martes, 28 de julio de 2026

​Búsqueda del Niño: Tradiciones Merideñas o la Excusa para una Buena Fiesta

Cuentos y Verdades de Álvaro Sandia Briceño

Por: Germán D' Jesús Cerrada

​Hay dos tradiciones navideñas que son genuinamente merideñas: las Paraduras y la Búsqueda del Niño. Ambas se celebran con fervor en ese luminoso lapso que transcurre entre el 25 de diciembre, con el Nacimiento del Niño Jesús, y el 2 de febrero, Día de la Candelaria. 

Fieles a su pasado y con un arraigado fervor religioso, la ciudad de Mérida y sus regiones vecinas celebran con alborozo estas fiestas que reúnen a familiares y amigos para compartir durante horas alrededor de la Sagrada Familia de Nazaret.

​Esta tradición fue adoptada prontamente como propia por el doctor Vicente Tálamo y su esposa Aura, ambos de origen trujillano, durante los años en que él se desempeñó como gobernador del estado Mérida en tiempos de Pérez Jiménez. 

La pareja gubernamental residía en una hermosa casa, propiedad del Rector de la Universidad de los Andes, el doctor Joaquín Mármol Luzardo, ubicada en la prolongación de la avenida Lora (hoy avenida 2), justo donde actualmente se levantan las Residencias La Florida, frente al Hotel Caribay. 

Aquella residencia contaba con amplios jardines y, al fondo, un gran salón de fiestas donde solían reunir a la sociedad merideña para agasajarla.

​En uno de tantos diciembres, los Tálamo decidieron celebrar la Paradura, pero precedida por la Búsqueda del Niño Jesús, que previamente había sido "robado" por una familia amiga. 

Para llevar a cabo el rito, hubo que buscar entre los hijos de sus allegados a quienes personificarían a San José, a la Virgen María y al grupo de pastores que acompañaría a los afligidos padres en su procesión.
​Aquella noche, los pequeños Francisco de Paula y Milagros Febres Cordero —hijos del alcalde de Mérida, don Epimenides Febres Cordero, y su esposa Elena— dieron vida a San José y a la Virgen María. 

Los Reyes Magos fueron los hermanos Dini Uzcátegui, hijos del Secretario General de Gobierno, el doctor Alfredo Dini Ruiz, y doña Aura. El cortejo de pastorcitas estuvo integrado por las hermanas Valeri Albornoz, hijas de don Mario José Valeri y doña Chepita, quienes eran vecinos de la urbanización El Encanto, pared de por medio con la casa de los gobernadores; y por las jovencitas Eleonora Guerra —hija del senador doctor Pedro Guerra Fonseca y doña Carmen— y Maritza Pineda, hija del notable abogado y profesor universitario doctor Pedro Pineda León y su esposa doña Rosita.

​La Virgen María iba montada sobre un pequeño burro, seguramente prestado por algún campesino de los conucos cercanos al río Albarregas, llevado firmemente del cabestro por un tierno San José que lucía una barba de algodón pegada a las mejillas con engrudo. 

Detrás de ellos seguían los Reyes Magos, las pastoras, la pareja gubernamental, amigos y allegados, todos alumbrándose con velas y fanales bajo el cielo estrellado. El destino de la procesión, donde aguardaba el Niño perdido, era la Quinta San Francisco de Paula en la avenida Urdaneta (donde hoy funciona la Clínica Corazón y Vasos, frente a Camiula), residencia de la familia Febres Cordero.

​La noche merideña se llenó con el estallido de morteros y voladores que anunciaban el paso del cortejo, acompañado por un entusiasta conjunto de aguinaldos bajado de la Cuesta de Belén. Entre violines, cuatro, maracas y furruco, un cantante no muy afinado repetía una y otra vez el estribillo: "Niño Lindo, ante ti me rindo...".
​Finalmente, el Niño Jesús fue hallado para alegría de todos. 

Para celebrarlo, la comitiva emprendió el regreso a la residencia de los Tálamo. Allí se cumplió con la tradición más pura de estas tierras: obsequiar a los presentes con bizcochuelo casero, vino de mesa y cigarrillos repartidos en bandejas de plata.

​Pero una vez cumplido el protocolo merideñísimo, la velada dio un giro hacia la alta sociedad de la época. 

Los invitados pasaron al gran salón de baile para disfrutar de los acordes del Conjunto Napoleón, traído especialmente desde Caracas para la ocasión. El tradicional vino y el bizcochuelo abrieron paso al whisky escocés y a pasapalos de fina calidad que mantuvieron la celebración activa hasta la madrugada.

​Mientras tanto San José, la Virgen y los pastores —muchachos al fin— ya descansaban en sus camas. Sus padres los habían llevado a dormir tras cumplir con devoción su labor celestial, quedando muy lejos del mundanal ruido de la fiesta con la que el Gobernador y el Alcalde celebraban, copa en alto, la feliz aparición del Niño Jesús.

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