jueves, 5 de julio de 2018

El escándalo de San Fermín agita el moralismo progre

El prohibicionismo y el buenismo reaparecen contra el exceso hedonista de Pamplona

 Concentración del partido animalista PACMA, el pasado domingo, reclamando unos sanfermines sin corridas de toros.
Concentración del partido animalista PACMA, el pasado domingo, reclamando unos sanfermines sin corridas de toros. Europa Press
Rubén Amón


El moralismo predominante que aspira a hacernos mejores reprocha a la fiesta pamplonesa de San Fermín sus excesos y su brutalidad, hasta el extremo de pretender constreñirse su idiosincrasia a un ejercicio de pedagogía social y de almíbar homeopático. También la fiesta, despojándola así de su razón de ser, el hedonismo. Y pretendiendo castrarla en su naturaleza hiperbólica. Antes de extremarse la tutela al ciudadano, bien podría convenirse que San Fermín representa un estado de excepción. La evidencia festiva, evasiva y etílica no implica que deba suspenderse el código penal ni que deba condescenderse con el machismo, pero obliga a la suspensión del código moral.

E impresiona cómo intenta aplicarlo la progresía desde una autoridad ética y un poder anestésico que se arroga ella misma por derecho natural. De ahí que haya prosperado la tentación de prohibir las corridas de toros como expresión de la atrocidad. Lo sugirió el propio alcalde, con su bastón de Bildu, no ya cuestionando el punto de atracción universal que representa la ciudad que gobierna, sino pretendiendo evacuar de la fiesta la transubstanciación del vino y de la sangre.

Es la misma hipocresía en que incurren las cadenas de televisión. Todas ellas se recrean en la narración de los encierros porque la marabunta democratiza el heroísmo, lo convierte en asambleario, pero abjuran de cuanto sucede con las reses después. Como si se hubieran evaporado. Y como si el camino que recorren los miuras no consistiera precisamente en trasladarse de los corrales a la plaza para ser lidiados y sacrificados a estoque. Las teles nos enseñan el calentamiento, pero nos ocultan el partido.

Llegará el momento en que el vino se convertirá en agua. Sobrevendrán la misa sin eucaristía y la morcilla vegana. Terminará imponiéndose la simulación de la fiesta, restringiéndose por nuestro bien todos aquellos comportamientos que escapan al placebo del mundo feliz y ordenado.

Y se avecina en cuestión de unas horas la tormenta perfecta en la que aparecen alineados los movimientos animalistas, los antitaurinos, los moralistas, los puritanos y hasta la izquierda protectora e intervencionista a la que gusta mucho legislar —Podemos ha propuesto impedir la entrada a los toros a los menores de 18 años—, renegando de esa España tribal que aparece en la CNN y que se anestesia con la fiesta transformando una ciudad conservadora y hasta mojigata como Pamplona en Iruña y Gomorra o Sodoma.

La pretensión consiste en acabar con San Fermín en cuanto fiesta visceral, descomunal, irracional, etílica, orgiástica, pagana, desquiciada, anacrónica, inmoral, eucarística y pecuniaria —y también familiar, diurna, pacífica—, pero se diría que todas esas razones no son motivos para prohibir la fiesta, sino para conservarla y protegerla.

Y es verdad que aquí, en Pamplona, el capote de San Fermín concede indulgencia. No para el quinto ni el séptimo mandamiento, pero sí, desde luego, para los pecados capitales. Que son siete, como el 7 de julio, y que vendremos a observar, a rajatabla, antes de que el clero laico e integrista convierta los colores rojo y blanco de San Fermín en la alegoría de la prohibición.

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