Por: Germán D' Jesús Cerrada
La Plaza Bolívar de Mérida ha sido, a lo largo de las décadas, mucho más que un centro de reunión; ha sido un templo de respeto civil.
Durante los tiempos de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez y los albores democráticos con Rómulo Betancourt, cruzar el corazón de la plaza frente a la estatua ecuestre de Simón Bolívar exigía un cumplimiento estricto de las normas de etiqueta urbana.
En aquellos años, era impensable transitar por el eje central con paquetes o bolsas en la mano.
Funcionarios policiales, apostados estratégicamente en los flancos norte y sur, velaban porque ningún transeúnte perturbara la solemnidad del recinto con bultos que restaran decoro al homenaje permanente al Padre de la Patria.
Era un código de respeto aceptado y asimilado por la sociedad merideña, que entendía el centro de la plaza como un espacio de honor.
Sin embargo, los tiempos cambian y las costumbres se relajan. En esta gráfica de 1973, vemos una escena distinta y vibrante. Los ciudadanos caminan con mayor soltura por los emblemáticos pisos ajedrezados; se aprecia la moda de la época y, al fondo, la mirada nostálgica se detiene en la desaparecida tienda Artema, el recordado rincón fotográfico de Don Jorge Pilonieta.
La imagen captura esa transición hacia una Mérida más abierta, donde la Plaza Bolívar seguía siendo el corazón de la ciudad, pero ahora latía con la libertad de una democracia que ya caminaba con paso firme.

1 comentario:
Llegue a Mérida trabajando para el TELÉGRAFO/cantv comienzos del gobierno de Leoni y ante tanta belleza natural, me incluí en la ciudad y Fui el organizador del Primer Boulevar de la Feria del Sol
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