domingo, 30 de agosto de 2026

Cuando Mérida eligió a su primera soberana de belleza en 1952

Cuentos y Verdades de
​Álvaro Sandia Briceño

Por Germán D' Jesús Cerrada

​Corría el año 1952 y en Venezuela resonaba el eco de una novedad que fascinaba al país: la creación del concurso Miss Venezuela, la vitrina que llevaría por primera vez a una representante nacional al incipiente certamen de Miss Universo en Long Beach, California. 

La apacible Mérida no se quedó atrás y para la ocasión se conformó un distinguido Comité Organizador encargado de elegir a la primera Miss Mérida.

​Aquel comité directivo estaba integrado por personalidades de altísimo relieve en la vida pública y social de la entidad: el Dr. Julio Gutiérrez Arellano, Presidente del Club Mérida y Juez de Primera Instancia en lo Civil y Mercantil; el Ing. Marco Tulio Osorio, Director de Obras Públicas del Estado; el Dr. Pedro Guerra Fonseca, Subdirector del Hospital Los Andes; Enrique Orangel Dubuc, figura estelar de Radio Universidad; Don Ricardo Molina, reconocido comerciante y socio de la firma P & R Molina; y las respetables damas doña Olga de Olivares y doña Lucía de Paoli, esposa del Gobernador del Estado Mérida, el Teniente Coronel Alberto Paoli Chalbaud.

​Las candidatas que aspiraron a la corona eran destacadas jóvenes pertenecientes a distinguidas familias del entramado social merideño: las señoritas Myriam Dávila Fonseca, María Juana Dávila, Alba Bravo Quiñones, Elsa Spinetti Vetancourt, Gozzy Uzcátegui Lamus, Gisela Dávila F., Zoila Godoy y Pierina Avendaño.

​Tras las deliberaciones, el honor de portar la banda regional recayó en la hermosa señorita Myriam Dávila Fonseca, convertida así en la flamante Miss Mérida 1952. 

En el certamen nacional celebrado en la capital, la corona de Miss Venezuela la obtuvo la representante del estado Bolívar, la inolvidable Sofía Silva Inserry, mientras que meses más tarde, en las playas de California, la finlandesa Armi Kuusela se alzaba como la primera Miss Universo de la historia.

​La triunfadora merideña, Myriam Dávila Fonseca —quien tiempo después contraería matrimonio con el Dr. Rodrigo Briceño Picón, ilustre hijo del insigne escritor e historiador Don Mario Briceño Iragorry—, me confessed años más tarde un pasaje íntimo y muy humano de aquella vivencia. Entre sonrisas y cierta timidez evocada, me reveló que el único momento amargo o nada grato de su reinado ocurrió en Caracas, cuando tuvo que desfilar en traje de baño junto a las demás candidatas alrededor de la piscina del exclusivo Club Valle Arriba de Caracas, bajo la mirada inquisidora y los destellos de los flases de una nutrida muchedumbre de periodistas y reporteros gráficos.

​Eran los matices de una Mérida señorial que abría sus puertas a los nuevos tiempos, guardando siempre ese recato y esa distinción que marcaron a toda una generación.

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