Cuentos y Verdades de Álvaro Sandia Briceño
Por: Germán D' Jesús Cerrada
La historia contemporánea de Venezuela tiene pasajes donde lo trágico y lo insólito se dan la mano, y la fría Mérida de los años sesenta no fue la excepción. El 2 de junio de 1962, el país se estremeció con el estallido de “El Porteñazo”, aquella sangrienta sublevación militar que tuvo como trágico escenario la base naval de Puerto Cabello.
Pero mientras el destino de la democracia venezolana se batía a fuego vivo en las costas carabobeñas, en la capital andina la vida —por estricta orden presidencial— tenía que seguir su curso al ritmo de la música.
Coincidió aquel alzamiento con la celebración de la Asamblea Anual de Fedecámaras en Mérida, que para la fecha reunía a lo más granado del empresariado nacional en la sede del Colegio de Médicos de la Avenida Urdaneta.
Para representar al gobierno del presidente Rómulo Betancourt, se encontraba en la ciudad el ministro de Fomento, el Dr. Godofredo González, atendido por el entonces gobernador del estado Mérida, el Dr. Pedro Espinoza Viloria.
Un telefonazo en el Despacho: "¡Pongan cara de que aquí no ha pasado nada!"
Al ser informado de la gravedad de los acontecimientos militares, el ministro González abandonó los salones empresariales y se trasladó de urgencia al Palacio de Gobierno. Allí, en medio de la natural tensión y rodeado de personas vinculadas al Ejecutivo, logró comunicarse telefónicamente con Miraflores.
La Providencia me permitió estar presente en el propio Despacho del Gobernador y escuchar de primera mano la tajante conversación entre el Presidente de la República y su Ministro.
Preocupado, el Dr. Godofredo González solicitó instrucciones sobre si debía abandonar la entidad y regresar de inmediato a Caracas ante la magnitud del golpe de Estado. La respuesta de Betancourt, fiel a su rudo e imperturbable carácter, cortó el aire como un cuchillo:
"Señor Ministro, usted se queda en Mérida porque este es un asunto militar y político, y yo lo resuelvo".
El ministro, un tanto desconcertado por la normalidad que se le exigía, insistió al teléfono: "Presidente, es que la clausura de la Asamblea de Fedecámaras es esta noche con un gran baile en el Mérida Country Club... Ante esta situación, ¿usted cree de verdad que yo debería asistir?".
La réplica de Don Rómulo pasó a la historia de nuestras anécdotas del poder: "Vayan al baile, tanto usted como el Gobernador, y pongan cara de que aquí no ha pasado nada".
Haciendo de tripas corazón al compás del Old Parr
Órdenes son órdenes, y más si venían del Presidente en momentos de tempestad.
Cumpliendo el mandato presidencial al pie de la letra, el ministro González y el gobernador Espinoza Viloria se vistieron de etiqueta y asistieron al elegante salón del Mérida Country Club.
Los altos funcionarios pasaron la velada haciendo de tripas corazón. Con la mente puesta en los reportes de guerra que llegaban desde el litoral central, salieron a la pista y bailaron alguna pieza de muy mala gana, disimulando el peso del país sobre sus hombros.
Cumplido el protocolo de calma aparente, a las doce de la noche en punto se despidieron discretamente y se retiraron a acuartelar sus nervios.
Sin embargo, el resto de los mortales que nos dábamos cita en aquella velada decidimos acatar la otra parte de la instrucción implícita: disfrutar como si el mundo exterior no se estuviera cayendo a pedazos.
Mientras en Puerto Cabello las ametralladoras cobraban vidas y el ejército sofocaba a los alzados en una de las jornadas más cruentas del siglo XX, en los salones del Country Club corría generosamente el buen whisky Old Parr.
Los empresarios y jóvenes de la época, contagiados por la música y el licor, mantuvimos la pista llena y echamos un pie parejo hasta las cinco de la mañana con la emblemática orquesta local, la Mérida Swing Boys, que soplaba sus metales con una energía contagiosa.
Al fin y al cabo, el mismísimo Presidente de la República había ordenado que la música no parara, dejando para el recuerdo aquella jornada surrealista en la que, mientras unos se batían a plomo limpio en la costa, en Mérida se bailaba hasta el amanecer.
No hay comentarios:
Publicar un comentario