lunes, 6 de abril de 2026

El Valor de la Palabra y el Cobre: Las Fichas de la Hacienda San Pedro

Cuentos y Verdades de Álvaro Sandia Briceño

Por Germán D' Jesús Cerrada

​La historia de las grandes haciendas merideñas no solo se escribió con café y sudor, sino también con un sistema económico propio que hoy nos parece de leyenda. 

Álvaro Sandia Briceño nos traslada a la Hacienda San Pedro, en los tiempos del abuelo Pantaleón Sandia, donde la vida transcurría con sus propias reglas y hasta con su propia moneda.

​En aquel entonces, la relación entre el patrón y los peones —como se les llamaba con naturalidad— se basaba en una logística de supervivencia. Al no existir carretera entre Chiguará y las fincas aledañas, la Hacienda San Pedro era casi un estado independiente. 

En la planta baja de la imponente Casona funcionaba una "Proveeduría", una bodega que, según recordaban las tías Ernestina y Alicia, vendía todo a precio de costo. 

El abuelo Pantaleón, en un gesto de equidad, pagaba al encargado de aquel abasto como a un peón más de la faena diaria.
​Pero lo más fascinante de este microcosmos era su sistema de pago: una mezcla de efectivo y fichas. Estas últimas no eran simples vales; eran piezas de cobre que representaban el trabajo y la confianza. Jesús Rondón Nucete le comentó una vez a Álvaro haber visto, en manos de un coleccionista en Tovar, una de esas reliquias: una ficha de cobre grabada con la inscripción "Hacienda San Pedro. R.P.S." junto a su valor nominal.

​El pago era dual por necesidad.Los domingos, cuando los trabajadores lograban vencer la distancia para bajar al pueblo, necesitaban el efectivo para la limosna en misa y para comprar en Chiguará aquello que la bodega de la hacienda no ofrecía. 

El resto del tiempo, la ficha de cobre era el motor de la economía interna en el caserío de la Callejuela.

​Álvaro confiesa un deseo que aún le ronda el corazón: le habría encantado tener esa ficha entre sus manos, sentir el frío del cobre y, de ser posible, comprarla para que regresara a casa. 

Al final, esa moneda perdida con las siglas del abuelo es el eslabón que falta para completar el inventario de recuerdos de la Hacienda San Pedro; un pedazo de historia que hoy, más que valor monetario, tiene un incalculable valor sentimental.

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