jueves, 17 de agosto de 2017

Enrique Ponce cumple su «sueño imposible»


El diestro logra una faena cumbre, indulta a un toro de Juan Pedro Domecq, «Jaraiz», y sale a hombros



Enrique Ponce, durante la corrida picassiana de Málaga
Enrique Ponce, durante la corrida picassiana de Málaga - Efe
 
ANDRÉS AMORÓS  

La ya tradicional corrida picassiana de Málaga añade, este año, el nuevo atractivo del estreno del espectáculo «Crisol», con su unión de música y toros. Ponce logra una faena cumbre, indulta a un toro de Juan Pedro Domecq, «Jaraiz», y sale a hombros.

Desde niño, Picasso amaba los toros. Málaga hace bien al programar, en su Feria, una «corrida picassiana», bien ambientada por Loren. Enrique Ponce anda empeñado en ampliar el repertorio musical, en las corridas. Aunque algunos se escandalicen, no es ningún disparate, si se elige bien la música y el estilo del diestro armoniza bien con esa música. Varias veces lo ha hecho en Francia, el año pasado, y en Santander. Ha ideado un espectáculo llamado «Crisol»: el recipiente donde se funden dos metales; por extensión, la fusión de dos artes, tauromaquia y música clásica. Lo presenta por primera vez en Málaga, en esta corrida picassiana, con Estrella Morente, Pitingo, la soprano Alba Chantar, más la coral y banda de Gibraljaire.

El paseíllo se hace al son del «O Fortuna», del «Carmina Burana», el oratorio de Carl Orff sobre textos de los goliardos medievales. En el primero, encastado, Ponce muletea templado (canta Estrella Morente «En tus sueños»), en una faena que va a más, con sabiduría y estética.

Entusiasman los largos naturales, escuchando «La Misión», de Morricone: oreja. (En la vuelta el ruedo, Alba canta «She», de Aznavour, cantada por Elvis Costello en «Notting Hill»). En el tercero, que da la vuelta de campana y flaquea, saluda Abraham Neiro. Ponce lo mantiene en pie con empaque (suena «Panis angelicus», de Cesar Franck) y logra series cumbres, por los dos lados, con «La conquista del paraíso», de Vangelis, de «1492»: oreja. (Vuelta al ruedo con la preciosa «El águila negra», de Barbra). En el quinto, Ponce torea a placer, a cámara lenta, (Estrella Morente canta a San Juan de la Cruz, con música de Nyman: «Volé tan alto, tan alto, / que le di a la caza alcance»). Una auténtica obra de arte. La remata cogiendo de nuevo el capote para lograr, así, la poncina y, todavía, muletazos lentísimos de rodillas. La gente, loca: se indulta a «Jaraiz», negro chorreado, de 554 kilos. Y le deja, incluso, dar unos muletazos a Conde. Es el toro número 47 que Ponce indulta. Da la vuelta con «El sueño imposible», de «El hombre de la Mancha».

El malagueño Javier Conde, buen amigo de Ponce, esposo de Estrella Morente, torea poco y se advierte, pero los paisanos jalean algunos naturales de estilo muy personal. Da la vuelta al ruedo, con «Morir de amor», de Aznavour. En el cuarto, astifino, aguanta y corre la mano con suavidad (Pitingo canta «Gwendoline», de Julio Iglesias; suena el «Concierto de Aranjuez», de Rodrigo) pero mata mal. En el último, con el cante de Estrella, da rienda suelta a su personal inspiración pero pincha.

Al margen del nuevo espectáculo, bien hermoso, Ponce ha estado cumbre, en una de las mejores faenas de su vida: ha logrado su « sueño imposible». Como San Juan de la Cruz, «voló tan alto, tan alto»... Como cantaba Barbra, «se elevó en el cielo y se perdió».

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