El murciano sale a hombros; Castaño y Pinar cortan una oreja en el cierre de feria

Rafaelillo recibe de rodillas al toro de Miura - Efe
ANDRÉS AMORÓS Pamplona
Por la mañana, el último encierro: como es habitual con los miuras, es rápido y emocionante, sin cornadas pero con muchos contusionados. Por la tarde, el singular espectáculo que suelen dar estos toros, con tres profesionales que tienen amplia experiencia en corridas duras. Los miuras, con muchos kilos y pitones, han dado un juego variado: flaquean los dos primeros; es manejable el último; los otros tres, con serias dificultades: lo que se espera de esta histórica divisa.
Recibe Rafaelillo de rodillas al tercero, abierto de cara, que pronto flojea. Acude templado, algunas veces, por la izquierda. Con mucho oficio, Rafaelillo le va sacando muletazos, de uno en uno, deslucidos por las caídas del toro. A pesar de la altura de la res, logra una buena estocada y, por eso, más que por la faena, le dan la oreja. Al cuarto, «Nevadito», de 660 kilos, el de más peso de la Feria, alto y largo como un tren, también lo recibe de rodillas, con verónicas, y el toro corresponde rompiéndole el chaleco. Le pegan fuerte pero vuelve rápido. Rafaelillo se pelea con él, con mucho mérito y valor, en un trasteo de verdad épico; sufre una tremenda voltereta. Sin chaquetilla, con un solo tirante, todavía se desplanta y, a la segunda, mete muy bien la mano, con la espada: justa oreja y salida a hombros.

El tercero, acapachado de pitones, se queda corto, echa la cara arriba, corta, en banderillas, y también flojea: un miura complicado. Rubén Pinar aguanta los tornillazos, recibe un pitonazo en la mejilla, solventa la papeleta, sin posible brillo, y lo pasa mal, con la espada (sufre un nuevo varetazo). Cierra la Feria «Limonero», con 635 kilos, que resulta manejable. Brinda al cielo. Liga muletazos con el temple característico de la escuela albaceteña, mientras el público hace la ola: no está bien, con un miura en la arena… Mata desprendido: oreja.

A las doce en punto de esta noche, tiene lugar la despedida: se encienden las velas; se deshace el nudo de los pañuelos rojos; las sonrisas alternan con las lágrimas. Es el último día de la fiesta. Por este año… Se han acabado ya «Caravinagre» y «Verrugas», los entrañables kilikis y gigantes, las procesiones, el «Baile de la Alpargata», las dianas, las comparsas, las jotas, las verbenas, los aperitivos con chistorra, el capotico del Santo, los fuegos artificiales… Todo un mundo.

Cervantes nos enseñó a despedirnos: «Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos». (Quizá el alcalde, de Bildu, lo juzgaría «demasiado español»: tendría razón). Lo mismo hizo Próspero, en «La tempestad», de Shakespeare: «Ahora quedan rotos todos mis hechizos / y me veo reducido a mis propias fuerzas,/ que son pocas…» Los mozos de Pamplona se limitan a cantar: «¡Pobre de mí!» Y, enseguida, lo compensan: «Ya falta menos…» ¡Hasta el año que viene!
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