y algunos periodistas.
Según cifras no oficiales —las oficiales no se publican— solamente hay
aproximadamente 84 camas de UCI operativas a nivel nacional. La ausencia
casi total de información oficial da rienda suelta a la incertidumbre y
genera rumores entre una población que cree poco o nada en lo que dicen
sus gobernantes.
La falla del servicio eléctrico fue responsable de 164 muertes
en 2019. Desde entonces las cosas no han ido mejor. Venezuela es un
país donde el enfermo crítico puede encontrarse en la terrible posición
de tener que ser ventilado manualmente por su familia o dónde una cirugía tenga que llevarse a cabo sin luz.
El gobierno ha impuesto una cuarentena total.
Pero para muchos es una sencilla imposibilidad. En una población ya
asediada por el hambre, donde hay que salir a la calle a ganarse la vida
y buscar comida, la cuarentena es un lujo inasequible. Nadie con el
estómago vacío va a prestarle atención a un enemigo invisible.
Es
necesaria la entrada sin obstáculos de ayuda humanitaria, la
publicación de los datos epidemiológicos y la distribución de equipos,
material y medicinas en los hospitales. De lo contrario esta puede
convertirse en la peor de las catástrofes para un país que desde hace
rato toca fondo.
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