miércoles, 20 de mayo de 2026

​El Anillo Episcopal de Monseñor Bernal

Cuentos y Verdades de Álvaro Sandia Briceño

​Por Germán D' Jesús Cerrada

​Después de una intensa reunión de trabajo en las oficinas de Life, en el Centro Comercial CCT de Caracas, mi estimado amigo Siro Febres-Cordero me invitó a almorzar al Caracas Country Club. 

Aquel lugar era un santuario de etiqueta: entrar sin traje formal era poco menos que un pecado capital y el restaurante principal lucía ocupado casi en su totalidad.
​Mientras compartíamos mesa, mi vista se desvió hacia una esquina. Allí, en medio de la pompa del club, estaban dos figuras que bien merecían un saludo: el doctor Luis Felipe Urbaneja, exministro de Justicia, y Monseñor Juan José Bernal, en aquel entonces Arzobispo de Los Teques. 

Pedí permiso a Siro y me acerqué a su mesa.
​Tras saludar cordialmente al doctor Urbaneja —recordándole sus vínculos con el Colegio San José de Mérida y las lecciones sobre el libro de Obligaciones del doctor Ramón Masino Valeri—, dirigí mi atención a Monseñor Bernal. Fue entonces cuando mi memoria regresó a 1952, a una Mérida engalanada para las Bodas de Plata como Arzobispo de Monseñor Acacio Chacón.

​Le confesé a Monseñor lo que llevaba años guardando:
—Monseñor, en aquel entonces usted era Obispo de Ciudad Bolívar y, durante la inauguración del Palacio Arzobispal, usted fue mi "bestia negra" en una apuesta juvenil.
​Él me miró con genuina curiosidad. Le relaté cómo mi primo Germán Enrique Uzcátegui y yo, en medio de aquel despliegue de jerarcas donde figuraban el Nuncio Apostólico Armando Lombardi, el Arzobispo de Caracas Lucas Guillermo Castillo y otros ilustres prelados, nos habíamos embarcado en una competencia infantil para ver quién besaba más anillos episcopales en una sola noche.

​El ambiente en el Salón del Trono era solemne; el Orfeón del Colegio San José, bajo la batuta del profesor Luis Arconada, acababa de finalizar un concierto impecable. 

La apuesta estaba empatada, pero usted, Monseñor, era el hueso duro de roer: se escabullía con una destreza envidiable justo cuando íbamos a cumplir con el rito.

​—Estaban los obispos conversando animadamente en el Salón del Trono —le relaté con una sonrisa traviesa—, cuando se me ocurrió una artimaña. 

Señalé con el dedo uno de los cuadros de las paredes, una obra de Monseñor José Humberto Quintero, y le pregunté: "Monseñor, ¿qué le parece ese retrato?". En el preciso instante en que usted se giró para admirar la pintura, ¡le estampé el beso al anillo! Así gané la apuesta.

​La reacción fue inmediata. Las carcajadas de Monseñor Bernal y del doctor Urbaneja fueron tan estruendosas que, juraría, se escucharon hasta en la cocina del Club. 

La gente en las mesas contiguas no comprendía qué tipo de chiste tan privado podía hacer reír a un Arzobispo de esa manera.
​Regresé a mi mesa, todavía emocionado, y le referí la historia a Siro y a nuestros invitados. 

Aquello fue el inicio de una leyenda interna entre nosotros; cada vez que Siro venía a Mérida, todavía gozaba al recordar lo sucedido en el Country Club y las caras de asombro del doctor Urbaneja y de Monseñor Bernal. Así recordaba el doctor Álvaro Sandia Briceño aquellos años, demostrando que en sus historias, la picardía y la verdad siempre caminaban de la mano.
Monseñor Juan José Bernal Ortiz (1907-1983) fue una figura central de la jerarquía eclesiástica venezolana. Se desempeñó como Obispo de Ciudad Bolívar y posteriormente como el primer Arzobispo de Los Teques. Destacó por su carácter afable y su agudo sentido del humor, cualidades que le permitieron conectar con la feligresía más allá de la solemnidad de su investidura.

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