sábado, 11 de abril de 2026

​Instinto de Alcoba: La Mula que Delató al General Amador Uzcátegui

Cuentos y Verdades de Álvaro Sandia Briceño

​Por Germán D' Jesús Cerrada

​En la Mérida del primer cuarto del siglo pasado, el General Amador Uzcátegui era una figura que imponía tanto respeto como curiosidad. 

Fiel lugarteniente del Benemérito Juan Vicente Gómez, fue un gobernante de obras grandes y visión clara, pero también de apetitos generosos. Se decía, entre susurros y risas, que el General cumplía a cabalidad con el perfil del corrido: era "mujeriego, parrandero y jugador".

​Sus giras oficiales por los pueblos del estado eran legendarias, no solo por la política, sino por la logística del placer: primero partían las mulas cargadas con cestas de brandy, luego los músicos con sus cuerdas a cuestas, y finalmente, cerrando la marcha con aire triunfal, el General y su comitiva. 

En la ciudad, su despacho en la Gobernación tenía una extensión natural: el Bar de Leopoldo Ghelsi, donde entre trago y trago, Amador despachaba asuntos de Estado y pecados de parroquiano.

​En aquellos tiempos, el estatus de un hombre se medía por la calidad de su cabalgadura. El General poseía una mula rucia, una joya de buena alzada y paso tan fino que despertaba la envidia de los caballeros. Su compadre Epifanio, encandilado por el porte del animal, no descansó hasta que se la compró. 

El negocio se cerró entre caballeros, y Epifanio se llevó a la rucia para su finca en El Valle, mostrándola con el orgullo de quien ha adquirido un trono con cuatro patas.

​El insólito lance ocurrió dos semanas después. Epifanio, queriendo lucir su nueva adquisición, invitó a su esposa, Casilda, a la ciudad. Él iba a negociar las cosechas y ella, muy emperifollada, buscaba telas finas para renovar las cortinas de la casa. 

Todo transcurría con la elegancia de una estampa andina hasta que entraron a las primeras calles del centro.
​De repente, como si hubiera escuchado el llamado de un clarín invisible o una orden del Altísimo, la mula rucia torció el rumbo hacia la derecha con una determinación asombrosa. Sin previo aviso, se adentró en el sector de Cuatro Piedras, la zona donde la moral se relajaba y los lupanares (Casas de cita) encendían sus luces de colores.

​Epifanio, jinete de vieja data, tiró de las riendas con desesperación, pero la rucia tenía otros planes. El animal, ignorando los gritos y los tirones, emprendió un pasitrote alegre y decidido hasta detenerse, con precisión matemática, frente a la puerta del prostíbulo más famoso de la zona.

​La mula de Casilda, por puro instinto de manada, siguió fielmente a la rucia, dejando a la pobre mujer en medio de la "calle de los pecados", con el rostro encendido de vergüenza y los ojos desorbitados ante el paisaje de las mujeres de la vida. Epifanio tuvo que bajarse, con la cara hundida entre los hombros, para sacar a la mula del cabestro mientras los reclamos de Casilda se oían hasta en la Plaza Bolívar.

​No hubo explicación que valiera esa noche en la finca de El Valle. Al día siguiente, muy temprano y con la "calentera" todavía a flor de piel, Epifanio se presentó en la Gobernación para encarar a su compadre.

​¡Compadre Amador! Le soltó con la franqueza que permite el compadrazgo, deshaga el negocio. Esa mula me ha dejado en la calle, ¡y frente a mi mujer!
​El General Uzcátegui, tras escuchar el relato del desvío "automático" hacia Cuatro Piedras, soltó una carcajada que retumbó en las paredes del palacio. 

Con la picardía de quien conoce bien los caminos del vicio, le devolvió el dinero y le explicó:
​¡Ay, compadre! Perdone usted, se me olvidó advertirle. Esa rucia no es una mula cualquiera, es mi fiel compañera de parrandas. Se acostumbró tanto a llevarme a la casa de la Joaquina, mi preferida en esos lares, que ya se sabe el camino de memoria. Ella no buscaba problemas, compadre... ¡solo buscaba la buena compañía!
​Y así, la rucia regresó a los establos oficiales, donde pudo seguir trotando, sin regaños ni cortinas nuevas, hacia los brazos de la Joaquina.

2 comentarios:

Miguel Rondón Nucete dijo...

Muy buen relato histórico de Don Álvaro Sandia Briceño.

Anónimo dijo...

Cuento o historia verdadera, es una prenda literaria de mucha valía...quisiera poder adquirir el libro