domingo, 20 de septiembre de 2026

​Macoya: sanpedrero, chiguarero y personaje inolvidable

Cuentos y Verdades de Álvaro Sandia Briceño

Por: Germán D' Jesús Cerrada

​Pablo Morales, a quien todos llamamos siempre con cariño "Macoya", fue un personaje verdaderamente singular en la vida de la Hacienda San Pedro y del pueblo de Chiguará de hace muchos años. 

Su historia comenzó en las filas de la historia grande: formó parte de aquel grupo de ayudantes y cabresteros que se sumaron a las tropas de la Revolución Liberal Restauradora de Cipriano Castro cuando, a finales del siglo XIX, invadió el país desde la vecina Cúcuta para poner fin a los gobiernos centristas e inaugurar aquella larga e histórica etapa de "los andinos en el poder".

​En aquella gesta, Castro esquivó astutamente el cerco de San Cristóbal y al General Peñaloza allí apostado, abriéndose paso hacia Pregonero como conocedor experto de los montes, cañadas y vericuetos de la geografía tachirense. En Pregonero se libró una cruenta batalla de la que Castro salió victorioso para continuar con sus huestes hacia Tovar y Mérida, prosiguiendo su marcha al centro hasta la célebre Batalla de Tocuyito. 

Allí, las tropas del General Matos capitularon, permitiendo que un Castro con la pierna "escaloyada" entrara en el Ferrocarril del Centro a la estación de Caño Amarillo y de allí a la Casa Amarilla, sede del gobierno central, pues el Palacio de Miraflores aún era la suntuosa residencia de los herederos del General Joaquín Crespo.

​A todas estas, nuestro pintoresco "Macoya" había recibido un balazo en una pierna durante la Batalla de Pregonero, percance que le impidió continuar a paso de vencedores tras el rastro castrista. Su convalecencia en Pregonero, al cuidado de una buena familia amiga, se prolongó por un buen tiempo.

​Con las tropas de Castro ya muy lejos en el horizonte, a Macoya no le quedó más remedio que buscar el pan de cada día por sus propios medios. De pueblo en pueblo, siempre a pie y con la determinación a cuestas, anduvo buscando trabajo hasta que sus pasos lo llevaron a la Hacienda San Pedro, en Chiguará. Allí se topó con el dueño de la hacienda, Don Román Pantaleón Sandia, nacido en La Grita y por ende paisano suyo. 

El entendimiento fue inmediato y Macoya se incorporó sin demora a las faenas del campo.
​Fueron muchísimos los años que Macoya dedicó a la Hacienda San Pedro, cuidando el ganado y las bestias caballares con su contagioso buen humor. Ocupaba uno de los "cuartos" situados detrás del depósito de pasto, muy cerca de la pesebrera y del corral de ordeño, espacio que compartía con los demás obreros. Era un trabajador incansable: se levantaba antes de que el primer rayo de sol asomara por las montañas y, como sagrado ritual matutino, se enjuagaba la boca con un buche de miche "callejonero" que guardaba celosamente debajo del catre. El segundo trago iba directo "pa'dentro", según él, "para coger fuerzas y espantar la polvareda". En esa época se "arrejuntó" con una muchacha chiguarera, con quien tuvo una hija por la que siempre veló con amor de padre.

​Macoya trabajaba de lunes a sábado y, al cobrar la jornada de la semana según las labores realizadas, cumplía con su invariable rutina. Como en aquel entonces no existía carretera entre Chiguará y las haciendas de la zona, una vez cobrado el jornal se daba el baño de rigor, se vestía con ropa impecable, se calzaba sus mejores alpargatas de fin de semana y emprendía la caminata hacia el pueblo. Su primera parada era entregarle el dinero a su hija para los gastos del hogar, reservándose únicamente lo justo para los "tragos de refresco" del fin de semana.

​Pronto se convirtió en un personaje entrañable del pueblo, recorriendo las bodegas para "echarse sus michitos" sin molestar jamás a nadie. 

Los comerciantes y hacendados chiguareros le tenían sincero aprecio y le brindaban tragos con especial afecto.
​Cierto domingo, tras su habitual recorrido etílico por las bodegas, Macoya andaba ya "más de allá que de acá". Recaló en el negocio de Jesús María Gutiérrez, quien además de servir tragos en el mesón, tenía una concurrida mesa de billar al fondo. Allí se encontraban varios vecinos notables de Chiguará, quienes decidieron brindarle a Macoya un trago de miche de a dos bolívares, todo un lujo para la época. Servido el miche en un vaso pequeño, una mosca impertinente, seducida por el aroma del aguardiente, decidió darse un chapuzón y ponerse a nadar en el licor de Macoya.
​Todos los presentes guardaron silencio, expectantes por ver cómo reaccionaría el hombre ante el dilema. Macoya sabía que lo observaban con picardía, pero las ganas de beber eran infinitamente superiores al melindre. Sin pensarlo dos veces, metió el dedo en el vaso, sacó a la intrusa de un manotazo y soltó una sentencia que quedó para la historia:
​—¡Mosca es mosca y miche es miche!
​Acto seguido, se pegó el trago de un solo trancazo ante el delirio y los aplausos de los mirones, quienes divertidos por la hazaña le brindaron de inmediato otro trago para resarcirlo de la afrenta de la mosca nadadora.

​Macoya fue siempre un trabajador leal, noble y profundamente agradecido. Recuerdo que en una de sus tantas "jumas", mientras entornaba los ojos por el efecto del miche, le escuché decir con sentimiento: "Pablo Morales... sirve a los Sandia".

​Sirvan estas líneas de cariñoso homenaje a ese sinigual Macoya, a quien recordamos con inmenso afecto como el hombre que entregó sus mejores años a la Hacienda San Pedro, a mi abuelo Román Pantaleón Sandia y a sus sucesores, entre los cuales me honro en contarme.

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