Del odio al amor Morante, que pasó de una bronca épica a una lujosa ovación: a las ocho y cuarto todos eran del genio...

Paco Ureña, en el momento de la estocada - Fotos: Serrano Arce
Rosario Pérez
Como la carpintería de Geppetto quedó el ruedo de Cuatro Caminos. Más serrín que negra arena cubría el escenario: los operarios habían trabajado a destajo para reducir el barrizal y acondicionarlo al gusto de la terna. Aunque en un país donde la queja es el deporte nacional, como advertía un fotógrafo mexicano, nunca llueve al agrado de todos.
La tormenta perfecta se desató con Paco Ureña, pero antes habían rugido rayos y truenos sobre Morante. Ascencían los gritos de «¡torero, torero!» mientras el agua caía en el tercero. Ureña era el autor de las emociones desencadenadas con un toro que apuntó cosas muy buenas, pero que se vino abajo enseguida, tónica de un conjunto de Jandilla de poca clase y casta. La plaza ya estalló en el ramillete de verónicas, con la pata p’alante. Tres estatuarios anclado a la tierra (o al aserrín), abrochados con un tío de trincherillas, cautivaron al gentío. Pero el caso es que, después de una primera serie prometedora, este «Malastripas» fue a menos. El de Lorca intercaló ambos pitones con enorme entrega frente a miradas nada agradables. Todas las aguantó, valiente de verdad. La plaza se volcó con esa sinceridad tan auténtica del murciano delante de la cara del toro. Dos pases de pecho de pitón a rabo encendieron aún más al gentío antes de unas arriesgadas manoletinas y un eterno redondo invertido mientras arreciaba la lluvia. El momento sagrado llegó en la hora final, cuando se tiró literalmente sobre «Malastripas», en un choque como los puños de dos boxeadores. Espantosa la imagen en ese ring, con el matador encunado pero por fortuna sin sangre derramada. Aquel «¡ay!» de corazones encogidos dio paso a una loca pañolada y un botín de dos orejas entre nuevos gritos de «¡torero, torero!».

Cuando apareció el quinto y Morante pisó el redondel la pitada fue monumental. Poco duraron las lanzas ante el arrebato del genio, que saludó por verónicas y chicuelinas de mucho riesgo a esa violenta embestida. Los oles reales despertaron con fuerza: un aficionado se quitó la chaqueta y la ondeó como las servilletas en una boda. De la boca de los mismos que le habían mentado a la madre ahora nacía un «¡viva La Puebla del Río!». Basto y brutote en su embestida este «Farsante», con el que puso torería y se esmeró con mérito, empujando al toro con ese valor natural, tan puro. Pero este jandilla, al que habían picado fatal, cantó su mansa gallina y se rajó en medio del apasionado esfuerzo morantista, crecido después de que le hubiesen tocado el amor propio. De punta a punta tuvo que irse para pasaportarlo: el pinchazo antes de la estocada enfrió la petición, pero saludó una gran ovación. Del odio al amor también hay un paso cuando se hurga en la fibra del orgullo más íntimo. Y a las ocho y cuarto todos (o casi) eran ya de Morante...

Aunque el acero se cayó, se ganó un trofeo.
«Fanático» y una dispuesta labor de Ureña cerraron la Feria de Santiago en la tarde de mayor expectación. Era la de Roca Rey, ausente por su latosa lesión. A su rebufo, pese a su baja, se registró el mejor dato en taquilla: 8.901 espectadores. La Fiesta vive en Santander.
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