lunes, 9 de febrero de 2026

No hay quinto malo: El origen de la esperanza que nació en los chiqueros. Video



Germán D' Jesús Cerrada 

La expresión taurina «no hay quinto malo» es una de las herencias más vivas del lenguaje de los ruedos en el habla cotidiana, cuyo origen se remonta a la antigua organización de las corridas de toros en España.

En tiempos donde no existía el sorteo, era el propio ganadero quien decidía con total discreción el orden de salida de sus astados, una decisión que no era en absoluto azarosa. 

Se popularizó entonces la estrategia de reservar para el quinto lugar al ejemplar de mejores hechuras, el más bravo o el de la familia más contrastada; con ello, se buscaba garantizar un punto álgido hacia el final del espectáculo y mantener el interés del público hasta el último momento. 

De esta forma, el «quinto» se convertía por decreto de su criador en el toro estrella de la tarde, cimentando la fama de que ese turno nunca decepcionaba.

Existe otra vertiente histórica, vinculada a la sociología de la plaza, que sitúa este dicho en las antiguas tardes donde se lidiaban ocho toros. 

Tras la lidia de los cuatro primeros ejemplares, se realizaba una pausa para merendar. Al reanudarse el festejo, el público, ya saciado y con mejor ánimo, afrontaba la salida del quinto toro con una predisposición mucho más festiva y benevolente, lo que reforzaba la idea de que ese animal siempre resultaba ser «bueno». 

Con el transcurrir de los siglos, la frase trascendió los muros de piedra de las plazas para convertirse en una fórmula de aliento universal. 

Hoy, se utiliza para transmitir optimismo a quien enfrenta un quinto intento en cualquier faceta de la vida, recordando que, aunque los pasos anteriores no hayan sido los esperados, el éxito suele estar reservado para quien persiste hasta el final.

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