Por Álvaro Sandia Briceño
El abuelo Pantaleón Sandia nació en La Grita del estado Táchira el 27 de julio en 1883, hijo del General Pantaleón Sandia y de Amalia Rojas. Fue llevado a la pila bautismal de la cercana Iglesia Principal del Espíritu Santo de La Grita y el cura párroco Juan Bautista Arias, de acuerdo con los padres y padrinos Carlos Román y Saturnina Pulido, lo bautizó con el nombre de Román Pantaleón, aunque siempre fue conocido con el nombre de Pantaleón, Don Pantaleón o Don Panta para los más cercanos. Su padre, Pantaleón Sandia, había nacido también en La Grita en 1847, unos años antes de que en la Hacienda La Mulera, casi en los confines que nos acercan y separan de la vecina Colombia, nacería Juan Vicente Gómez, el Benemérito, quien en la pluma de alguno de sus áulicos “murió prematuramente para desgracia de la patria el 17 de diciembre de 1935”. Román Pantaleón Sandia estudió en el célebre Colegio Sagrado Corazón de Jesús de La Grita, que fundó, el 1º de enero de 1884, Monseñor Jesús Manuel Jáuregui, y fueron sus compañeros de estudios los jóvenes Eleazar López Contreras, nacido en Queniquea, Acacio Chacón Guerra de Cordero, Diógenes Escalante de San Cristóbal y Félix Román Duque del propio La Grita, que con el correr del tiempo ocuparían posiciones relevantes en la política, la educación y en el episcopado venezolano.
Muy joven se avecindó en Chiguará donde contrajo matrimonio el 30 de enero de 1905 con Juana Ramírez Rojas, de cuya unión nacieron Amalia, Román, Ernestina, Alicia, Acacio, Orangel, Irma y Ligia Sandia Ramírez. Se ocupó de comprar y vender ganado, supo ahorrar e invertir el producto de sus negocios iniciales y adquirió de otro tachirense, Juan de Dios Montilla, la Hacienda San Pedro, cuyos linderos se extendían desde la Aldea Bella Vista, llamada por los lugareños La Boca del Monte, hasta el río Chama, que hoy divide con sus taludes la Autopista Rafael Caldera en el sector de los túneles hasta El Vigía.
La Hacienda San Pedro en sus amplios terrenos y potreros producía caña de azúcar, ganado, leche y sus derivados, plátanos, maíz, cacao, café que antes de la crisis de Wall Street en 1929 llegó a exportarse a Nueva York y Hamburgo, mulas de silla y de carga y caballos paso finos colombianos.
Sus negocios lo llevaron a tener amplias relaciones comerciales con la Casa Burguera de Tovar y con la Casa Boulton de Maracaibo.
Pantaleón Sandia, preocupado por el mejoramiento e incremento tanto del ganado vacuno como de las bestias caballares de su hacienda, organizó, junto con su esposa Juana, un viaje en 1915 desde su posesión de San Pedro en Chiguará hasta Bucaramanga en Colombia, ambos a caballo y con una protección de peones y guardias armados de rifles, revólveres y machetes. Los recorridos de cada día dependían de las condiciones de la ruta escogida y del clima, de las distancias entre un pueblo y otro y si en estos había alguna posada decente que pudiera albergar, con ciertas comodidades, a los que jefatureaban la expedición. El periplo, inusual para la época, duró tres meses entre la ida y el regreso y trajeron toros y vacas y caballos y yeguas paso finos colombianos y algunas variedades de café con el propósito de sembrarlas y aclimatarlas en sus fértiles tierras.
El viaje de los esposos Sandia Ramírez dio mucho que hablar entre los chiguareros y aún los de más allá, porque no eran frecuentes los viajes a lugares tan lejanos dadas las precarias condiciones de los caminos de la época y la inseguridad reinante. El ganado vacuno se reprodujo y los equinos también y fueron famosos los caballos paso finos colombianos “sanpedreros”, que eran solicitados por quienes gustaban y podían adquirirlos.
Mientras Pantaleón se ocupaba de ganado, animales y siembras, la dueña de la casa, la abuela Juana, dirigía con mano firme la solariega Casona, con la estrecha colaboración de su hija Ernestina. Su otra hija Alicia, era la maestra de la Escuela que funcionaba en uno de los salones del corredor de abajo. De los otros hijos, Amalia se casó con Argimiro Rojas, Román con Mary Briceño Ferrigni, Acacio con Temila Briceño Ferrigni, Orangel con Aura Pulido Angarita, Irma con Rafael Bencci Duran y Ligia con Miguel Ángel Briceño Cabrera. Ernestina y Alicia permanecieron solteras.
La Hacienda San Pedro era un lugar de mucho trabajo y el ejemplo lo daba el dueño quien, al apenas clarear el día, después de tomar un café negro “cerrero” recién colado, bajaba a dar las instrucciones para las labores a iniciarse y dos veces en la mañana y otras en la tarde, montado en sus caballos Sultán o Ariete o en la mula Aceituna, siempre con botas y polainas y con su sombrero Borsalino, iba a revisar lo que se había hecho o faltaba por hacer.
Los días de molienda las labores empezaban en la madrugada para calentar los fondos y arrimar la caña. Era una labor prolija que requería conocimientos y experiencia y casi al final de la tarde se contaban las pacas de panela o papelón que se habían acumulado en los mesones y con la satisfacción de lo realizado, todos podían darse por satisfechos.
Las relaciones entre el patrono y sus trabajadores fueron siempre de mutuo respeto y consideración y los salarios estaban de acuerdo con la capacidad y las labores de cada uno de ellos. Las familias disponían de modestas casas y todos tenían, en los terrenos de la zona llamada Agua Caliente, de conucos donde sembraban y producían frutas y hortalizas para el consumo de los suyos. El auxilio para casos extraordinarios siempre estuvo presto para medicinas y también para tratamientos médicos, y el transporte hasta Mérida, si necesitaban acudir al viejo Hospital Los Andes, fue siempre por cuenta de la Hacienda. Los trabajadores agradecieron estos gestos y fueron consecuentes con el patrono. El “Catire” Daniel, así llamado porque era un moreno claro con ojos verdes, se ufanaba de que tres generaciones de su familia habían trabajado en la Hacienda San Pedro y Pablo Morales “Macoya” con unos cuantos “aguardientes callejoneros domingueros” entre pecho y espalda, decía entrecerrando los ojos: “Pablo Morales…sirve a los Sandia”.
Los nombres de los potreros de la hacienda indudablemente tenían el recuerdo y la remembranza griteña del dueño: La Casa, El Pepo, Calvasí, Seboruco, La Grita, Táchira, Frontera, el Medio, Cúcuta, San Antonio, El Rio, entre otros. Dos veces por semana, por lo menos, se revisaban las cercas, los tanques de agua, el ganado escotero y el de levante, las yeguas paridas con sus potros, potrancas y muletos, los animales enfermos y todo lo que hubiera que arreglar. Era el día a día, una semana y otra, mes a mes, todos los años, algo de nunca acabar.
La Casona de la Hacienda San Pedro tenía dos amplios corredores a lo largo de la casa, con pisos de tablones de madera a los cuales se accedía por una escalera de caracol y en las paredes, entre ventana y ventana, un pintor italiano nacido en las cercanías del Lago de Como, había plasmado unos murales con paisajes bucólicos que refrescaban, más aún, las tertulias que se hacían en los diversos recibos con sillas de mimbre y butacas repujadas. Tenía una sala de acceso restringido y solo para determinados visitantes, con muebles vieneses y mesas con primorosos tapetes realizados por la dueña de la casa y sus hijas. Eran varias las habitaciones, un comedor principal con su cocina, y al fondo, las dependencias de servicio con una cocina industrial Vulcano de leña y el comedor de los peones, al cual se accedía por una escalera desde los patios de café.
El corredor de afuera, así se le llamaba, daba el frente al camino del lago, como dicen los títulos de propiedad de la hacienda, porque era paso obligado de los que iban de Chiguará, de los pueblos vecinos y aún de la ciudad capital Mérida, hacia el Lago de Maracaibo, por caminos de herradura, donde a caballo, en mulas, en burros o a pie se quería llegar a alguno de los puertos del sur del lago como Gibraltar, Bobures, San Carlos o Encontrados, que en goletas y chalanas comunicaban la tierra firme con el puerto y ciudad de Maracaibo y de allí a Caracas, en los barcos de la naviera inglesa Red Line, con previa escala en Curazao, para lo cual los pasajeros debían proveerse de pasaportes de las autoridades venezolanas y obtener el visado en el Consulado de los Países Bajos en la ciudad marabina.
El corredor de adentro daba a los patios de café, al trapiche de caña y desde allí se divisaban el corral y el tanque del baño de garrapaticida, los potreros cercanos y al fondo, allá en las montañas, el pequeño pueblo de Mesa Bolívar.
El agua de la Casona y de las zonas adyacentes provenía de una mina, situada en un pequeño bosque protegido del potrero de la Casa y cuya fuente se cuidaba de manera muy especial, se transportaba por tuberías a ras de la tierra, y era suficiente para surtir no solo la casa principal y todas las dependencias que la requerían, sino para llenar el tanque ubicado en las afueras de la casa. Con frecuencia las mujeres, madres e hijas de quienes habitaban en la cercana Aldea Bella Vista, bajaban hasta San Pedro y a un costado de la Casona y sobre unas grandes piedras, lavaban la ropa y la extendían al sol para que se secara y además llenaban unas latas “mantequeras” con el esencial líquido, que llevaban hasta sus casas cargadas en burros, porque esa Aldea y las otras del contorno como El Verde y El Guamo, carecían de acueductos.
Como la electricidad era privilegio de las ciudades y pueblos de alguna importancia, la iluminación de la casa principal era con lámparas de carburo y todavía en las cornisas de la casa se pueden observar los tubos de cobre que conducían esa fuente de energía.
En la planta baja se ubicaban la oficina, la “Proveeduría” que surtía a la casa y a las familias y vecinos de los que allí trabajaban, la escuela fundada por el abuelo para que los hijos de los trabajadores de la finca y de las casas vecinas estudiaran los dos primeros grados, el cuarto del queso, el depósito de los sacos de café, las monturas y los arneses de las mulas de carga y las habitaciones de los peones que vivían en la casa. Pasada la callejuela estaban las caballerizas de las bestias de silla, el ordeño y la cochinera, además de otro tanque de agua. Del otro lado estaba el gallinero con pavos, patos y gansos no muy amigables. También había un pequeño zoológico, con dantas y osos frontinos, con jaulas para animales que estaban al comenzar los patios de café con monos y cuchicuchis, lochas y venados, pavos reales, guacamayas y toda suerte de pájaros.
Frente a la Casona había una Capilla dedicada a Santa Filomena con jardines bien cuidados a su alrededor, y cada 11 de agosto, Día de su Festividad, se reunían dueños y trabajadores, al final de la tarde y terminada la jornada laboral, para rezar el Santo Rosario y pedirle a la santa su protección.
En esos tiempos en que no había carreteras sino polvorientos caminos, las mulas eran el transporte obligado y necesario para llevar los productos de las haciendas y a la vuelta, traer los que se requería para el diario menester. La Hacienda San Pedro se caracterizó por tener uno de los establos de mulas de carga de las más fuertes en esos parajes. Los arreos de mulas, con la mula campanera al frente, eran vistos con complacencia y admiración por los paisanos y en todos aquellos lugares adonde llevaban las pacas de panela o papelón, cargas de café y sacos de maíz, plátanos y verduras y, al regresar, traían bultos de harina, azúcar, sal y pencas de pescado salado y todo lo necesario para la alimentación y la vida diaria de quienes allí moraban. Los arreos de mulas con los tapaojos en los cabezales de los animales con las letras R.S.P., llegaron a sitios tan lejanos, en aquel entonces, como Tovar, Bailadores y El Vigía.
La Hacienda San Pedro fue visitada por los muchos amigos del dueño, de todas las clases sociales, porque tenía amplias relaciones con todos los sectores. Por la fineza del servicio y sus exquisitos manjares su mesa se hizo famosa.
Tres amigos de La Grita, el presidente Eleazar López Contreras, Monseñor Acacio Chacón Guerra y Don Pantaleón Sandia
Se recuerda, con gran cariño, las visitas que se recibieron del Arzobispo de Mérida Monseñor Acacio Chacón, del Dr. Tulio Chiossone, Presidente del Estado Mérida en el Gobierno del General Isaías Medina Angarita, del Dr. Antonio Parra León, Presidente del Estado Mérida de la Junta Revolucionaria de Gobierno que presidió el señor Rómulo Betancourt (1945-1948), del Dr. Joaquín Mármol Luzardo, quien sería con el tiempo Rector de la Universidad de los Andes, del respetado médico trujillano Manuel de Jesús Chuecos y de su esposa Lilia Poggioli, quienes habían venido desde su tierra para visitar a sus amigos chiguareros, entre los cuales estaban los esposos Hilarión y María de Briceño, y de los hacendados Silvio Mazzei de la Hacienda Cucuchica y Benjamín Gómez de Mucuchachí.
Román Pantaleón Sandia nunca fue político, pero estuvo cerca de los políticos, y su relación familiar con el Dr. Florencio Ramírez, Secretario General de Gobierno del Estado Mérida siendo Presidentes del Estado los Generales Amador Uzcátegui y José Rufo Dávila en el Gobierno del General Juan Vicente Gómez, lo mantenían al tanto de los asuntos políticos, económicos y sociales de los que ocupaban posiciones importantes en estos gobiernos. Poseía una muy buena cuerda de gallos finos de pelea y de allí derivó que construyera en un terreno suyo la Gallera de Chiguará, donde tanto los propietarios de los gallos como la gente del pueblo, disfrutaban de esta ancestral afición que nos legaron los españoles y que está arraigada en muchas zonas del país.
El abuelo Pantaleón solía venir de su hacienda a Mérida, los días lunes, para sus gestiones en el Banco de Venezuela, única entidad bancaria de la ciudad, comprar lo necesario para la hacienda y revisar los estudios de su hijo Acacio, primero en el Colegio San José de los Padres Jesuitas y luego como estudiante de odontología en la Universidad de los Andes. Acacio fue el único de sus hijos varones que siguió una carrera universitaria, primero en la Universidad Central de Venezuela y luego en la Universidad de los Andes y formó parte de la primera promoción que egresó de nuestra Alma Mater con el Título de Doctor en Odontología en julio de 1942. Los otros hijos Román y Orangel se ocuparon de los asuntos de la hacienda y fueron los brazos ejecutores de muchos de sus proyectos.
Como no había carretera entre Chiguará y Estanques, porque la que se inauguró en el año 1932, que tenía un puente de madera sobre el rio Chama y que en una sus crecidas lo arrancó casi de sus cimientos, Román Pantaleón bajaba en alguno de sus briosos caballos, desde la hacienda hasta Estanques, donde guardaba su vehículo en un garaje de sus amigos Molina, propietarios de la Hacienda Estanques, y con su hijo Román al volante se trasladaba a Mérida para las diligencias de rigor.
El General Eleazar López Contreras fue el primer Jefe de Estado en Venezuela que visitó los Andes y en su estadía en Mérida inauguró el 23 de marzo de 1937, entre otras obras, la recién construida Facultad de Derecho de la Universidad de los Andes, iniciada en el rectorado del Dr. Roberto Picón Lares, y que hoy sirve de sede del Vicerrectorado Académico de nuestra Universidad. Al recordar su amistad con Román Pantaleón Sandia, el Presidente le dirigió desde Caracas un telegrama a Chiguará, manifestando sus deseos de entrevistarse con su compañero de aulas escolares y cuando pasó por Estanques, allá lo estaba esperando su viejo amigo, se detuvo la caravana presidencial y ambos se confundieron en un estrecho abrazo y bajo los aleros de la casa de la Hacienda Estanques de los Molina, recordaron sus años mozos mientras degustaban de un café. El General López Contreras, como testimonio de esa entrevista, le envió de regalo al abuelo Pantaleón una silla de baqueta negra con el escudo nacional grabado en el espaldar, igual a las que se usaban en aquel entonces en el despacho presidencial de Miraflores, silla esta que todavía se conserva en San Pedro como una reliquia y valioso recuerdo de una amistad.
Román Pantaleón Sandia murió el 7 de febrero de 1948 de una crisis cardíaca a los 65 años, en Chiguará, y los paisanos recuerdan que su entierro, de Cruz Alta como correspondía a uno de los "notables" del pueblo, fue uno de los más sentidos y concurridos de la comarca.
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