jueves, 9 de abril de 2026

Ejido en los años 70: Un viaje al pasado en la bodega de Onésimo Díaz

En la emblemática bodega de Ejido, Don Onésimo Díaz atiende con dedicación a sus clientes, en una escena que retrata la cotidianidad de la Venezuela rural de los años 70.

Texto y fotos: Germán D' Jesús Cerrada 

​En el corazón de Ejido, durante la década de los setenta, sobrevivía un rincón que parecía desafiar el avance de la modernidad y el asfalto. Se trataba de la bodega de Onésimo Díaz, un establecimiento singular que representaba el último vestigio de la Venezuela rural en pleno centro del municipio Campo Elías. 

El rincón de descanso en la bodega de Onésimo Díaz, un establo que funcionaba como un "hotel" para los animales de carga que bajaban desde las aldeas hasta el centro de Ejido.

Más que un simple expendio de víveres, aquel lugar funcionaba como un puerto seguro para los hombres y las bestias que descendían de las aldeas circundantes.

Bajo el cobijo de las tejas y el forraje, el establo ofrecía la logística necesaria para que las bestias pernoctaran seguras antes de emprender el viaje de regreso a las montañas. 

El establecimiento contaba con un establo que, en palabras de quienes lo conocimos, era comparable a un hotel de tres estrellas para los animales de carga, una experiencia que quedó documentada para la posteridad a través de una serie de fotografías en blanco y negro.

Fachada de la bodega de Onésimo Díaz en el centro de Ejido, donde se observa el trasiego diario de campesinos y sus bestias cargadas.  

Allí, los caballos, mulas y burros encontraban el descanso necesario, con agua fresca y forraje garantizado, tras haber recorrido largos y penosos caminos cargados de productos agrícolas destinados al comercio local.

La familia campesina integrada a la dinámica del pueblo; mientras se descargan los productos y se abastece en la bodega.

Don Onésimo Díaz, un hombre ya maduro para 1975 y con el rostro surcado por los años de trabajo constante, manejaba este refugio con una mística de servicio que hoy resultaría impensable. 

El relevo generacional en las faenas del campo; desde temprana edad, los niños participaban activamente en la jornada, asumiendo con naturalidad la carga y el cuidado de los animales durante la visita a Ejido.

El costo por el hospedaje animal era casi simbólico; dependiendo del tiempo de estancia, los arrieros pagaban desde un par de lochas hasta un modesto bolívar. 

En el zaguán de la bodega, los arrieros preparan minuciosamente la carga de productos agrícolas.

Aquella bodega era el punto de encuentro de familias completas que llegaban para abastecerse de lo necesario antes de emprender el viaje de retorno a sus aldeas. 

La hora de la tertulia; un grupo de parroquianos aprovecha el descanso a las afueras de la bodega para compartir historias y refrescarse.

Con la desaparición de este espacio, se cerró un capítulo fundamental de la historia de Ejido, marcando el fin de una época donde la hospitalidad para el caminante y su cabalgadura era el pilar fundamental del intercambio entre el campo y el pueblo.

Un joven campesino luce su sombrero nuevo dentro de la bodega

Vista general del establo de Onésimo Díaz; una estructura amplia y funcional.

La mirada de complicidad entre el niño y su burro de carga refleja la estrecha relación de trabajo y lealtad que definía la vida en el campo merideño de aquellos años.

2 comentarios:

Mary Luz Suárez dijo...

La mercadotecnia instintiva de la época : atención y seguridad a las bestias para atraer y fidelizar a sus clientes . Sin necesidad de estudio de mercado , publicidad ni influencers .

Anónimo dijo...

Bonitos recuerdos. Cuantos de ellos hoy en día están vivos.