Por: Carlos Alexis Rivera CNP 10746
Fotos: archivo
En el complejo y a veces estruendoso universo de la tauromaquia actual, donde el efectismo suele reclamar un protagonismo que no le pertenece, la figura de Antonio Suárez emerge como un recordatorio necesario de que el toreo, antes que espectáculo, es un ejercicio de estética y profundidad. El diestro venezolano, que compagina con naturalidad la bata blanca de la medicina con el oro de los alamares, ha firmado un inicio de temporada 2025 que invita a la reflexión y, sobre todo, a la esperanza de los paladares más exigentes.
La estadística, siempre fría, nos habla de un balance numérico interesante. Todo comenzó bajo el cielo de San Cristóbal, en la Feria Internacional de San Sebastián, donde Suárez cortó una oreja de peso a "Fotógrafo", un ejemplar de 435 kilos del hierro de Rancho Grande. Aquella noche, el galeno no solo sumó un apéndice, sino que mostró lo que ya estaba por venir.
La estela de triunfos no se detuvo en los Andes tachirenses. El pasado 7 de febrero, en la población trujillana de Escuque, la madurez del torero encontró el cauce perfecto con "Salamanca", un toro de San Antonio al que terminó indultando tras una faena de gran contenido artístico. Más recientemente, en el cierre del Carnaval Taurino de América en Mérida, Suárez volvió a tocar pelo tras una lidia de ley ante "Mucuchíes", de la ganadería de Campolargo.
Sin embargo, para el cronista que observa más allá del despojo auricular, la verdadera noticia no reside en los cuatro apéndices que ya cuelgan de su esportón este año, sino en la forma. Suárez está logrando lo que pocos: que el tiempo parezca detenerse en el ruedo. Sus naturales, largos y templados, son trazos de un toreo "caro", de ese que no necesita de adornos superfluos porque su valor reside en la pureza del cite y la profundidad del pase.
Antonio Suárez no es solo un torero que corta orejas; es un intérprete que, con el percal y la muleta, escribe una crónica de clasicismo en cada tarde. En sus manos, el toreo recupera esa dimensión de arte pausado que tanto se echa de menos, dejando claro que, en la Venezuela taurina, el temple tiene nombre de médico.
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