Por: Germán D’ Jesús Cerrada
Hubo un tiempo en la Mérida de ayer donde el domingo no comenzaba con el aroma del café, sino con el crujido de la prensa.
Era una ley no escrita: el merideño madrugaba para buscar los ejemplares de El Nacional y El Universal. No eran simples hojas de noticias; eran pesados volúmenes cargados de cultura, opinión y aquellas recordadas revistas dominicales que daban color a la mañana.
Esta gráfica de 1981 es el retrato vivo de esa "lectura obligada". En la sala de la casa, el tiempo se detenía. Vemos a la abuela concentrada en los titulares, a la madre —quien con sus rulos se preparaba para el resto del día— sumergida en las páginas de una revista, y en el centro, la espontaneidad de la infancia.
Era un ritual de reunión. La prensa se compartía, se comentaba y se repartía por secciones: el cuerpo de política para unos, las páginas sociales para otros y los suplementos para los más pequeños. Las salas de nuestras casas se convertían en verdaderas mesas de análisis ciudadano.
Hoy, la realidad es muy distinta. Aquellos grandes rotativos han desaparecido o han dejado de llegar a nuestras montañas.
La lectura compartida en familia ha sido desplazada por la consulta individual y solitaria en las pantallas de los teléfonos móviles. Ya no se escucha el pasar de las páginas ni se siente el olor a tinta fresca que inundaba los hogares cada domingo.
Esta "Viñeta" de hace casi medio siglo nos queda como el testimonio de una era dorada del periodismo y de la unión familiar.
Nos recuerda que, aunque el papel desaparezca de nuestras manos, la memoria de aquellos domingos de afecto y tinta permanece intacta en quienes vivimos la Mérida de siempre.
1 comentario:
Era grato ver a tus padres leer con tanto esmero los editoriales con musica clásica o moderna como abba de fondo, que ambientaba la sala y se convertía en un salón de lectura, uno como niño esperaba los comics para seguir el ejemplo y luego las revistas de farándula como Estampas. Bonitos Recuerdos me evocan el recuerdo de mi viejo adorado.
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