viernes, 19 de junio de 2026

El silencio de las ondas: Cuando el magnicidio de Delgado Chalbaud tardó horas en cruzar el país

Cuentos y Verdades de
Álvaro Sandia Briceño

Por: Germán D' Jesús Cerrada

​Hoy en día, estamos en contacto con cualquier parte del mundo en cuestión de segundos. Hemos seguido la visita del Papa a España a través de la televisión, las guerras de Rusia y Ucrania, y de Israel e Irán por los noticieros internacionales; y los resultados de las elecciones en Perú llegaron a nuestros WhatsApp casi en el instante en que las encuestas de boca de urna se produjeron.

​Hago este preámbulo para situarme en 1950. En aquel año, yo estudiaba tercer grado en el Colegio San José de los padres jesuitas. Aproximadamente a las 8:30 de la mañana del 13 de noviembre, el teniente coronel Carlos Delgado Chalbaud, presidente de la Junta Militar de Gobierno, fue interceptado por un grupo de matones organizado por Rafael Simón Urbina. Fue llevado con su edecán y su chofer a una quinta en la urbanización Las Mercedes de Caracas, y finalmente asesinado.

​Desconozco si la noticia se conoció en la capital de la República en las horas siguientes, pero estoy seguro de que aquí en Mérida nadie supo del hecho sino muchas horas después. 

En el colegio, todos tuvimos las clases y recreos de la mañana, y al mediodía nos fuimos a nuestras casas para almorzar y regresar a las clases de la tarde.

​En mi casa, mis tías que estudiaban en el Colegio de las Salesianas, Germán que estudiaba en la Facultad de Derecho de la ULA, Lilia quien era profesora en el Liceo Libertador, y los que trabajaban en el Hospital Los Andes y en el Ministerio de Obras Públicas, todos sitios muy ocurridos, desconocían lo sucedido, al menos al mediodía. Después de almorzar, salieron de la casa para continuar sus estudios, docencia y trabajos.

​Yo entré a mi clase de las 2 de la tarde, tuvimos el recreo y nos reincorporamos a la clase de las 3. Estábamos en plena actividad cuando el padre Martínez, supervisor de los primeros grados del colegio, se presentó, habló con la maestra y nos dijo que nos fuéramos a nuestras casas, sin ninguna otra explicación.

​Miguel Roberto García Müller (hoy médico cardiólogo) era uno de mis compañeros de clase y me invitó a su casa, ubicada donde hoy está el Edificio General Masini. Allá nos fuimos para estudiar y repasar las lecciones del día. 

Serían como las 5 de la tarde cuando llegó mi tía Nancy con la cara pálida por el susto, porque yo no había llegado a casa, y de inmediato me dio la orden de irnos. En el camino me explicó que habían matado al Presidente y que el gobierno había decretado un toque de queda que se iniciaría a las 6 de la tarde.

​Desde que sucedió el asesinato del comandante Delgado Chalbaud, cuyo cadáver fue llevado al Centro Médico de San Bernardino, hasta que se supo la noticia en mi casa, y seguramente en toda la ciudad, habían transcurrido ocho horas por lo menos. 

Hoy es inconcebible que una noticia de esta trascendencia demore tanto en ser conocida, porque ni la radio se ocupó de informarlo a sus oyentes.

​Pero yo, que era un niño, me llevé un regaño gratuito por haberme ido a estudiar con un compañero de clases, cuando en las alturas del poder habían matado a un Presidente y se organizaba el nombramiento de Germán Suárez Flamerich como el nuevo presidente de la Junta de Gobierno de Venezuela. 

Esa noticia, hoy, hubiera dado la vuelta al mundo en cuestión de minutos y sería conocida en los más recónditos sitios del planeta.

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