lunes, 15 de junio de 2026

El País de España | Venezuela busca el talento que expulsó

AlbertoNews
El País

Venezuela tiene dos problemas que se parecen. El primero: cada falla eléctrica puede apagar hasta 40 pozos petroleros en un pestañeo. El segundo: no hay suficientes ingenieros, técnicos y operadores para encenderlos. Una ejecutiva de Chevron explicaba ambas cosas en una feria industrial en Caracas hace unas semanas, casi sin darse cuenta de que estaba describiendo la crisis del país de dos formas distintas. Las expectativas de crecimiento para Venezuela están disparadas, pero el talento necesario para levantar esta economía en auge está a miles de kilómetros de distancia. Están entre los casi nueve millones de venezolanos que han abandonado su país en los últimos años ante el desastre económico y la represión del Gobierno de Nicolás Maduro.

Las inversiones que el Gobierno de Delcy Rodríguez está abriendo a capitales extranjeros —en petróleo, minería y electricidad— chocan con un cuello de botella gigantesco: la huida del talento. Entre reclutadores ya se habla de una batalla inminente por el recurso humano. Los mensajes y llamadas corren entre firmas de captación.

“Por muchos años Venezuela tenía el talento para atender la industria. Los conseguías aquí y te los llevabas para afuera. Éramos fuente de técnicos soldadores y especialistas en corrosión, casi todos formados en PDVSA [Petróleos de Venezuela], muy cotizados en el exterior”, cuenta Zaimé Tovar, reclutadora especializada en explotación y producción, activa hasta 2019, cuando las sanciones estadounidenses terminaron de poner a hibernar el sector. 

“Para problemas muy específicos traías expatriados; se les pagaba por horas, por días. Era muy costoso”. 

Hoy su teléfono vuelve a sonar. Pero la reactivación, advierte, será una curva lenta.

Hace dos décadas, los expatriados llegaban atraídos por el clima, las playas cerca de los campos, un costo de vida accesible y los tratados de doble tributación que permitían generar crédito fiscal en sus países de origen. 

“Venezuela era un paraíso entre los países con crudo pesado. Más que Canadá o Medio Oriente”, dice la reclutadora Tovar. Hoy el panorama es otro: la devaluación impide pagar salarios competitivos y la legislación laboral encarece la retención. 

“Los paquetes son mayoritariamente en bolívares. Aunque hay bonos en moneda dura, es difícil fidelizar. Hay mucha rotación”, explica Vanessa Anderson, consultora de recursos humanos.
Un estudio reciente de la Universidad Católica Andrés Bello y la firma Mercer, en el que participó Anderson, advierte de que muchas empresas extranjeras quieren entrar y las locales expandirse, pero que el verdadero riesgo es otro: “Ya es un hecho que las empresas se están robando el talento entre sí”. La investigación encontró que el 65% de las compañías consultadas tuvo contacto, en el último año, con profesionales que emigraron y desean regresar. La figura del venezolano expatriado asoma. Los incentivos para atraerlo, todavía no.

La industria petrolera venezolana se volvió un lugar hostil hace más de dos décadas. 

El despido televisado de 18.000 profesionales en 2003 —sancionados por sumarse a un paro contra Hugo Chávez— dejó un vacío que nunca se llenó. La politización de PDVSA hundió al sector. Y la crisis que siguió empujó fuera del país a casi nueve millones de venezolanos, un tercio de la población.

En 2003, el nombre del ingeniero químico Pedro Pereira apareció en la prensa en el listado de despedidos de PDVSA. Él no se había sumado al paro: estaba de vacaciones, recién terminada una ronda de negociaciones con transnacionales interesadas en tecnologías de nanocatalizadores para crudos pesados que había desarrollado en Intevep, el centro de investigación de la estatal. “Los chavistas sabían que yo no lo era”, recuerda, todavía frustrado. Terminó en Calgary, Canadá, donde a sus 72 años dirige el área tecnológica de varias empresas energéticas ligadas a la universidad local. 

“Conservábamos la esperanza de que el chavismo no duraría más de diez años y volveríamos. Pero todo ha sido una gran pérdida”.

Desde afuera, Pereira ve una reconstrucción que llega tarde, en plena transición energética y tecnológica. “Perder 25 años en 1990 era recuperable en diez. 

Haberlos perdido del 2000 para acá es casi imposible”, dice. “Hay que tomar atajos. El personal es recuperable para la gerencia empresarial, y la inteligencia artificial nos da una ventaja para no requerir cientos de especialistas”. Pero todo lo supedita a la política: “Necesitamos recuperar nuestra soberanía con elecciones libres”.

Esa misma desconfianza frena a otros. Óscar Gutiérrez tiene 31 años y emigró en 2018 tras recibir amenazas de muerte y sufrir extorsiones del Tren de Aragua mientras inspeccionaba la rehabilitación de un puente. Llegó a Estados Unidos a los 24 sin hablar inglés; hoy trabaja para la firma que construyó el rascacielos de Dubái Burj Khalifa y el nuevo estadio de los Yankees. “Dudo que vaya a regresar. A uno le queda ese trauma”, confiesa. Desde su canal de YouTube, Un ingeniero en USA, ayuda a colegas a migrar. Asegura haber asesorado a miles.

El furor por la reactivación también llega a la minería. Cada semana, Carlos Peña recibe llamadas de empresas de todo el mundo interesadas en entrar a Venezuela. En cada viaje —de Australia a Sudáfrica, de las minas de India a las de Chile o México— se tropieza con algún compatriota con el casco puesto. Peña preside la Organización Latinoamericana de Minería y ha dirigido grandes corporaciones del sector, pero habla como venezolano. “En cada planta o mina te encuentras un ingeniero mecánico, metalúrgico o químico venezolano. Eso me da orgullo, pero también mucha tristeza. Tuvimos que irnos”, dice.

Para Peña, en Venezuela queda talento, pero el problema es institucional. “La palabra clave es transparencia, y no la hemos tenido. La minería requiere certificaciones internacionales, procesos medibles, duraderos. Mañana puedo traer a los mejores geólogos y metalurgistas, pero vamos a seguir con los mismos defectos institucionales”. Lo que más falta, dice, no son ingenieros, sino gerentes organizacionales capaces de aplicar metodologías de mejora de procesos con estándares internacionales. Y condiciones políticas para que eso sea posible. “Tiene que haber estabilidad, un cronograma de elecciones, una institucionalidad. Sin eso no entran los miles de millones que se necesitan”. Él mismo está dispuesto a regresar, aclara. Pero pone condiciones: “Una calidad de vida estable y un buen salario”.

Buscar afuera y formar adentro
En la Escuela de Ingeniería Petrolera de la Universidad Central de Venezuela (UCV) celebran estos días un hito relativo: 24 nuevos inscritos, frente a los dos o tres por período de años recientes. La cifra sigue siendo ínfima. “Si se materializan las inversiones que dicen, van a faltar profesores”, advierte el docente Pedro Díaz, que atribuye la baja matrícula a un cambio generacional, a la mala prensa de los combustibles fósiles y a que los jóvenes prefieren ingresos rápidos en redes sociales.

Ante esa crisis de relevo, la viceministra de Inteligencia Artificial y Eficiencia en Hidrocarburos, Albania Villarroel, presentó en la UCV la estrategia del Gobierno para lo que llaman “el desafío demográfico crítico”: captación acelerada de recién graduados, formación técnica de dos años, una universidad de hidrocarburos, un consejo académico interuniversitario y automatización de procesos. Para Villarroel, la respuesta no pasa por la transición energética sino por la adecuación: “Venezuela nada en petróleo”.

También ha vuelto a la vida el capítulo venezolano de la Society of Petroleum Engineers, el gremio mundial del sector, que cumplirá 70 años en 2027. Su funcionamiento se resintió cuando PDVSA dejó de pagar las membresías de sus ingenieros, recuerda la presidenta del capítulo, Nohemí Vargas. Con virtualidad y redes en la diáspora, mantuvieron programas de actualización para profesionales que, dentro y fuera del país, habían abandonado el sector. “Entre los miembros hay expectativas de volver a abrir empresas y reinsertarse. Pero tampoco es que haya una estampida”, dice.

El Observatorio Venezolano de la Diáspora ha mapeado más de 2.000 organizaciones de venezolanos en el exterior. Las de ingenieros, arquitectos y médicos son las más numerosas. Su director, el sociólogo Tomás Páez, pone en perspectiva el dilema del retorno: en los procesos migratorios, explica, suele volver entre el 20% y el 30%. 

“¿Cuántos volverán a Venezuela? No se sabe. Hay gente dispuesta, pero condicionada por la economía, los servicios deficientes, los presos políticos y la desconfianza hacia un Gobierno que nunca ha reconocido a la diáspora”.

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