En el mes de junio de 1973, el calor de las fiestas patronales en honor a San Antonio de Padua envolvía a la pintoresca población de Chiguará.
Eran tiempos de alegría compartida y de la hospitalidad inigualable de hombres como Don Orangel Sandia Ramírez, un anfitrión de excepción que, con su caballerosidad y amena conversación, hacía que cualquier visitante se sintiera en casa.
Buscando "amortiguar" el fuerte sol de mediodía con unas cervezas bien frías en una bodega local, el azar me regaló una de las imágenes más pintorescas de mi archivo.
Al salir al patio del establecimiento, me topé con una escena que parecía preparada para un libreto de comedia: frente a los rústicos baños de zinc, dos burros —el transporte fiel de la época— esperaban pacientemente.
Lo increíble de la gráfica no es solo la presencia de los animales, sino su ubicación exacta. Uno se encontraba frente a la puerta marcada como "Damas" y el otro ante la de "Caballeros", como si estuvieran respetuosamente guardando su turno para entrar.
La rigidez de las puertas de lámina, los bloques de cemento y la vegetación de fondo completan este retrato de la Venezuela rural donde lo insólito se volvía cotidiano.
Esta "Viñeta" es más que una curiosidad; es el testimonio de una era donde los nexos familiares y las tradiciones de pueblo se celebraban con sencillez.
Hoy, aunque Don Orangel ya no esté con nosotros y Chiguará haya cambiado, esta fotografía nos devuelve a aquel patio de 1973, recordándonos que el humor y el folclore andino siempre han caminado de la mano, incluso en la fila para el baño.
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