La historia de Gustavo Gabriel Rivara, argentino de 52 años, es el testimonio vivo de la resiliencia frente a la deshumanización. Tras casi un año de cautiverio en las sombras de El Helicoide, su liberación el pasado 2 de febrero no es solo un trámite administrativo; es, en sus propias palabras, un milagro que le devuelve la vida tras haber rozado el olvido.
Detenido en Barinas bajo la acusación de apoyar manifestaciones democráticas, Rivara pasó de la libertad del camino a la oscuridad de un sistema que anula al individuo. Su relato describe un submundo de condiciones inhumanas:
Aislamiento total: Meses de incomunicación que fracturaron su salud física y emocional.
Deterioro físico: El encierro prolongado y la falta de luz natural terminaron por afectar seriamente su visión.
Terror psicológico: La vigilancia constante y la incertidumbre de ser "un número más" en los pasillos de la emblemática prisión caraqueña.
"Pensé que me iba a morir en la cárcel", confesó Rivara al recuperar su libertad. Su llanto ante los medios no es solo por el trauma vivido, sino por la descarga de quien finalmente ha vuelto a ver el cielo sin los barrotes de por medio.
La liberación de Gustavo pone de relieve la situación de vulnerabilidad de los presos políticos en Venezuela. Su caso deja de ser una estadística para convertirse en un llamado a la memoria y la verdad. Detrás de su retorno a casa, queda el eco de quienes aún esperan y la denuncia de un sistema de justicia que utiliza la libertad humana como pieza de canje.
Hoy, cada respiro de Rivara en libertad es una victoria contra el silencio. Su historia nos obliga a no desviar la mirada: mientras existan rostros y nombres bajo tierra, la lucha por la justicia sigue siendo una tarea pendiente.


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