miércoles, 24 de junio de 2026

El día que San Juan Bautista nos mandó a leer el futuro en Milla

Por Germán D' Jesús Cerrada 

​Un día como hoy, hace exactamente 66 años, la Mérida de mis 13 abriles no sabía si rezar, bailar o salir corriendo. 

Era 24 de junio, día de San Juan Bautista —el patrono de nuestra parroquia Milla—, pero también de la Batalla de Carabobo y del Ejército. En casa el ambiente era un hervidero. Mi padre, Don Miguel, con esa paciencia de santo que Dios le dio, atendía el mostrador de su bodega mientras, con un ojo puesto en el peso de la manteca y otro en el cuaderno de cuentas, recibía las monedas de la cofradía de San Juan, de la cual era el tesorero absoluto.

​Mientras tanto, la juventud y la picardía andaban sueltas por la cocina. Mi prima María, rebosante de juventud, andaba de rito en rito con los ojos bien abiertos. La noche anterior, como mandaba la tradición para adivinar el porvenir, había dejado en el patio unos vasos con agua y huevo crudo al sereno. A esa hora de la mañana ya estaba concentrada descifrando el futuro según la forma en que la clara y la yema se expandían en el cristal. ¡Vaya usted a saber qué novios, barcos o secretos andaba descubriendo mi prima en ese menjurje!

​Ajena a las profecías, mi madre, Doña Carmen, se ajustó el vestido para ir al Mercado Principal. "¡Acompáñame, muchacho!", me ordenó, y yo, con la curiosidad propia de la edad, no me hice de rogar. 

Bajamos a pie desde nuestra casa en la Avenida 2 Lora, entre las calles 12 y 13. Al pasar frente a la iglesia de Milla, aquello era un manicomio de fe y pólvora. El popular "Matica", con un tabaco encendido firmemente entre los labios, usaba la brasa para prender la mecha de los morteros y lanzar los voladores al cielo, patrocinado por Don Manuel Avendaño, el mismísimo señor de la pólvora del pueblo. 

Las campanas de la torre retumbaban con una fuerza que hacía vibrar las costillas, anunciando la misa solemne del presbítero Emiro Fuenmayor, mientras una banda de viento calentaba los ánimos con pasodobles y marchas que ponían a bailar hasta a las piedras.

​Caminamos las nueve cuadras que nos separaban del mercado. Aquello no era un paseo, era un desfile protocolar: Doña Carmen no dejaba vecino sin saludar, deteniéndose a comentar el chisme fresco del día o el precio de las verduras.

​Llegamos por fin al Mercado Principal. Entre el olor a cilantro, café recién molido y el bullicio de los pregoneros, mi madre iba llenando las bolsas pensando en el suculento almuerzo que nos esperaba para celebrar a San Juan. 

Pero el destino, que a veces tiene un sentido del humor bastante negro, nos tenía guardada una sorpresa justo en la esquina norte del Pasaje Tatuy, en la calle 21.
​Mi madre estiraba la mano para pagar los últimos pertrechos cuando el aire se congeló. De los parlantes de un radio de tubos estalló la sintonía de Radio Universidad con un "¡Extra! ¡Extra de última hora!". La voz del locutor, que parecía sacada de una película de suspenso, interrumpió la música para soltar el bombazo: acababan de atentar contra la vida del presidente Rómulo Betancourt en Caracas. Un coche bomba en Los Próceres. El país se tambaleaba.

​A Doña Carmen se le mudó el color del rostro. Aquella serenidad andina se transformó en un torbellino de nervios. Olvidó las verduras, me agarró de la mano con una fuerza que casi me saca el brazo del tiro y, rompiendo toda la parsimonia merideña, le hizo el alto al primer taxi que pasó. Había que volar a casa. El almuerzo de San Juan y las profecías del huevo de mi prima María tendrían que esperar; la historia de Venezuela estaba estallando en la radio de la capital y nosotros necesitábamos saber si el país se nos venía abajo.

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