Opinión taurina
Óscar López Gamboa*
Surge pues en la Fiesta de los Toros, la realidad de su esencia y la verdad de su fin para que los toreros a base de exponer sus propias vidas, poniendo de manifiesto su magisterio taurino para lidiar y dominar a un toro adulto, creando arte y belleza ante el peligro constante de resultar heridos con las embestidas de una res que por razones propias de su mayoría de edad, han desarrollado un sentido de defensa muy definido y peligroso que no permite al diestro, descuido alguno en el desarrollo de su lidia, so pena de resultar gravemente herido o de causarles inclusive, la muerte aunado a eso, la bravura primigenia y bien trazada genéticamente por sus criadores; luego entonces ha dado ese binomio de toro-torero, una singular distinción a tan bello y hermoso espectáculo, sobre otros.
Los aficionados madrileños tan sensibles cuando de una obra torera se trata, qué desde el principio de la misma, lo sintieron y empezaron a disfrutar de aquel compendio de bien lidiar y torear que el torero de salteras, estaba realizando, se entregaron al unísono y sin regateos, para deleitarse ellos a la distancia desde los tendidos de la plaza y, un servidor haciendo lo mismo pero a miles de kilómetros en el televisor; fue una sinfonía de lidiar toreando con gran temple, precisión, distancias y tiempos entre un muletazo y otro, rematados elegantemente con pinceladas taurinas dignas de un cuadro o cartel taurino, todo aquello fue sin excesos ni posecitas cursis, siempre en los límites de la elegancia y el toreo serio como debe ser el toreo clásico, la plaza válgame la expresión, “crujía” por el entusiasmo delirante de los aficionados en los tendidos. Lo que ya había para entonces realizado “El Cid”, era un triunfo apoteósico a punto de consumarse con seguramente el premio máximo en dicha plaza de las dos orejas y por supuesto, una Puerta Grande más que merecida pero, para su desgracia y para todos los que vivimos ésa gran faena, aquel triunfo, sé escapó por la punta de la espada del diestro sevillano, que falló en varias ocasiones, quien no ocultaba su desconsuelo y frustración que a manera de desagravio mismo que no satisfacía su tristeza, el público de pie, lo obligó a dar una merecidísima vuelta al ruedo entre estentóreas aclamaciones de esa manera, me atrevo a decir qué, fue una maravillosa ¡Sinfonía Inconclusa! Como la del músico vienés Franz Schubert. También considero que al toro por sus meritorias cualidades y condiciones que mostró a lo largo de la faena, bien podría habérsele premiado con la vuelta al ruedo a sus despojos o cuando menos, arrastre lento pero no fue así.
LOS EMPRESARIOS, GANADEROS Y MATADORES, como menciono líneas arriba, son los únicos que le pueden y deben devolver la VERDAD Y GRANDEZA a la Fiesta de los Toros, de la cual gozó por tanto tiempo y, que en la actualidad ya no existe pues, precisamente ellos, fueron los que la han sentenciado a muerte por sus fechorías cometidas desde hace muchos años, a ciencia y paciencia de las autoridades y medios de comunicación, los cuales han solapado impunemente por años, esos engaños perpetuados a la noble afición taurina; o bien, han sido silenciados por el poder político y económico de ese ¡TRIUNVIRATO DEL MAL!
Habrá que tenerlo presente en nuestras mentes lo que alguien por ahí, atinadamente sentenció.
¡SIN TORO NO HAY FIESTA!
Es todo por hoy y hasta la próxima sí, el Divino Creador lo permite.
*Ex Juez de Plaza Calafia
No hay comentarios:
Publicar un comentario