miércoles, 30 de mayo de 2018

Emotiva Puerta Grande a la hombría de Castella


FERIA DE SAN ISIDRO

El francés sale a hombros tras recomponerse de una terrorífica voltereta y desorejar al mejor toro (de mucha clase) de la corrida de Garcigrande.




Hay tardes señaladas por un nombre propio. Y ésta era la tarde de Enrique Ponce, el regreso del Minotauro a Madrid 362 días después de su última Puerta Grande. Que fue también la fecha -2 de junio de 2017- en que Domingo Hernández tomó antigüedad con una monumental corrida de toros, las más redonda por dentro y por fuera de todo San Isidro. Los ojos del ganadero vivieron la felicidad de la gloria venteña por primera y última vez antes de apagarse en invierno. Ponce volvió a tirar de la taquilla este miércoles hasta colgar el "no hay billetes". Como entonces padrino de una confirmación. Jesús Enrique Colombo por Varea en la ceremonia. Y los toros de Garcigrande de nuevo por testigos. "Fanfarrón" le tocó en suerte a Colombo. Número 71 y 599 kilos. Negro listón chorreado. Para los amantes de las efemérides. Bajo, cornialto, tocado arriba de pitones y estrecho de sienes. Una hermosura vacía. Desde que pisó la arena su pobre celo, sus idas fugitivas, la distracción manifiesta, el modo de vencerse extrañamente cruzado hacia tablas -raros los estrellones desenfocados-, anunció su mansa condición. Y en algún momento sembró la duda de estar reparado de la vista. Lo del caballo fue sólo la pose de acudir y empujar -un accidente el derribo- con un solo pitón. Por los dos banderilleó atléticamente Colombo al cuarteo. Y en último par al sesgo. No hubo más, tras doctorarse, que la desencelada mansedumbre. A su bola.

Estrepitosamente descoordinado salió el escurrido segundo de Garcigrande. Que pedía a gritos la devolución con su baile de San Vito. Un cinqueño sobrero de Valdefresno se hizo presente con sus hechuras concentradas, su badana como quilla de barco y su morrillo de astracán. Acapachado y chato. Su abanta y fría salida la centró Mariano de la Viña a la antigua usanza. Cuando los peones paraban los toros. Enrique Ponce lo enredó en verónicas camperas en los medios. Del capote de Ponce cayó con cadencia una media bonita en el quite. Quedó el de Valdefresno con una bondad mansita. EP desplegó su estética genuflexa bajo el "7". Inmenso el cambio de mano basculando. El viento dañó el temaye. La cierta clase dormida de la embestida requirió necesariamente series cortas.

 Desmayadas y suaves sobre la derecha. Eolo se entrometió tanto que el sabio de Chiva optó por cambiar los terrenos. Diametralmente opuestos. Entre el "1" y el "10". Allí quiso dibujar el natural. No admitía más de dos. Entre dos y dos, sumaron cuatro de pulso y trazo. Y, entre tanto, un desarme. La faena se extendió por demás con la causa acabada. Agarró una estocada fulminante. Que llegó a hacer flamear pañuelos de cariño. Enrique recogió la ovación con reverencial gesto.

Sebastián Castella se enfrentó con otro toro con los cinco años cumplidos. De notable y serio trapío. De Domingo Hernández. No fácil por su descompuesta embestida. Desabrida de cabezazos y tornillazos. A dos velocidades. Lo que en principio se presentía con esperanza, por el bello prólogo rodilla en tierra, se contagió del desorden del toro. Y Castella se perdió apretando los dientes en un mar de derechazos. Encasquillados y complicados, cada vez más, por las arrítmicas y geniudas acometidas. La resolución con la espada no le fue a la zaga. Una tempestad de sartenazos acarreó dos avisos.

Las cortas manos del cuarto, un zapato de acodada cornamenta, la usó siempre para frenarse. Enrique Ponce se justificó con el mal estilo, se tragó un par de pitonazos en mitad de la suerte y apuró todas las nulas opciones. A toro parado el arrimón. Exprimido el tiempo. Despenó al garcigrande de pinchazo y estocada desprendida. Otra ovación de respeto.

El quinto arrolló a Sebastián Castella con toda la fuerza íntegra de salida. Un atropello brutal. Por el mismo pecho. Una voltereta fraccionada. En el aire los hachazos, las subidas y bajadas, la caída a plomo. En el ruedo quedó tendido, desmadejado, Castella. Un milagro que sólo en su pie izquierdo hubiese la sangre. Una vuelta a la vida. Un renacimiento trágico. El aterrador percance frenó las protestas hacia el escaso perfil del toro. Que confirmaba la disparidad de hechuras de la corrida de Garcigrande. Le Coq se recompuso sobre su raza. Y de rodillas prologó la faena. Sobre la izquierda.

 Penitente y por naturales. Con dos cojones. En el toro habitaba una clase mayúscula. Y un estilo envidiable. SC renació de sus cenizas. Sobre la mano derecha los derechazos surgieron tersos, ligados, lentos. Las tandas se compactaban asentadas con la calidad de "Juglar". Cuyo canto duró esas dos rondas. El empuje se avino a menos. A pulso el irreductible galo ya. Crecido en esos terrenos de fuego que son su hábitat. En las distancias cortas. Una espaldina sumó emotividad. La emotividad que corría como un reguero de pólvora. Incendiando Madrid desde el volteretón. Todavía. El volapié fue bárbaro. Perfecta la estocada. La pañolada cuajó por el héroe reconstruido. Una oreja. ¡Y otra! La Puerta Grande descerrajada por el cañonazo y la hombría. Sobre todo, eso. Celebrada la gloria, Sebastián Castella marchó por su propio pie a la enfermería.

No valió el último. Colombo banderilleó con potencia. Y ya. Los planteamientos de ansiedad no solventaron la triste nota brava del toro. Náufrago entre tanto desarme. Un espadazo quedó al menos en su haber.

Del quirófano volvió Castella como antes había vuelto a la vida. El pórtico de la calle de Alcalá esperaba. Por él se fue.

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