Por Germán D' Jesús Cerrada
Hablar de la Cúcuta de hace seis décadas no es evocar un simple recuerdo de viaje, sino desenterrar una época donde cruzar la frontera equivalía a entrar en una suerte de paraíso del consumo, la buena mesa y la parranda sin freno.
Para el merideño de los años sesenta, con un bolívar robusto que se cotizaba a catorce pesos por unidad, la capital del Norte de Santander no era una ciudad extranjera, era el patio trasero de los sueños donde todo era posible, abundante y, sobre todo, ridículamente barato.
En aquellos días, el paisaje urbano cucuteño presenciaba un desfile diario de elegancia automotriz. Los mejores vehículos del año, relucientes y de modelos recientes, lucían con orgullo sus placas venezolanas, rodando con absoluta libertad por la ciudad y sus alrededores. En contraste, el parque automotor local mostraba la modesta serenidad de los modelos viejos. Cúcuta era entonces una pequeña urbe volcada por completo al comercio. En el corazón del centro cucuteño, en medio de innumerables negocios de calzado y vitrinas repletas de vestuario, reinaban dos grandes referentes del dinamismo comercial: la sede principal de los Almacenes Ley y el afamado Almacén Los Tres Grandes, paradas obligatorias para surtirse con la mejor mercancía.
La vida social y el descanso se concentraban en el icónico Hotel Tonchalá —único en su estilo en los sesenta, con todas sus comodidades, magnífico restaurante, bar y piscina—, al que se unió en los setenta el inolvidable Hotel Bolívar. Pasar un fin de semana en este último era el plan perfecto: sumergirse en su piscina, disfrutar de su restaurante y bar, y salir directamente al Centro Comercial Bolívar, donde Almacenes Ley y una seguidilla de tiendas resolvían cualquier antojo.
Pero si algo caracterizó a esa Cúcuta dorada fue su asombrosa eficiencia comercial, una especie de servicio a domicilio transfronterizo que hoy parece ciencia ficción. Si en Mérida alguien planeaba casarse, graduarse en la ULA o simplemente renovar la casa, el destino inevitable era el norte colombiano. Allá se conseguían trajes de etiqueta para caballeros, deslumbrantes vestidos de novia y telas importadas para la alta costura femenina. La logística era tan impecable y veloz que los talleres y sastres confeccionaban hasta las cortinas a la medida y, sin tener que esperar semanas, los encargos aparecían colocados en la mismísima puerta de la casa en Mérida, impecables y listos para estrenar.
Por supuesto, los estudiantes universitarios y la juventud andina no solo bajaban a comprar textiles o llenar las maletas con víveres y productos alimenticios de todo tipo. Cúcuta guardaba un imán irresistible para la noche. La parranda era buena, bonita y barata. La oferta de bares era infinita, pero el verdadero plato fuerte de la bohemia nocturna se concentraba en La Ínsula, una zona de tolerancia que deslumbraba con sus avisos luminosos de neón y sus nombres sugerentes. Eran prostíbulos con bares elegantes donde la noche cobraba vida entre tragos, música y espectáculos de estriptis protagonizados por mujeres de gran categoría. Entre todos esos recintos, La Casa de las Muñecas, King Kong quedaron grabados a fuego en la memoria de más de una generación de 'bachis' y bohemios que encontraron allí el escenario de sus mejores anécdotas de juventud.
La verdadera prueba de fuego de aquella aventura no estaba al ir, sino al regresar. Cruzar la línea fronteriza de venida era un trámite suave y sin complicaciones, pero la verdadera odisea comenzaba en el camino de vuelta hacia Mérida. Salir ileso de la alcabala de Peracal con la mercancía intacta requería de una mezcla de astucia, oración y suerte. Había que rogar por encontrarse con efectivos de la Guardia Nacional que estuviesen de buen humor o mostrasen cierta tolerancia para no decomisar el vestuario, los alimentos y las compras del fin de semana.
Aquel idilio fronterizo, donde la abundancia y la cordialidad parecían infinitas, vio su fin definitivo con el golpe seco del Viernes Negro de 1983. Aunque los años trajeron procesos de recuperación y la dinámica comercial entre ambos países intentó levantarse, nada volvió a ser igual.
La Cúcuta de aquellos años sesenta quedó guardada como una estampa irrepetible de prosperidad, fiesta y libertad que solo vive en la memoria de quienes tuvieron la fortuna de gozarla.
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