Por: Germán D' Jesús Cerrada
El 21 de febrero de 2008, el reloj se detuvo para Mérida.
Aquella tarde, el estruendo de los motores del ATR 42-300 de Santa Bárbara Airlines no fue seguido por el habitual eco del ascenso hacia el Caribe, sino por un silencio sepulcral que bajó desde las cumbres del Macizo de La Culata.
El Vuelo 518, que debía unir la Ciudad de los Caballeros con la capital, se convirtió en una de las tragedias más dolorosas de la aviación venezolana.
Apenas seis minutos después de despegar del Aeropuerto Alberto Carnevalli, la aeronave impactaba frontalmente contra la formación conocida como la Cara del Indio, en el sector del Páramo de los Conejos, a unos 4.000 metros de altura. Aquel golpe seco en la roca se llevó la vida de 46 personas.
Las investigaciones confirmaron lo que el dolor ya sospechaba: una cadena de decisiones apresuradas.
El apremio por salir antes del cierre del aeropuerto llevó a la tripulación a despegar sin esperar los minutos reglamentarios para que los instrumentos de navegación se alinearan.
En medio de la densa nubosidad, y con los sistemas de orientación inactivos, los pilotos volaron a ciegas contra la geografía implacable de nuestra sierra.
El legado de una tragedia
Hoy, 18 años después, el recuerdo de los pasajeros y la tripulación sigue vivo en el corazón de los merideños.
Entre las víctimas se encontraban figuras queridas de nuestra sociedad, como el alcalde Alexander Quintero y el analista Italo Luongo. Este accidente no solo transformó las normativas aeronáuticas, sino que dejó una marca indeleble en la memoria colectiva de Mérida.
Al mirar hoy hacia las cumbres de La Culata, elevamos una oración por quienes partieron aquella tarde gris y abrazamos a las familias que mantienen encendida la llama de su memoria.
"La montaña los abrazó en un vuelo que nunca terminó, pero su recuerdo permanece eterno en el viento del Páramo de los Conejos".
1 comentario:
Muy lamentable evento, mucho.
Publicar un comentario