viernes, 29 de mayo de 2026

Adiós al maestro Martín Morales: Luz, paisaje y el alma de la plástica andina

La comunidad artística y cultural de Venezuela se viste de luto ante la partida física del maestro Martín Morales, una de las firmas más preclaras y respetadas de la plástica contemporánea nacional. 

Nacido en Canagua en 1951, pero adoptado con fervor por la hidalga ciudad de Tovar —tierra bendecida por el numen de los grandes creadores—, Morales consagró más de cuatro décadas de existencia a edificar un universo visual donde la identidad andina dialoga con la universalidad del arte.
​Su sensibilidad y rigor técnico no fueron fortuitos. 

El maestro forjó su mirada y su destreza durante treinta años de constancia en el taller de ese otro precursor imprescindible que fue Elbano Méndez Osuna, sumando a su bagaje la impronta renovadora del Centro Experimental de Arte de la Universidad de Los Andes, bajo la tutela del recordado Carlos Contramaestre. 
De esa amalgama de academia, taller y vivencia telúrica brotó un estilo inconfundible.

​La obra de Martín Morales logró una hazaña estética singular: fundir la noble tradición del paisajismo clásico con sutiles y vibrantes elementos del arte cinético. 

A través de sus lienzos, las imponentes montañas, los bosques de niebla y la luz cambiante de la geografía merideña dejaron de ser mero fondo para convertirse en protagonistas de una propuesta que, además de conmover, buscaba despertar una conciencia crítica sobre la conservación de la naturaleza.

​Más allá del caballete y el pincel en la quietud de su taller-estudio en Tovar, Morales se distinguió como un ciudadano de la cultura, un dinamizador incansable de los espacios artísticos de la región y un faro de disciplina y generosidad para las nuevas promociones de creadores que vieron en él a un referente ético y estético.

​Hoy, las galerías nacionales e internacionales que cobijaron su talento, y las calles tovareñas que tanto inspiraron su paleta, despiden al hombre, pero custodian al creador. Martín Morales trasciende la materia y se queda sembrado en el patrimonio artístico venezolano, allí donde el color se hace eterno y las montañas andinas guardan su memoria.

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