Por Germán D' Jesús Cerrada
A finales del año 1968, la democracia venezolana era un proyecto joven, entusiasta y lleno de mística que construíamos a pulso en cada rincón de nuestra geografía. En el estado Mérida, entre el fervor de la campaña electoral y el frío de nuestras montañas, me disponía a ejercer por primera vez el derecho al sufragio.
Tras un paso breve e infructuoso por la Escuela Técnica Industrial de San Cristóbal, donde la Química Industrial me demostró no ser mi verdadera vocación, regresé a Mérida con las tablas en la cabeza pero con la convicción intacta de incorporarme de lleno al trabajo militante en las filas de mi partido, COPEI.
Mérida respiraba días de intensa agitación partidista. Desde la sede de la organización socialcristiana, ubicada en la Avenida 3 Independencia, entre calles 25 y 26, los jóvenes organizábamos caminatas improvisadas, pegábamos propaganda en las paredes, postes y recorríamos casa por casa llevando el mensaje de nuestro candidato, el Dr. Rafael Caldera, quien disputaba la Presidencia de la República frente a Gonzalo Barrios por Acción Democrática, Luis Beltrán Prieto Figueroa por el Movimiento Electoral del Pueblo y Miguel Ángel Burelli Rivas por el Frente de Victoria.
Al aproximarse el mes de noviembre, la dirigencia organizó la logística electoral para formar a los miembros y testigos de mesa.
Fue en ese momento cuando los doctores Germán Briceño Ferrigni y Jesús Rondón Nucete me encomendaron una misión exigente y de alta responsabilidad: trasladarme durante quince días como testigo electoral a la lejana población de Aricagua, en el corazón de los Pueblos del Sur.
La travesía comenzó la madrugada del 15 de noviembre a las seis de la mañana. Con cien bolívares que me entregó el Dr. Briceño Ferrigni para cubrir mis gastos mínimos, partimos a bordo de un rústico Toyota.
Me acompañaban el Licenciado Toribio León, vecino del sector Milla y compañero de luchas políticas, y el chofer Don Mariano Salcedo, un virtuoso de las carreteras de tierra y un conversador inagotable.
La ruta, encaramada en la cordillera merideña, era peligrosa y llena de precipicios. Para vencer los profundos barriales provocados por las lluvias, Don Mariano echó mano de su pericia: amarró un tanque suplementario de gasolina en la trompa del vehículo, colocó cadenas en los cauchos y le pidió a Toribio que se montara sobre el parachoques delantero para hacer contrapeso en los tramos más inclinados y fangosos.
Tras doce duras horas de viaje atravesando senderos donde los mismos vecinos debían colocar troncos sobre la vía para permitir el paso del vehículo, avistamos las luces del pueblo al caer la tarde. En Aricagua fuimos recibidos con una calidez inolvidable. Nuestra posada fue el hogar del matrimonio conformado por Don Blas Antonio Paredes Gavidia y Doña María Melania Dugarte Guerrero, dos excelentes dirigentes de nuestro glorioso COPEI, anfitriones esenciales y personas profundamente atentas que nos brindaron un cuarto con todas las condiciones para el descanso y nos atendieron con un trato familiar único.
Aricagua era entonces un pueblo apacible de calles de tierra y sin servicio eléctrico continuo; una planta comunitaria encendía la iluminación pública al anochecer y la apagaba rigurosamente a las nueve de la noche. En ese entorno, un radio a batería que llevó Toribio se convirtió en nuestra ventana al país, permitiéndonos escuchar los discursos de cierre de campaña de Rafael Caldera y reponer fuerzas para las jornadas de trabajo del día siguiente.
Durante las semanas previas a los comicios, nuestra labor consistió en enseñar a los campesinos el uso de las tarjetas de colores y garantizar la presencia del partido en cada mesa. A lomo de mula recorrimos caseríos y aldeas apartadas como Buenos Aires, Los Azules y El Cañadón.
La tarea culminante me correspondió en la aldea de San Antonio de Aricagua, a seis horas a caballo desde la cabecera municipal, viaje que realicé acompañando al sacerdote del pueblo y a dos soldados del Ejército venezolano que custodiaban el material electoral.
El domingo 1 de diciembre de 1968, día de la gran fiesta electoral, la población acudió masivamente a depositar sus tarjetas verdes.
Tras el escrutinio en San Antonio, el triunfo de nuestro candidato fue contundente en las dos mesas asignadas. El regreso a Aricagua al día siguiente nos confirmó que la tendencia favorable a Caldera se había repetido en todo el municipio y en el resto de las aldeas.
El viaje de retorno a la ciudad de Mérida con las actas electorales originales en mano fue un desafío todavía mayor debido a un voraz temporal de lluvia. El vehículo debió transitar encadenado desde la salida de Aricagua, obligándonos a pernoctar en las cercanías de El Morro, dormimos esa noche, sobre hojas de periódico tendidas en el piso de tierra de una casa humilde.
Al llegar a Mérida comprendimos la verdadera dimensión de nuestro esfuerzo. En un pueblo donde la luz se apagaba a las nueve de la noche y la única conexión con Venezuela era el radio a baterías de Toribio, estábamos siendo protagonistas indudables del cambio político más importante desde 1958: la primera alternancia pacífica en el poder. Aquella elección presidencial de 1968 se definió por el margen más estrecho en la historia democrática del país: Rafael Caldera obtuvo 1.083.712 votos frente a los 1.050.806 de Gonzalo Barrios, una brecha nacional de penas 32.906 votos. Entender que cada acta cuidada y cada voto verde resguardado a lomo de mula en las montañas merideñas sumó para esa histórica victoria, selló para siempre en mi memoria la enorme satisfacción del deber cumplido en mi debut democrático.
2 comentarios:
Germán, apreciado tocayo. Hermoso su relato en su periplo político electoral en la especial población de Aricagua. Sin duda es como especie de epopeya ciudadana en favor de la democracia y Libertad. Gracias. GMS
Germán, felicitaciones en grande. Esa experiencia es una demostración de su inequívoca convicción democrática. Cuando no se ha activado en política se está en plena ignorancia del devenir político del país. Fraterno abrazo.
Publicar un comentario