Cuentos y Verdades de Álvaro Sandia Briceño
Por: Germán D' Jesús Cerrada
Cuando a mi edad se pronuncia la palabra Bodega, los pensamientos de los más refinados viajan de inmediato a las grandes regiones vitivinícolas del mundo. Se imaginan en los viñedos de Europa, América, Sudáfrica o en las lejanas tierras de Australia y Nueva Zelanda, catando frente a un barril de roble y en la penumbra de un sótano, junto a enólogos y sommeliers, el elixir de los dioses.
Pero en la Mérida de mis años mozos, las bodegas eran algo mucho más terrenal, entrañable y necesario. Eran pequeños templos del comercio donde se resolvía el día a día de los hogares. Allí se compraba el arroz, los granos, las sardinas y el indispensable Diablitos. La manteca de cochino no venía en envases plásticos de diseño; el bodeguero hundía con pulso firme una paleta de madera en una gran lata mantequera, la servía en el plato que uno llevaba desde casa y luego la pesaba en una balanza de metal que pendía, como un columpio, de unas cadenas sujetas al techo.
En las alacenas de vidrio, aquello era un desfile de tentaciones: besitos de coco, melcochas, aliados, suspiros, melindres y las célebres paledonias, catalinas o simplemente "cucas". Y para refrescar la garganta, las neveras enfriaban botellas de Coca-Cola, Pepsi, Bidu, Lucky, Green Spot y, por supuesto, nuestro orgullo local: el Cold Point merideño, en sus sabores rojo y naranja, que bajo el eslogan de "La pausa que refresca" competía de tú a tú con los gigantes del imperio.
Las que tenían patente, además, despachaban cervezas y vinos nacionales a la clientela con sed de algo más fuerte.
La primera bodega que se grabó en mi memoria tenía un nombre casi poético: "Sobre las Olas". Estaba empotrada en la esquina de las calles Zerpa y Rivas Dávila (lo que hoy conocemos como la Avenida 5 con Calle 17). Su propietario era don José Esperanza Espinoza, un chiguarero que contaba con el pecho inflado de orgullo que había sido chofer en la casa del mismísimo general Marcos Pérez Jiménez en El Paraíso, encargado de llevar y traer a las hijas del dictador al colegio.
Aquella bodega funcionaba, prácticamente, como el "Consulado de Chiguara en Mérida": allí se dejaban paquetes, encomiendas y se mandaban "razones" y chismes para la gente del pueblo. De su aventura caraqueña, don José se había traído un viejo Chevrolet azul impecable. Mi abuelo Hilarión lo contrataba de vez en cuando como taxi para viajar a Chiguara con rumbo a nuestra finca Quizna. El viaje incluía una parada obligatoria en la estación de servicio de Peter Inglesis, en Lagunillas, un oasis donde se hablaba de gallos de pelea, se apostaba fuerte y se recordaban los viejos tiempos.
Dos cuadras más abajo, en la esquina de la Calle Zerpa con la Calle Cerrada (hoy Calle 19), se erguía un negocio más grande y mejor surtido, propiedad de Azael Lobo. Allí se encontraba de todo. Además, Azael inventó el delivery mucho antes de que existieran las aplicaciones móviles: un jovencito repartía los pedidos a domicilio a bordo de una bicicleta de carga; un muchacho despierto que, con los años, se convirtió en un exitoso y respetado empresario de nuestra comunidad.
En la bodega de Azael se encargaban delicias que hacían agua la boca: pasteles, tungas, hallaquitas y esas carabinas que un amigo llamaba, con gracia militar, "fusiles". Recuerdo que una vez este amigo me encargó un cargamento de estos manjares merideños para la primera comunión de su hijo en Caracas. Se los envié por Aerocav —bajo la promesa de “recibe hoy y entrega mañana”— y aquello causó una auténtica sensación gastronómica en la capital.
Si continuábamos el descenso por la Calle Zerpa, media cuadra abajo del Colegio de la Inmaculada, nos topábamos con Don Marcos y sus célebres e infaltables "vitaminas". Costaban apenas un medio (Bs. 0,25) o un real (Bs. 0,50), en aquellos tiempos dorados cuando el dólar se cotizaba a Bs. 3,35 y la palabra "inflación" no figuraba en el diccionario de los venezolanos.
La parada en la de Don Marcos era un ritual sagrado para nosotros, los estudiantes del Colegio San José. No solo íbamos por las golosinas, sino por el espectáculo de ver llegar los arreos de mulas cargados con los frutos que traían desde Jají para la imponente casa de Don Pepe Avendaño, ubicada justo enfrente de Don Marcos, donde hoy se levanta el Edificio Sagrario.
Cuadra y media más abajo, en la misma calle, quedaba la bodega de Gerardo. Allí comprábamos los caramelos largos de melcocha a una "puya" cada uno (la vigésima parte de un bolívar). El truco consistía en partir el caramelo contra el borde del pupitre para meter los trozos en los bolsillos del pantalón y comerlos a escondidas durante la media hora del rezo del Rosario de la tarde o en plena clase. El problema venía si olvidábamos el dulce: con el calor corporal, la melcocha se derretía y se adhería al tejido. Al llegar a casa, el castigo no era solo el regaño, sino la penosa tarea de lavar el pantalón recalentado y pegostioso.
En la Plaza del Llano la parada obligada era la Panadería Lamus. Aquello era el paraíso del trigo: acemas, pan de bola, pan de piquito, pan francés, mojicones y unos panes rebosantes de dulce de guayaba. Para mi abuelo Hilarión, era una rutina inquebrantable pasar cada sábado a comprar el bastimento de la semana y, de paso, arreglar el mundo conversando con su viejo amigo Don Ramón, el dueño.
Por su parte, tres cuadras más arriba de la Plaza Bolívar, en la Calle Independencia (hoy Avenida 3), brillaba El Gran Detal de Enrique Hernández. Era un negocio de copete: vendía licores importados, cajas de galletas holandesas y bombones suizos. Sin embargo, su verdadero imán eran las barquillas. Eran inigualables. Daba gusto ver la salida de las clases, cuando hileras de muchachos y muchachas con sus uniformes escolares hacían largas colas para devorar aquellos helados.
Subiendo por la misma calle, en la transversal del Garage Aurora y casi frente al negocio del conocido líder copeyano Don Edmundo Izarra —el popular "Mano Mundo"—, operaba la panadería de Mauricio Molero, un artista de la harina capaz de hornear cualquier tipo de pan que la imaginación dictara. Y una cuadra más arriba, justo frente a la Plaza de Milla, resistían los legendarios popsicles de Peña, que afortunadamente todavía se pueden comprar para combatir el calor.
Recorrer con la mente estas bodegas, comercios y panaderías de nuestros años mozos ha tenido un efecto secundario: me ha alborotado los jugos gástricos. A esta hora de la noche, mientras termino de escribir estos recuerdos, apago la máquina y me dirijo a la cocina. Espero que en la nevera quede algo de comer para aplacar este apetito que me han despertado las sabrosas nostalgias del pasado.
6 comentarios:
Excelente remembranza de los años felices de nuestra niñez, felicitaciones
Buenos días gracias por recordar mi Mérida querida
Logré disfrutar algunos de los establecimientos que aún quedaban cuando llegué a Mérida a estudiar,me da nostalgia
Muy buena esa información de mi Mérida antigua,yo conocí m7chos de esos negocios
Que buenos recuerdos tienes de todos esos sitios. De pequeña si conocí las vitaminas de Don Marcos, pero ya frente al correo. Era una parada obligatoria al regresar de "hacer mercado" en el abasto Toditos dentro del mercado principal, en la planta alta, quien en su sistema de reparto, enviaba las cajas llenas de víveres a nuestro hogar. Y una que otra salida al centro, se pasaba por el Gran Detal a saborear sus deliciosas varillas o sus politos, helados de paletas. Hermoso recordar todo eso. Casi que me voy de antojo a comprar los pocicles de la Plaza de Milla
Muy buenos recuerdos de la Mérida de ayer, y cuando ví el la portada ,el gran detal, me recordé de cuando tenía 11años y ahora tengo 69años, y en ese entonces le ayudaba en ese negocio al el sr Antonio prieto, socio de Enrique Hernández y luego el sr prieto, le compro ese negocio
Publicar un comentario