martes, 14 de julio de 2026

​El último gran pase de lista: Reencuentro del San José

Cuentos y Verdades de Álvaro Sandia Briceño

Por Germán D' Jesús Cerrada

​El próximo mes de octubre se cumplen 25 años de aquel encuentro que, para muchos de nosotros, fue el último gran despliegue de juventud acumulada: el reencuentro de exalumnos del Colegio San José de Mérida, celebrado en octubre de 2001. Meses antes, ya nos reuníamos en el Mérida Country Club bajo la batuta incansable de Guillermo Soto Rosa, quien venía desde Caracas a poner orden, mientras Alfredo Febres-Cordero, César Lemoine y un servidor servíamos de voceros para rescatar del olvido a cuanto compañero pudiéramos.

​Elegimos el Hotel Prado Río como sede, pues queríamos recuperar la magia de aquellos vermouth danzantes donde, en nuestra época, nos lucíamos "puliendo la hebilla" con las muchachas. Invitamos a nuestros profesores —Carlos Febres Poveda, Mario Spinetti Berti, Luis Rengel, John Inglesis y el infaltable Luis Arconada—, además de figuras ilustres como Héctor Ramírez Méndez, el primer alumno interno del colegio, y el inolvidable ex Rector de la ULA, Pedro Rincón Gutiérrez.

​Recorrimos la Casa de Ejercicios en San Javier del Valle, donde la voz del profesor Arconada al órgano y el canto de "Divino Jardinero" nos apretaron el alma al recordar a nuestros 27 compañeros del accidente de Monte Carmelo. 

Luego, fuimos al viejo edificio del colegio, donde Oliverio Picón nos hizo de guía, recordándonos desde las aulas hasta ese pequeño rincón sagrado donde se vendían los sandwiches en los recreos.

​Pero la joya de la corona fue el cierre en el Country Club, con una reedición de nuestras "Fiestas Rectorales". 

Para el acto, designamos como "Cura Rector" al "Loco Bolívar". No conseguimos sotana, así que lo revestimos con una toga de abogado, bajo la máxima de que "el hábito no hace al monje".

​En la cancha, el fútbol dividió al grupo en dos: los veteranos que jugaban "a lo ancho" para cuidar el aire, y los más aguerridos. Mientras tanto, en el bar, Guillermo, Perucho Rincón y Amadis Cañizales hacían honor a la botella de whisky. El profesor Arconada, hombre de costumbres fijas y estómago puntual, me miraba con ojos de súplica cada vez que me acercaba:
​—Sandía, ¿tienes alguna buena noticia para mi estómago? —me preguntaba.
​Yo, atrapado entre la disciplina del programa y la euforia del grupo, no me atrevía a abrir el Gran Salón del Buffet para no desbaratar el protocolo. 

¡Qué sufrimiento el del profesor, mientras nosotros alargábamos la tertulia!
​La jornada terminó en la Plaza de Tientas. 

Corrimos un cochino encebado para los hijos y un becerro para los "valientes" que, animados por los whiskys y los vinos, se creyeron matadores. César Lemoine fue el único que terminó "corneado", no por el becerro, sino por un resbalón que le costó los ligamentos de la rodilla. Y claro, no hubo parte médico porque todos nuestros galenos estaban en las gradas, atendidos por mesoneros de lujo, disfrutando de un servicio que ni en la Plaza de Las Ventas de Madrid habrían imaginado.

​Todo resultó estupendo. Como decía el siempre ocurrente César Lemoine, cada nuevo reencuentro es una carrera contra el tiempo, porque temo que algún día tengamos que perder el juego por forfait, ante la ausencia de tantos que, como decía Álvaro Sandia Briceño al recordar estas jornadas, se nos han adelantado en el camino de la vida, dejando solo el eco de nuestras risas colegiales.

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