Cuentos y Verdades de Álvaro Sandia Briceño
Por: Germán D' Jesús Cerrada
Marciano Uzcátegui Urdaneta fue un merideño de trayectoria singular y loable de quien, injustamente, se habla poco hoy en día.
Cursó sus estudios de bachillerato en el histórico Liceo Libertador de Mérida para luego ingresar a la Escuela Militar de Venezuela. Como subteniente y teniente, prestó servicio en diversos cuarteles de Caracas y el centro del país, distinguiéndose por una disciplina intachable y un indiscutible don de mando. Su temple llamó pronto la atención de sus superiores, siendo destinado a integrar la Casa Militar del Presidente de la República, el general Isaías Medina Angarita.
El 18 de octubre de 1945, la insurrección de un grupo de oficiales —entre los que destacaban los mayores Carlos Delgado Chalbaud, Mario Vargas y Marcos Pérez Jiménez— junto a dirigentes de Acción Democrática como Rómulo Betancourt, Gonzalo Barrios, Luis Beltrán Prieto Figueroa y Edmundo Fernández, derrocó al gobierno progresista de Medina Angarita. Se instauró así la Junta Revolucionaria de Gobierno presidida por Betancourt y dio inicio la llamada Revolución de Octubre.
Fueron tres años (1945-1948) en que el país permaneció polarizado entre el oficialismo adeco y las fuerzas opositoras lideradas por COPEI, URD y los sectores afines a los expresidentes López Contreras y Medina Angarita, además de quienes aún guardaban fidelidad al gomezcismo. El 24 de noviembre de 1948, un nuevo golpe militar liderado por Delgado Chalbaud, Pérez Jiménez y Llovera Páez puso fin al mandato del presidente electo Don Rómulo Gallegos, enviándolo al exilio.
Aquella etapa culminaría en la madrugada del 23 de enero de 1958, cuando Pérez Jiménez abordó el célebre avión La Vaca Sagrada rumbo a Ciudad Trujillo, dejando atrás una década marcada por grandes obras públicas pero también por la supresión de las libertades ciudadanas.
A todas estas, Marciano Uzcátegui Urdaneta ya había solicitado su baja del ejército. En su faceta civil fue designado cónsul en Vigo, España, donde desplegó una loable labor de atención a los venezolanos sin distinción política y tendió puentes con la sociedad española que le valieron amplios elogios.
Miembro de la Sociedad Mundial de Heráldica, el Concejo Municipal del Distrito Libertador de Mérida, en las vísperas del Cuatricentenario de la ciudad en 1958, le encomendó la creación del Escudo de Mérida. Su proyecto fue aprobado con entusiasmo y, desde entonces, es el símbolo que nos identifica ante el mundo.
De regreso a su cuna andina, emprendió diversos proyectos empresariales; junto a sus primos Antonio José y Enrique Uzcátegui Burguera fundó la Inmobiliaria Domus en el Edificio Siena, a un costado de la Catedral, y ejerció como el primer gerente de la Clínica Mérida, fundada por el doctor César Paredes Briceño.
Incursionó también en la política con la agrupación Integración Republicana —presidida en Caracas por Elías Toro y en Mérida por el doctor Francisco Moncada Reyes—, fue concejal del Municipio Libertador, diputado independiente en las planchas de COPEI ante el Congreso Nacional y embajador en Honduras.
Por su profundo dominio de la heráldica, concibió además los escudos de varios municipios del estado y el del Mérida Country Club. Años más tarde, cuando germinó la idea de erigir la Plaza Monumental de Toros (hoy llamada Román Eduardo Sandia), Marciano presidió la sociedad mercantil Correalsa que levantó esa imponente mole de concreto, al tiempo que lideró la III Feria de la Inmaculada en 1967, crisol de las afamadas Ferias del Sol.
Sobre su figura, el exgobernador Germán Briceño Ferrigni escribió certeramente: "Merideño de vieja estirpe, vástago de una familia metida en nuestra historia desde sus albores, Marciano mantuvo siempre su talante distinguido de señor y caballero... a pocos como a él le calaba tanto y tan bien la partícula definidora del señorío".
Sus últimos años transcurrieron en la quietud de La Mucuy Alta, disfrutando del sosiego entre flores y árboles en su pequeña finca. Aunque una penosa enfermedad se lo llevó antes de tiempo, permanece intacto su recuerdo y su proverbial jovialidad.
En lo personal, evoco cuando siendo embajador en Tegucigalpa le encargué un lienzo de Tulio E. Velázquez, afamado pintor hondureño. Esa obra atesora un lugar especial en mi Colección Aguamontaña; al contemplarla, renuevo el agradecimiento por haber contado con su amistad y por haberme honrado con su confianza al encomendarme la asesoría legal de sus asuntos personales.
3 comentarios:
Marciano, muy apreciado en casa, curso estudios de derecho y se graduo en Caracas, muchas veces visite su casa en La Campiña junto a Chchi Paredes
Excelente y bien merecida semblanza de Marciano, todo un señor merideño, de agradable conversación y propulsor de buenas causas
Excelente publicación que me trae gratos recuerdos cuando conocí junto a mi esposo Pedro Manuel uzcategui a su esposa Lilia que nos recibía con amabilidad y cariño en su hermosa finca, ademas de las visitas era porque mi esposo se interesó mucho en la heráldica de los uzcategui y fue como el sucesor de la inmensa investigación del Dr. Mariano.
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