Memoria histórica de Las Ventas, por Rosario Pérez y Ángel González Abad
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Antoñete reza a la Virgen de la Paloma
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Con mechón blanco y una irisada de humo envolvían esa mirada
melancólica y silenciosa. No hacían falta palabras. Su estar, estático o
en movimiento, delataban que allí se erigía un torero. Antoñete
escondía en sus muñecas el secreto del temple y la naturalidad. Muchas
son las tardes de triunfo en Las Ventas, pero en pocas cala el
sentimiento tanto como en aquella famosa faena a «Atrevido», el toro
ensabanado de Osborne, en la festividad de San Isidro de 1966. «Fue el
milagro, la maravilla. Cómo citaba, cómo paraba, cómo despedía, cómo se
iba de la cara. Ejecutó el toreo en su más excelsa plenitud. Quizás
nadie haya toreado como él», sentenció José Luis Suárez-Guanes en las
páginas abecedarias.
Chenel no sólo encandiló con «Atrevido» -el toro al que
dijo «amar como se ama a una mujer; cuando pasaba bajo mi mando, el
placer me inundaba y gocé como nunca»-, también escribió páginas de
empaque con «Danzarín», «Carazul», «Cantinero»... Antoñete, religión del
toreo en Madrid, hizo su último paseíllo en la Monumental el verano de
1998, en una tarde para el recuerdo con ganado de Las Ramblas. El 24 de
octubre de 2011 abrió su «última» Puerta Grande.

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