Por: Germán D’ Jesús Cerrada
No es un recuerdo de ayer, es el calvario de hoy. Mientras redacto, el sector sigue sumido en una penumbra que ya no solo apaga bombillos, sino que agota la paciencia y la salud de todos.
El reporte es de una precisión dolorosa: 5 horas y 20 minutos de interrupción.
La luz se marchó a las 5:00 p. m., justo cuando la ciudad intenta cerrar su jornada, y apenas asomó su rastro a las 10:20 p. m. Pero el alivio fue un espejismo de apenas 9 minutos. Nueve minutos de esperanza técnica antes de que el silencio eléctrico volviera a reinar.
Seguimos a oscuras, y todavía no llega la medianoche.
Un costo que nadie asume
A esta hora, la cena se improvisa a tientas y el entretenimiento es el ruido del estrés. No es una exageración: estos apagones prolongados deterioran el sistema nervioso y disparan los niveles de ansiedad.
Se dañan los equipos, sí, pero lo más grave es el daño humano.
¿Quién responde por este desgaste?
¿Quién paga el deterioro de nuestra calidad de vida?
No es un cuento de camino ni una crónica del pasado; es la realidad que estamos padeciendo en este instante los merideños.
Un sacrificio impuesto que nos mantiene, literalmente, en la más profunda oscuridad.
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