domingo, 28 de junio de 2026

​El terremoto de Caracas de 1967 y la fiesta suspendida

Cuentos y Verdades de Álvaro Sandia Briceño 

Por: Germán D' Jesús Cerrada 

El año 1967 arrancó arropado por una inusual y desbordante expectativa. Caracas, la Sultana del Ávila, se preparaba para soplar las velas de sus 400 años de fundación. El programa para celebrar tan fausta fecha era monumental y había logrado algo casi utópico: unificar las voluntades de todos los sectores de la vida pública y privada, comenzando por el propio optimismo del Presidente de la República, el Dr. Raúl Leoni.

​Mientras la capital se vestía de gala, en Mérida la iniciativa privada no se quedaba atrás. Ese mismo año culminaban cuatro titánicos retos arquitectónicos y sociales que cambiarían el rostro de nuestra ciudad: la flamante sede del Mérida Country Club, erguida en los terrenos norte de la Hacienda Las Tapias; el Hotel La Pedregosa, un portento financiado por visionarios larenses y merideños liderados por el ingeniero Rafael Ramírez Castellano; el complejo Mérida Turismo del empresario Nectario González —que más tarde se convertiría en el Club Demócrata—; y la joya de la corona: la Plaza Monumental de Toros (hoy Román Eduardo Sandia). Si bien la Universidad de Los Andes aportó los terrenos y la Gobernación inyectó recursos, el milagro taurino fue obra de un grupo de hombres de vanguardia que fraguaron la idea al calor de las Ferias de San Sebastián en San Cristóbal a comienzos de ese año.

​De aquellos cuatro hitos, el Mérida Country Club ya había abierto sus puertas. Era un espacio tierno que apenas estrenaba sus canchas de bolas criollas, el bowling, las caballerizas, el bar-restaurante y su gran salón de fiestas.

​Precisamente para la noche del sábado 29 de julio de 1967, el Club había programado un elegante baile de gala. Las invitaciones ya rodaban entre la sociedad. 

Germán Briceño Ferrigni, Luis Contreras Pernía, Alberto "Cocó" López Oliver y yo estábamos impecablemente vestidos y listos para la velada. Sin embargo, para "calentar motores", decidimos hacer una parada técnica previa en la barra del Hotel Prado Río.
​La conversación fluía animada entre risas cuando la realidad nos golpeó en seco. 

Apenas dábamos los primeros sorbos al whisky cuando un huésped, con el rostro desencajado tras ver la televisión, se nos acercó a la mesa:
—Señores, acaban de anunciar que un fuerte sismo sacudió a Caracas. Parece que hay edificios caídos y muchos muertos.
​El impacto nos dejó helados. Corrí a corroborar la información y, aunque los reportes iniciales eran escuetos, el panorama pintaba trágico. Pagamos la cuenta a las carreras. 

Al cruzar la salida del hotel nos topamos con una escena que confirmaba el pánico: iban llegando el poeta León Alfonso Pino con su familia —vecinos del Edificio Auge— y Óscar Briceño Ferrigni con los suyos —del Edificio Valero—. Ambos venían aterrorizados; en las estructuras altas de Mérida el temblor se había sentido con una fuerza aterradora, reflejo del cataclismo que a esa misma hora devastaba a la capital.

​Ante la emergencia, Germán y yo salimos disparados a la casa, llevándonos a "Cocó" para que no pasara el susto solo, ya que su familia andaba de vacaciones en Táriba. Al entrar al recibo, la estampa era puramente andina: informadas de la tragedia, la abuela María, mamá y la tía Mary ya estaban con el rosario en la mano, hilvanando oraciones. 

Nos pegamos de inmediato a la pantalla del televisor. Minutos después, el Ministro de Relaciones Interiores, Reinaldo Leandro Mora, se dirigía al país en cadena nacional en nombre del presidente Leoni para pedir calma y organizar el auxilio hacia las víctimas.

​Esa noche las líneas telefónicas con el centro del país murieron. El domingo amaneció envuelto en una tensa calma. Desde la madrugada reactivé el discado telefónico intentando rastrear a familiares y amigos en la capital para verificar que estuvieran a salvo. Por fortuna, los primeros reportes nos devolvieron el alma al cuerpo.

​A mediodía decidimos ir a almorzar al Country Club. El lugar era un hervidero de socios que compartían rumores, periódicos y angustias. Ante el colapso del restaurante, optamos por refugiarnos en el clásico Da Pepino's, el rincón ideal para ahogar las penas en buena comida italiana. No prolongamos la tarde; el ambiente no estaba para fiestas y la incertidumbre seguía latente por dos ausencias queridas: los tíos Focho y Lilia. Ellos habían viajado a Caracas para pasar unos días en el Club Camurí, invitados por el primo Ladimiro Espinoza León, y seguíamos sin rastro de su paradero.

​El misterio se resolvió a las siete de la noche de una forma providencial. Sentí el crujido de la cerradura de la puerta principal. Al asomarme, mi sorpresa fue mayúscula: allí estaban Focho, Lilia y los muchachos, exhaustos, con las maletas a medio cerrar y el miedo todavía dibujado en las miradas. Habían huido de la pesadilla caraqueña en el primer transporte que encontraron, buscando el remanso de paz y la seguridad que solo las montañas de nuestra Mérida querida les podían brindar.

​Al final, más allá del tremendo susto colectivo que unió a la nación en un solo dolor, la gran fiesta de gala del Mérida Country Club fue cancelada. 

No hacía falta dar explicaciones; en los rostros de los socios e invitados brillaba la absoluta y unánime comprensión de que, esa noche, el baile le pertenecía a la solidaridad.

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