Por Germán D' Jesús Cerrada
Detrás de la mítica fachada de Casa Blanca no solo se tejieron dinámicas de azar y bohemia, sino también entrañables crónicas familiares que cambiaron el destino de sus protagonistas.
Una de las más recordadas pertenece a Miguel Enrique D' Jesús, conocido cariñosamente como "Quique". Hoy, a sus 84 años y con una respetable trayectoria como médico anestesiólogo retirado, Quique puede dar fe de que su carrera se la debe, en gran parte, al temple inquebrantable de su madre, Doña Carmen.
Corría la década de los sesenta y Mérida era una ciudad donde el transporte escaseaba; la gente se desplazaba a pie por sus empinadas calles. Quique, quien cursaba el tercer año de bachillerato en el prestigioso Liceo Libertador, debía caminar diariamente unas quince cuadras desde la casa familiar en Milla hasta su centro de estudios.
En ese trayecto obligado se cruzaba, inevitablemente, con la tentación: la esquina de Casa Blanca. Un buen día, alguien lo invitó a pasar. El joven estudiante quedó fascinado por el ambiente: el chocar de las bolas de billar, el pool, los dados y, especialmente, el ritmo vertiginoso del ajiley, un juego de cartas que pronto se convirtió en su debilidad.
Lo que comenzó como una curiosidad se transformó en costumbre, al punto de que Quique empezó a faltar a sus clases en el liceo para refugiarse en las mesas de juego junto a sus nuevos amigos.
Pero en una Mérida donde todos se conocían, los secretos duraban poco. A los oídos de Doña Carmen, una mujer de carácter fuerte, nerviosa pero absolutamente decidida frente a cualquier obstáculo, llegó el rumor de que su hijo había cambiado las aulas por los naipes.
Sin dudarlo, preparó su estrategia. Una mañana, cuando Quique salió de casa con sus cuadernos bajo el brazo rumbo al liceo, Doña Carmen le siguió los pasos a paso firme pero discreto. Lo vio entrar a Casa Blanca. Con paciencia de madre, esperó un largo rato frente al local, dando el tiempo necesario para que su hijo se acomodara y arrancara la primera partida de ajiley.
Cuando consideró que era el momento oportuno, Doña Carmen entró al establecimiento con la frente muy en alto. Recorrió el lugar con la mirada hasta que divisó a Quique, concentrado en el juego con sus compañeros.
Sin mediar palabra, sin escenas ni discusiones, se le acercó, lo agarró firmemente de una oreja y lo sacó arrastrado de aquel templo del ocio ante la mirada atónita de los presentes.
La vergüenza de Quique ante sus amigos fue tal que jamás volvió a pisar el local. Santo remedio: el joven enderezó el rumbo, se dedicó por entero a los libros, culminó su bachillerato y, años más tarde, se graduó con honores como Médico en la Facultad de Medicina de la Universidad de Los Andes.
Una joya de la picaresca merideña que demuestra cómo el amor y el valor de una madre preocupada lograron arrebatarle un brillante anestesiólogo a los días de juego de la inolvidable Casa Blanca.
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