Gran ovación al banderillero Ángel Otero en una mansa corrida de El Pilar

ANDRÉS AMORÓS Madrid
Con el primer fin de semana de la Feria, aumentan los signos positivos: sale el sol, mejoran los carteles, aumenta el público. Continúa el frío pero eso, en San Isidro, no es una novedad. Tampoco lo es que los toros de El Pilar sean flojos y mansos. (En Sevilla, así fueron cuatro pero el conjunto se salvó por dos, muy buenos). En una tarde de silencios, la nota triste son los tres avisos que escucha, en el quinto, David Mora, negado con el descabello.
¿Somos conscientes de lo difícil que es la profesión de torero? Los tres de esta tarde no lo han tenido nada fácil. El caso del toledano David Mora es evidente: una gravísima cornada puso en peligro su capacidad de torear y hasta su vida; con un esfuerzo extraordinario, volvió a los ruedos y fue capaz de triunfar el pasado San Isidro. Los tres se han ganado a pulso estar incluidos en los carteles de la Feria aunque esta tarde no hayan tenido fortuna.

El segundo sale manseando, barbeando tablas. Entre el regocijo general, intenta saltar la barrera tres veces; la primera, en el «10», queda empotrado en tablas. Arrea con fuerza en banderillas y Ángel Otero, tragando mucho, pone a la Plaza en pie con dos pares, merecedores de premio. Después de los doblones, el toro sale huyendo a chiqueros y los intentos de muletazos se frustran. Tarda en matar.
Este toro sólo permitía una lidia a la antigua, para sujetarlo. Más de 600 kilos pesa el quinto, largo y alto, que sí humilla pero también flaquea. Repite pegajoso en la muleta de David Mora, que lo va metiendo, por la derecha, pero no se deja, por la izquierda. Con sólo un pinchazo hondo, intenta descabellar y falla repetidamente: tres avisos y el toro es apuntillado. Es un borrón que debe remediar en sus dos próximas actuaciones.

Con todo respeto para los matadores, el momento de mayor emoción de la tarde lo ha protagonizado un valiente torero de plata, Ángel Otero, que se la ha jugado de verdad, como muchas veces. Si le acompañara más la figura, sería ya conocido por todos los públicos.
He de insistir en algo que me parece claro: presenciar tantos descabellos (o pinchazos) es un triste espectáculo; el que acuda por primera vez a una Plaza y vea esto, se llevará una fea impresión. Así como se limita el tiempo, habría que limitar el número de veces que se entra a matar; más allá, el toro iría al corral o sería apuntillado. La sensibilidad actual lo exige.
Postdata. El Ayuntamiento de Carmena, que renunció a ocupar su palco tradicional, en Las Ventas, alquila ahora un local suyo (en realidad, de todos los madrileños) para que los independentistas catalanes defiendan su anticonstitucional pretensión. ¿Son dos cosas que no tienen nada que ver o hay algo que las une? En todo caso, esta última ocurrencia de Carmena es absolutamente lamentable. No me extraña que no aparezca por Las Ventas...
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