La salida del toro desborda la pasión en la manga Albarregas; las talanqueras, colmadas de público, contienen el aliento ante la carrera.
Texto y fotos: Germán D’ Jesús Cerrada
Mérida, ciudad de cumbres y neblina, supo encontrar en el Complejo Recreacional Albarregas un rincón para la bravura llanera. La manga de coleo —vecina de la imponente Plaza Monumental “Román Eduardo Sandia”— se convirtió en el santuario donde la elegancia andina y el coraje del coleador se daban la mano.
El "toro es derribado" captura el instante preciso de la victoria: el jinete domina al ganado criollo traído del Llano o del Sur del Lago.
Ubicada en los terrenos de la antigua Hacienda La Liria, esta estructura de madera y metal fue mucho más que un recinto de entretenimiento; fue el epicentro de las Ferias de la Inmaculada y del Sol. Allí, figuras como Germán Nucete Marquina, Álvaro Parra y los hermanos Ali y Ricardo Dávila García, los Grisolia entre muchos otros, no solo promovieron el deporte recio, sino que elevaron el coleo a una categoría de prestigio social y cultural en el estado.
El honor del triunfo. El momento más romántico de la jornada. Bellas merideñas y universitarias colocan cintas de colores en los hombros del coleador, un trofeo que se paseaba como una medalla al valor.
Eran las tardes de los sombreros de jipi japa y los liqui-liquis impecables, antes de que el pragmatismo del modernismo impusiera el casco de metal. El llano venezolano no solo nos prestaba su tradición con la presencia de coleadores venidos de toda la geografía nacional, sino que también inundaba el aire con su música; el arpa, el cuatro y las maracas ponían el ritmo a la faena, hermanando la montaña con la sabana.
Apenas terminaba el tiempo de coleo, los novilleros tomaban la manga para enfrentar al ganado en una transición perfecta entre el caballo y el capote.
En ese ambiente, el premio más codiciado no era el metálico, sino las cintas de colores que las bellas merideñas —como Magaly Burguera, Pina Febres, Rosa Elena Calanche o Maritza Pineda— prendían con orgullo en los hombros de los triunfadores.
Lo que distinguía a la Manga del Albarregas era su capacidad de transformar la arena en una escuela de tauromaquia. Al agotarse el tiempo del toro, los portones no se cerraban, sino que se abrían para los aspirantes y novilleros. Con muleta y capote, estos jóvenes desafiaban a ejemplares criollos de hasta 400 kilos en un redondel improvisado de tierra y valor.
Un aspirante dibuja un capotazo a un ejemplar de 400 kilos. En la Manga del Albarregas, el protagonismo pasaba de las espuelas a la zapatilla con natural elegancia.
En ese espacio se forjaron nombres que luego darían de qué hablar en la torería nacional e internacional. Además de figuras consagradas como Nerio “El Tovareño” Ramírez, el artista popular Enrique Torres, es justo rescatar del olvido a otros valientes que deleitaron a la afición: los hermanos Giovanni y Mauro Pereira, siempre dispuestos al desplante; Rafael Bordón y Ángel “El Pirri” Rengifo, que con su entrega encendían las talanqueras; Leonardo Rivas, Luis Alfonso Segura y Humberto Álvarez, nombres que aún resuenan en la memoria de la talanquera.
Coleadores en plena acción peleando la cola del ejemplar. El polvo levantado bajo los cascos es hoy el asfalto de edificios de apartamentos.
La lista de la audacia la completan aspirantes como Néstor Rodríguez, Leonardo Salas, Oscar Corredor y Jesús Alberto “El Castoreño” Araujo; junto a la gallardía de Giovanni “Zamurito” Saavedra, Fabián Ramírez, Alonso Valero, Alí Trejo y Freddy “Garapuyo” Ramírez. Cada uno, enfrentándose al ganado de Rafael Ángel Grisolía o Adalberto González, cada uno de ellos escribieron páginas de gloria y, a veces, de dolor.
Estampa costumbrista en el "tapón" de la manga. Espectadores y efectivos de la Guardia Nacional compartían el espacio hombro a hombro, unidos por la misma emoción ferial.
Hoy, donde antes se escuchaba el rugir de la gente, el relincho de los caballos y el bordoneo del arpa, se levantan edificios. La manga Albarregas fue desmantelada, pero la esencia de aquellas ferias —donde la cerveza fría y el cuba libre se mezclaban con la bota de vino y el respeto de la Guardia Nacional— permanece intacta, cabalgando en la memoria histórica de nuestra Mérida.
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