Madrid vive un San Isidro para la historia. Con catorce carteles de «No hay billetes» ya colgados en las taquillas de Las Ventas y todavía varias citas de máxima expectación por delante, la feria afrontó este domingo uno de sus capítulos toristas con la corrida de Adolfo Martín. La legendaria divisa extremeña desembarcó en la Monumental con una corrida bien armada y con pitones por delante, pero escurrida por detrás.
El primer adolfo de la tarde no tardó en poner a prueba a Antonio Ferrera. El toro, de encaste Albaserrada, nunca regaló una embestida. Siempre tuvo la lección aprendida. Se desplazaba lo justo, se quedaba corto al final de cada viaje y, sobre todo, sabía dónde estaba el torero. Más de una vez le marcó con una mirada/colada desafiante que advertía de cualquier descuido.
No era un animal para el triunfo ni para las florituras. Era uno de esos toros que obligan a sacar la cartilla del oficio, la paciencia y el conocimiento. Ferrera entendió pronto el examen que tenía delante y optó por enseñarlo, mostrar sus dificultades y mantenerse firme ante una embestida cargada de intención y escasa entrega.
Escribanose fue a portagayola con el segundo y pasó lo suyo, exposición incluida también en el tercio de banderillas.
Después, el animal se vino abajo y llegó a la muleta con toda la sosería del planeta, (pero con peligro), por lo que no dejó espacio ni siquiera para que prendiera la emoción de jugarse la vida.
Expuso con capa y banderillas con el quinto y fue complejo en la muleta el toro. A pesar del oficio la faena se fue larga sin línea argumental.
El tercero, más justo de carnes que sus hermanos, hizo la vida imposible ya desde los primeros tercios. Complicó la lidia en banderillas y también la brega, dejando claro que no iba a regalar nada. Y cuando llegó a la muleta de Paco Ureña tampoco perdonó. Fue en los primeros derechazos cuando el toro se metió por dentro de forma brusca, sin dejarle hueco al murciano para salir de la suerte. Lo prendió de mala manera y lo lanzó por los aires en una voltereta espeluznante. Ya sobre la arena volvió a hacer por él y lo zarandeó otra vez. Pareció ser entonces cuando le alcanzó con el pitón en una zona cercana a la ingle. La paliza fue tremenda. Durante unos instantes se temió lo peor, pero Ureña logró recomponerse como pudo y regresar a la cara del toro. Cada muletazo suponía volver a jugarse la vida ante un animal orientado, áspero y de enorme peligro. El torero se justificó a base de valor seco, sin concesiones, tragando con el complicado Adolfo. Las Ventas reconoció el esfuerzo con una gran ovación mientras Paco Ureña tomaba el camino de la enfermería después de una de esas palizas que ponen los pelos de punta.
El trofeo
Después del susto que todos teníamos en el cuerpo por la cogida de Paco Ureña, Antonio Ferrera nos condujo de golpe a la delicia de una faena maravillosa.
Pero antes hubo otro protagonista. Ángel Otero firmó un tercio de banderillas de muchos quilates. A partir de ahí, el compás lo marcó Ferrera. Supo ver desde el principio las bondades del toro: su nobleza, su clase y su repetición. Y ver al extremeño así fue un auténtico regalo para los sentidos. Todo fluyó con naturalidad.
La relajación, la torería, la profundidad de cada muletazo, la belleza de las formas y el gusto con el que sucedía todo. Pero por encima de cualquier otra cosa hubo una sensación que envolvió toda la faena: el disfrute. El disfrute de un torero que, después de tantos años de profesión, parecía reencontrarse con la esencia más pura de su oficio.
Toreó con la derecha al natural por aquello de coser al toro a los vuelos y dibujó muletazos de extraordinaria belleza.
La plaza entró poco a poco en ese estado de felicidad compartida que solo provocan los grandes momentos.
Ferrera había alcanzado una plenitud y, en medio de aquella euforia, decidió poner el broche con una apuesta tan arriesgada como inesperada: matar recibiendo y desde muy lejos. Una auténtica locura.
Pinchó en el primer intento, pero en el segundo logró enterrar la espada y cerrar una actuación de enorme dimensión.
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