Cuentos y Verdades de Álvaro Sandia Briceño
Por Germán D' Jesús Cerrada
En la Mérida de mediados del siglo pasado, el ingenio no se medía en las cuentas bancarias, sino en la rapidez de la lengua y en la capacidad de salir airoso de un buen aprieto con una sonrisa en los labios.
Las tertulias eran un deporte de alto rendimiento, y los escenarios preferidos eran esos templos de la bohemia donde se arreglaba el mundo entre un café cerrero, un buen ron o un vino de consagrar "prestado" de alguna sacristía.
Una tarde de aquellas, la cita era en un bar muy famoso de la época, estratégicamente ubicado frente a la Plaza Bolívar y a escasa una cuadra del Rectorado de la ULA y de nuestra querida Facultad de Derecho.
Allí se encontraba un grupo de estudiantes compartiendo la mesa, destacando entre todos el joven Álvaro Sandia Briceño, quien ya para entonces manejaba con maestría la elocuencia jurídica y el gusto por la crónica histórica.
En el mismo grupo se encontraban poetas inveterados y cronistas en ciernes, debatiendo con dos de las mentes más afiladas de la comarca. La conversación, que había comenzado hablando de la rigurosidad del Derecho Romano, terminó derivando —como casi siempre— en el terreno de la poesía, el romance y el orgullo propio.
La tensión comenzó a subir de tono cuando uno de los poetas de la mesa, un muchacho de verbo encendido y smoking imaginario, declamó unos versos dedicados a una conocida musa de la sociedad merideña. Otro de los presentes, famoso por su humor negro y su poca paciencia ante los excesos líricos, soltó una carcajada que cruzó la plaza y llegó hasta las mismísimas puertas del Rectorado.
—¡Por Dios, hermano! —exclamó el crítico—. Esos versos tuyos tienen menos ritmo que una procesión de Viernes Santo en Chiguará. A esa musa se le conquista con fuego, no con agua de toronjil.
El honor poético se encontraba en juego y los ojos de toda la mesa se abrieron como platos. En cualquier otra ciudad del mundo, aquello habría terminado en un duelo a pistolas o en una trifulca de cantina. Pero estábamos en Mérida, y aquí las balas se sustituyen por octosílabos.
—Le desafío aquí mismo —dijo el poeta, acomodándose el cuello de la camisa con una dignidad napoleónica—.
Una composición improvisada, aquí y ahora. El que pierda, paga la cuenta de toda la mesa y le carga el maletín al ganador durante una semana por toda la Avenida 3 Independencia.
El ambiente se tornó electrizante. El swing de la juventud se apoderó del lugar. Actuando como jueces de paz y garantes del protocolo, los presentes decidieron que se necesitaba un jurado completamente imparcial. En ese preciso momento, cruzaba por la plaza un conocido personaje popular de la ciudad, un mozo de pocas luces pero de gran simpatía, que hacía mandados en el centro y a quien todos llamábamos cariñosamente "El Bachiller" por su manía de opinar de todo sin saber de nada.
—¡Venga acá, mi estimado Bachiller! —lo llamó Álvaro Sandia con solemnidad magistral—.
Usted ha sido designado por este tribunal de la estética como el juez supremo de este certamen lírico. Siéntese y escuche.
El hombre, inflándose de orgullo al verse investido de semejante autoridad judicial, se sentó en la cabecera, se cruzó de brazos y aprobó con la cabeza con una gravedad que ni el mismísimo Decano de la Facultad de Derecho.
El primer poeta se puso de pie, se llevó la mano al pecho y, mirando al infinito de las montañas sobre la catedral, soltó una octava real impecable, llena de metáforas celestiales, ojos de azabache y suspiros del alma. Un aplauso cerrado inundó el bar. Sin duda alguna, la vara estaba alta.
Le tocó el turno al rival. Este, con una sonrisa socarrona y un swing caribeño que desafiaba el frío merideño, no le cantó a las estrellas. Se inspiró directamente en el juez. Mirando fijamente al "Bachiller", improvisó una copla en perfectos octosílabos, cargada de una ironía tan fina y una picardía tan desbordante sobre las andanzas del mandadero por los mercados de la ciudad, que la mesa entera estalló en carcajadas antes de que terminara el último verso.
Llegó el momento del veredicto. El silencio se apoderó de la tertulia. Todos mirábamos al "Bachiller", esperando su decisión académica. El hombre se rascó la cabeza, miró al primer poeta, luego al segundo, y con la mayor naturalidad del mundo sentenció:
—Miren, muchachos... El primer poema estuvo muy bonito, muy fino, parecía de iglesia. Pero el segundo... El segundo nombró las papas y el queso ahumado, y a mí ya me dio fue hambre. ¡Gana el segundo!
La mesa se quería caer de la risa. La rigurosidad literaria había sucumbido ante el pragmatismo del estómago del juez. Al primer poeta no le quedó más remedio que aceptar la derrota con hidalguía, sacar los pocos reales que le quedaban en el bolsillo para cancelar la cuenta del bar y, tal como dictaba la sentencia, salir a la calle cargando el pesado maletín del vencedor bajo la mirada divertida de los transeúntes y de los compañeros de la universidad que subían por la cuadra.
Pasaron los años, y cada vez que se reunían los sobrevivientes de aquella tarde de juventud, volvían a celebrar el veredicto. Una prueba inequívoca de que en la Mérida estudiantil, la solemnidad siempre puede ser derrotada por un buen golpe de picardía, un verso ingenioso y la chispa indomable de los años universitarios.
1 comentario:
Sirmpre me es grato compartir o simplemente escuchar una plática de este ilustre caballero , Don Álvaro Sandia. Lo respeto y admiro como abogado, pero leer sus crónicas es viajar en el tiempo a la Mérida de siglo pasado y disfrutar la narratica poetica de quien representa ser para mi ....casi que el último caballero de la ciudad, al estilo de la Mérida de antaño...Gracias apreciado colega German por publicar y al Doctor Sandia mi respeto y buenos deseos....Hazael Molina.
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