lunes, 29 de diciembre de 2025

El Ayuno de Eusebia: ¿Sermones de Iglesia o Hambre de Finca?

Cuentos y Verdades de Álvaro Sandia Briceño


​Por Germán D' Jesús Cerrada

​La fe y el deseo siempre han librado batallas memorables en la geografía espiritual de nuestros pueblos.

Álvaro Sandia Briceño nos narra un episodio donde la moral eclesiástica se enfrentó a la pragmática terquedad de un hacendado andino. El protagonista es Candelario, un hombre de temple que administraba una finca en lo más remoto del camino, casi lindando con las feraces tierras llanas. Llegar allí era un rito de resistencia: dos horas de "pasitrote sostenido" desde Colepeje, cruzando la quebrada de Platanillo y remontando la Boca del Monte.

​El camino obligaba a bajar hasta la Hacienda San Pedro, una de las propiedades más prósperas, extensas y emblemáticas de la región, para luego seguir por Buruquel, San Jacinto, San Juanito y San José. El viaje era un inventario de la vecindad andina, donde el saludo era de rigor para los dueños de la vida rural: Gorgonio Díaz en La Boca del Monte; Don Orangel y Don Román Sandia en la imponente San Pedro; Don Luis Molina en Buruquel; Don Antonio Ramírez en San José y Don Rafael Herrera en San Juanito.

​Candelario compartía su vida con Eusebia, una moza "bien buenamoza" que era el alma de la casa de hacienda. Candelario era un hombre de orden: tenía sus vacas criollas con un padrote Cebú —hijo del famoso toro Tamakún— que le había comprado precisamente a los Sandia en San Pedro por un buen precio. 

Además, molía sus cuadras de caña para sacar pacas de panela que vendía en las bodegas del pueblo. 

Pero la paz se acabó cuando llegaron a Chiguará los Padres Redentoristas con sus Misiones.

​Eusebia subía cada sábado con el peón Emeterio y las mulas cargadas de provisiones. En el pueblo, ella era pura devoción y solidaridad: visitaba a sus vecinos, iba a la misa dominical y no perdonaba el rosario junto a su madre y sus hermanas. Fue allí donde escuchó con pavor los sermones de los padres, quienes gritaban que el "arrejuntamiento" era el camino directo al fuego eterno del infierno.

Aterrada por el averno, Eusebia decidió que su salvación valía más que su vida con Candelario y fue tajante: "Dígale que hasta que no nos casemos, no vuelvo".

​Candelario, retorciéndose sus poblados bigotes de viejo zorro, no buscó cura ni anillo; solo soltó una sentencia: "Ella vuelve". Aplicó una "guerra de hambre", dejando de enviar las mulas. Primero faltó la leche fresca, las verduras y la panela que Eusebia compartía generosamente con su familia; finalmente, se agotaron los "cobres" para el diario. 

Fue entonces cuando la fe de Eusebia empezó a flaquear ante el rugido del estómago.

​Terminada la Misión, y viendo que el cielo estaba lejos pero la necesidad muy cerca, Eusebia tuvo que tragar grueso. Haciéndose la señal de la cruz, mandó a pedir la mula. Cuando la moza apareció en el patio de la finca, amoscada y derrotada, Candelario la recibió con una sonrisa de triunfo. Sin mediar palabra sobre el pecado, miró a su peón y le recordó: "¿No le dije que volvía?... y aquí está". 

Al final, en Chiguará, el hambre resultó ser más persuasiva que el mismísimo miedo al diablo.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Genial.

Anónimo dijo...

Mucha hambre y poca fè 🤣