Por: Germán D' Jesús Cerrada
En conmemoración de los 49 años de su siembra física
La leyenda que conquistó la nieve a fuerza de ruana y cotizas
Hablar de los imponentes glaciares y los picos de la Sierra Nevada de Mérida es hablar, de manera inevitable, de sus caminos, sus brumas y sus hombres.
En el centro de esa historia de altura emerge un nombre fundamental: Domingo Peña.
Nacido el 4 de agosto de 1891 en la remota aldea Curazao, en el corazón de Los Nevados, Domingo fue un campesino que llevó el páramo en la sangre. Mucho antes de que existieran los mapas satelitales, los equipos térmicos o las cuerdas sintéticas, y en una época de total aislamiento sin carreteras ni telecomunicaciones, aprendió a leer los vientos, a descifrar las heladas y a respetar el sagrado silencio de la alta montaña.
Para desafiar las cumbres de más de cuatro mil metros de altitud, Domingo Peña no vistió chaquetas impermeables ni botas de alta tecnología. Su equipo fue la vestimenta tradicional de nuestra gente: sus cotizas de tres puntos como calzado, los pantalones arremangados y la fiel ruana de lana de oveja, tejida por las manos artesanas de la vecina aldea de Mocas, en la parroquia El Morro.
A su lado, apoyando cada travesía, estuvo siempre su eterna compañera de vida: la nevadera Luisa Castillo.
La proeza del Pico Bolívar (1935)
Fue precisamente con esa indumentaria humilde pero resistente que Domingo Peña protagonizó una de las mayores proezas de la historia andinista nacional. El 5 de enero de 1935, cargando sobre sus espaldas el busto en bronce de Simón Bolívar (obra del escultor Marcos León Mariño), abrió paso en el hielo traicionero hasta la cumbre más alta de Venezuela, a 5.007 metros sobre el nivel del mar.
Junto a miembros del recién fundado Club Andino Venezolano —encabezado por figuras fundamentales como el Dr. Enrique Bourgoin y el Dr. Heriberto Márquez Molina—, la fuerza y el coraje de Domingo permitieron que el pedestal del Libertador quedara inmortalizado en la cima junto a aquella célebre placa que rezaba:
“Bolívar, la cumbre más alta de Venezuela es apenas un pequeño pedestal para tu gloria.”
Dinastía de baquianos y la dureza del páramo
Inmortalizado en obras historiográficas fundamentales como las del Dr. Carlos Chalbaud Zerpa, Domingo Peña encabezó una auténtica estirpe de andinistas nacidos en Los Nevados: nombres insignes como Ventura Sánchez, Victoriano Saavedra, Cipriano Peña y su propio hermano, Pablo Peña.
Aquella saga familiar estuvo también marcada por la severidad inclemente del clima andino. Pablo Peña pasaría a la historia como el único andinista nevadero en perder la vida por hipotermia, atrapado por una feroz tempestad cerca del Alto de la Cruz, a más de cuatro mil metros de altitud; una dura travesía de la que afortunadamente logró sobrevivir su hijo Pablito.
De La Aguada al corazón de la ciudad
Con el paso de los años, Domingo y Luisa establecieron su morada en La Aguada, estación intermedia de la cordillera donde hoy habita su nieto Pedro Peña, considerado por la comunidad montañista como un custodio ermitaño y referencia viva de la Sierra.
Más tarde, la vida llevó a Don Domingo a residenciarse en la calle principal del sector Campo de Oro, en la ciudad de Mérida.
Su huella en la venezolanidad es tan profunda que se convirtió en el único nevadero elevado a la posteridad en bronce.
Aquella escultura original que perteneció al Monumento a la Sierra en el Paseo La Feria, reposa hoy en la avenida Universidad, frente al Comedor Universitario de la ULA, en el Parque a los Andinistas —popularmente conocido como "Parque de la Burra"—, rindiendo tributo permanente a su figura.
Su legado trasciende en la geografía urbana y social: vive en el nombre de la Parroquia Domingo Peña del municipio Libertador, en diversas instituciones educativas y en la noble labor del Grupo de Rescate Domingo Peña, institución que hereda su intachable espíritu de auxilio, prevención y entrega en la montaña.
El legado imperecedero
Aquel 26 de julio de 1977, Domingo Peña partió físicamente a los 86 años de edad, pero su huella quedó grabada para siempre en la roca, el fraude del hielo y la nieve perpetua de nuestra cordillera.
Hoy, a 49 años de su partida, recordar a Domingo Peña no es solo recordar al baquiano insustituible o al guía de expediciones históricas; es honrar la valentía del campesino andino, la indumentaria hecha a mano, el conocimiento ancestral de los senderos de arriería y el coraje de un pueblo que llevó al Libertador a lo más alto de la patria.
Domingo Peña es, y seguirá siendo, la huella eterna de la Sierra Nevada de Mérida.
(Con valiosos aportes y testimonios de Omar Sánchez Castillo, Los Nevados).
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