Por Germán D' Jesús Cerrada
Hay páginas de periódico que no solo guardan tinta, sino el pulso de toda una época. Esta edición del diario Frontera, fechada en aquel lejano febrero de 1987, es un boleto de retorno a la Mérida señorial, universitaria y afectuosa; esa donde la distancia entre los amigos se medía en un cálido saludo y la ciudad entera se encontraba en el placer de una amena tertulia.
Aquel domingo, la columna Veinticuatro Horas en Sociedad registraba el nacimiento de la Tasca “Café Plaza”, un rincón acogedor en el propio corazón del centro merideño. Sus anfitriones, Germán Rojas Guerra y Norah Briceño de Rojas, abrían las puertas de un nuevo espacio con un concurrido brindis, prometiendo algo que en esa Mérida era ley de vida: buena música, las mejores raciones, finas atenciones y el encuentro espontáneo entre rostros conocidos.
En las imágenes captadas por el lente de Alexander quedaron eternizados momentos de sincera camaradería. Risas y brindis compartidos entre los López Añez, Espejo, Ruiz, Valeri, Rojas, Dávila, Cuesta, Febres, Maggiolo, Abad Parada, Cárdenas, Picón Bermúdez, Becerra, Cornejo, Charelli y Urdaneta.
Hombres de vestimenta impecable, damas de peinados distinguidos y miradas que reflejaban la tranquilidad de una ciudad que se sabía culta, amable y atenta.
Hoy, la tasca ya no abre sus puertas, y la vida ha llevado a muchos de aquellos asistentes a otros paisajes, más allá de este mundo.
Sin embargo, este recuerdo no es una nostalgia triste; es el testimonio de una Mérida dorada que habitamos y que nos habitó.
Publicar esta crónica es rendir un tributo a la amistad, a la elegancia de los años ochenta y a esa ciudad entrañable que, mientras la sigamos recordando con cariño, jamás dejará de existir.
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