Tuve que dejar un viaje familiar de esquí para cubrir el brote repentino en el norte de Italia. Fue la última vez que toqué a mis hijos en un mes.
The New York Times
La
tarde del 23 de febrero, iba conduciendo con mi familia y una fotógrafa
hacia los Alpes italianos para hacer un trabajo sobre el impacto del
calentamiento global y tomarme unos días de vacaciones en un centro de
esquí. Los niños observaban con alegría las zonas de nieve. Hice
reservaciones en un lugar para comer fondue. Hasta que sonó el teléfono.
Un editor me dijo que el número de contagios de coronavirus en la región de Lombardía, al norte de Italia, se había disparado a 150 casos y que tenía que ir a la zona cercana a Milán lo más pronto posible.
El
paisaje fuera del hotel era increíblemente tranquilo y blanco. Mientras
Claudia se registraba, y la fotógrafa esperaba impaciente en el auto,
revolví todo el equipaje para llevarme las cosas más esenciales. Me
despedí de mi familia y los dejé bajo el monte Cervino. Fue la última
vez que pude tocarlos en un mes.
Mientras me dirigía a toda velocidad hacia el sur, tecleaba en Google
Maps el nombre de los lugares de contagio más cercanos. Escribí mal el
nombre de Casalpusterlengo una y otra vez.
Oscureció y empezamos a desesperarnos.
Luego la vi, destellando en una salida próxima de la carretera como la
luz verde de Gatsby. Se trataba de la sirena azul de un puesto de
control de la policía. Habíamos llegado al brote.
La
concentración inicial de casos ya se había extendido por toda Italia,
infectando a decenas de miles de personas y provocando la muerte de
miles mientras mantenía a una población de 60 millones prácticamente en cuarentena. Hasta ahora, he tenido la suerte de no enfermarme. Tampoco se ha enfermado mi familia, que está en Roma.
Nuestros editores en Londres de inmediato nos consiguieron cubrebocas y gel antibacterial y durante los doce días siguientes, a medida que la crisis se intensificaba y el temor se propagaba por toda Italia, la fotógrafa Andrea Mantovani, mi compañera de oficina en Roma, Emma Bubola, y yo hicimos reportajes en toda la región de Lombardía.
Durante gran parte del tiempo, yo vestía ropa de mi viaje de esquí.
Luego
de escuchar a hombres mayores contarnos alegremente cómo sus compañeros
se escaparon de la cuarentena por antiguos caminos rurales para tomarse
un trago con ellos, regresé a Milán. En la ciudad fui al barrio chino,
que estaba casi totalmente cerrado. Ahí, en mi lugar preferido para
comer dumplings, había un letrero que decía “Haz un donativo a China”.
En
la calle me encontré con un amigo que regresaba del trabajo. Me
reconoció a pesar de mi cubrebocas y me estrechó la mano. Me invitó a
comer un plato de pasta y una copa de vino, pero le dije que mejor no,
sería la próxima vez. Nos separamos y él se fue a casa, en donde tenía a
un bebé recién nacido.
Unos minutos después, le escribí frenéticamente insistiéndole que se lavara las manos.
Durante los días caóticos en el norte,
pasaba de un cuidado extremo —usando cubrebocas y lavándome las manos
como Lady Macbeth— a bajar la guardia. Milán se vació, pero quienes se quedaron llevaban una vida normal. La complacencia también es contagiosa y casi nadie usaba cubrebocas.
Algunas
veces, los tres que hacíamos los reportajes sobre la crisis sí usábamos
cubrebocas, otras veces no. A veces nos sentábamos a la mesa juntos y
otras estábamos nerviosos y nos sentábamos separados, parecíamos tres
higienistas dentales solitarios.
En el piso 36 de
las oficinas de gobierno de la región de Lombardía, los colaboradores
del presidente regional, Attilio Fontana, me decían que no servía el
cubrebocas que usaba la fotógrafa, mientras ella tomaba una fotografía
de Fontana frente al enorme paisaje urbano de Milán.
Al
final de mi entrevista con Fontana, durante la cual me disculpé por mi
ropa para esquiar, le estreché la mano y salí. Dos días después, salió
en Facebook poniéndose con torpeza un cubrebocas sobre el rostro luego
de que uno de sus colaboradores cercanos había dado positivo en coronavirus.
El
dirigente regional no portaba el virus, pero el tiempo que Andrea y yo
habíamos pasado en su oficina alarmó a nuestros editores. Llamamos a los
asesores de salud de la empresa, quienes nos dijeron que el riesgo era
mínimo y que podíamos seguir trabajando.
Sin embargo,
había otra variable. La escuela de mis hijos había enviado una carta
para solicitar que se informara “de cualquier viaje de familiares
inmediatos” durante la última semana a lugares de riesgo como
Casalpusterlengo, el cual yo ya podía escribir muy bien.
Cas-al-pus-ter-lengo. Lo decía con resentimiento.
Si
me iba directo a mi casa en Roma, no habría forma de que la escuela
permitiera que mis hijos regresaran a clases. El 4 de marzo, el gobierno
me rescató de manera temporal al suspender las clases en todo el país,
pero me dio un poco de tos, lo que, junto con el incidente del
presidente de Lombardía, hizo que los asesores de salud sugirieran que
me pusiera en cuarentena preventiva durante dos semanas.
Cuando salí del hotel de Milán, la recepcionista le dijo a un compañero que cerrara mi piso. Yo había sido el único huésped ahí.
primer ministro, Giuseppe Conte, anunció que restringiría el movimiento en el norte de Italia. Dejé a un lado Crimen y castigo. El tapete para hacer ejercicio se convirtió en una cosa sobre la que me paraba. Renuncié a “conseguirlo”.
Las
siguientes semanas se difuminaron, ya que Italia entró en una crisis
como la que no se había visto desde la Segunda Guerra Mundial. Después
de perseguir al virus en el norte, ahora tendría que informar —con la
ayuda de mis colegas— desde una habitación sencilla con mi computadora
encima de un tocador.
Tomaba algunos
pequeños descansos cuando pasaban mis familiares y dejaban en la puerta
huevos o aceitunas (Elena me ahuyentaba y decía “Aléjate”).
Mi esposa estaba preocupada. Hacer escuela en casa fue difícil. La
profesora de piano dejó de ir. El gobierno no estaba siendo claro sobre
si la gente podía ir al parque o no.
Ella dijo algo acerca de escapar a las colinas toscanas, donde sus padres tenían una casa, al estilo del Decamerón,
pero decidió quedarse y respondió con la fortaleza de otros italianos.
Se quedó en casa y les enseñó a los niños cursiva y las tablas de
multiplicar. Se abasteció. Brindó con una copa de vino con amigos por
FaceTime.
Recibí actualizaciones sobre
su vida durante nuestras cenas en vivo. Escuché el cereal deslizarse
fuera de la caja, el sonido de los tazones de cerámica, la puerta del
horno que se cerraba. Elena practicaba el piano. Le dije que estaba
mejorando.
Mi padre tenía programada una operación mayor esa semana y ahora no había forma de que yo pudiera ir. Tienen exactamente la edad de la gente que quería proteger al aislarme. Sin embargo, mi madre estaba considerando si llevar a mi padre a ver “Riverdance” (“¡Riverdance!”)
Una
ligera tos seca hizo que me quedara helado. Me tomaba mucho la
temperatura. Algunas veces usaba mi cubrebocas estando solo. Como Italia
endureció la cuarentena, casi nadie pasaba por mi calle y quienes lo
hacían llevaban cubrebocas. Cuando no estaba hablando por teléfono, todo
lo que escuchaba eran pájaros, portazos de automóviles distantes y
conversaciones que salían de las ventanas. Cuando también estas se
desvanecían, la ciudad quedaba tan silenciosa como las laderas de los
Alpes.
Ahora que me preparo a salir de
la cuarentena, todos están tomando precauciones. Claudia y los niños
han comenzado a usar cubrebocas en el camino cuando vienen a verme. Mi
madre no fue a “Riverdance” y no pudo visitar a mi padre en la sala de recuperación. En todo el mundo, la gente está permaneciendo dentro de sus casas.
“Estoy
preso en mi casa”, me escribió el ex primer ministro Romano Prodi en
tono alegre cuando nos escribíamos para hacer un reportaje. Ya ninguna
de nuestras situaciones parecía tan especial.
Jason
Horowitz es el jefe del buró de Roma, que cubre Italia, el Vaticano,
Grecia y otras partes del sur de Europa. Anteriormente cubrió la campaña
presidencial de Estados Unidos de 2016, el gobierno de Barack Obama y
el congreso. @jasondhorowitz
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