En las luces y sombras del universo taurino, las palabras del torero peruano Andrés Roca Rey resuenan con la contundencia de un alegato en defensa de una tradición centenaria.
Para la figura del toreo actual, la conversación sobre la tauromaquia va mucho más allá del espectáculo en la plaza; se trata, en su esencia más íntima, de un dilema crucial sobre la supervivencia del toro de lidia.
Roca Rey sostiene con vehemencia que si la tauromaquia desapareciera, el toro bravo se extinguiría de manera irreparable, pues no se trata de un animal criado para el consumo industrial de carne ni de una especie adaptable a la ganadería convencional.
Su crianza en la dehesa exige una inversión colosal, espacios vastos e incontaminados y un cuidado minucioso que solo cobra sentido económico y cultural gracias a la actividad taurina.
Frente a las crecientes voces críticas, el matador plantea una paradoja provocadora hacia las corrientes animalistas que buscan la prohibición de las corridas.
Según su análisis, la cancelación de esta práctica no salvaría al animal, sino que condenaría a la desaparición total a una raza única en el planeta.
Desde esta perspectiva, la paradoja reside en que quienes pretenden proteger al toro bravo impulsan, sin saberlo, la erradicación del único ecosistema y modelo económico que permite su existencia.
Roca Rey redefine así el concepto de protección animal, situando a los verdaderos defensores de la especie dentro del propio tejido taurino: ganaderos que entregan su vida al cuidado de la dehesa, toreros que arriesgan todo en el ruedo y aficionados que, al pagar su entrada, financian la preservación de esta joya genética.
La dinámica en la plaza de toros suscita con frecuencia debates sobre la dignidad del animal, pero para Roca Rey la percepción de burla o humillación está completamente desconectada de la realidad del ruedo.
En un circo o en ciertos espectáculos de entretenimiento puede existir la burla hacia el animal o el ejecutante, pero en la lidia predomina un aura de solemnidad, rito y misterio.
Frente a la embestida viva del toro, la emoción que impera no es el escarnio, sino una mezcla profunda de respeto, veneración y admiración hacia la valentía tanto del toro como del torero.
En esa confrontación última, donde la vida y la muerte se cruzan en silencio, el toro bravo no es contemplado como un objeto de diversión superficial, sino como un símbolo soberano de fuerza, nobleza y esplendor salvaje.

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