domingo, 27 de septiembre de 2026

Peripecias cucuteñas que no volverán

Cuentos y Verdades de Álvaro Sandia Briceño

A propósito de la crónica de Germán D' Jesús Cerrada sobre sus vivencias en Cúcuta

​Viajar a Cúcuta en nuestros tiempos de muchachos no era hacer turismo; era un rito de iniciación. Significaba el viaje anual para la compra de los trajes Everfit, la ropa interior y medias Punto Blanco, los cotizados zapatos Corona o Croydon, los bocadillos veleños y, ya con los años y la edad madura, el infaltable Ron Caldas.

​Agosto y septiembre eran los meses señalados para que la familia cruzara la frontera a fin de "aperarnos" con todo lo necesario para el nuevo año escolar. Nuestro desdichado bolívar de hoy era entonces una moneda fuerte, respetada y repleta de "cobres" en todos los comercios cucuteños.

​Llegar a la ciudad fronteriza saliendo temprano desde Mérida era una travesía de ir y volver: una noche en el Hotel Internacional —o en cualquiera de categoría similar— y el regreso al día siguiente. El verdadero arte del viaje residía en sortear las alcabalas, Peracal y El Mirador como las más "bravas" de la ruta. Como los guardias no podían quitarnos lo que traíamos puesto, más de uno aprendió la técnica de sobrevestirse: dos o tres camisas, varios interiores, un flux completo y los zapatos de goma estreno, que raspábamos de inmediato contra el suelo para que lucieran viejos y usados.

​​Con el paso de los años, los viajes a la capital del Norte de Santander tomaron otros matices. Ya no íbamos bajo la tutela de nuestros padres sino en la alegre complicidad de los amigos.

Las compras de uniformes dieron paso a las camisas de vestir con sus respectivas corbatas, el alojamiento se mudó al señorial Hotel Tonchalá y las noches se coronaron con las parrandas de rigor.

​En la oferta gastronómica destacaban el inolvidable restaurante El Pato Rojo o el acogedor rincón de Etienne en el poblado de San Luis, un galante francés que nos deslumbraba con cenas de ostras, gambas y bogavantes que, según juraba, le llegaban a diario directamente desde Cartagena.

​Para los recién casados, la geografía comercial también cambió. Almacenes Ley, Los Tres Grandes o La Casa de las Medias cedieron paso a las mueblerías como Decoret. Imposible olvidar cuando adquirí el mobiliario completo para nuestro hogar en Mérida: el juego de dormitorio con sus dos poltronas, la sala con diván y cuatro sillas, y el comedor de ocho puestos con su ceibó. Todo aquel esplendor costó 18.000 bolívares de la época (a Bs. 4,30 por dólar y sin sombra de inflación), cifra que incluía el flete hasta la puerta de la casa y el estratégico "paso" por las alcabalas.

​​Con el discurrir de los años cultivamos entrañables amistades del otro lado de la frontera. Disfrutamos de inolvidables recepciones en el exclusivo Club Cazadores de Cúcuta y, en correspondencia, los recibimos en los salones del Mérida Country Club para mostrarles con orgullo la belleza de nuestra ciudad serrana.

​Hoy, lamentablemente, Cúcuta ya no está en nuestro radar social cotidiano, salvo como punto de tránsito para entrar o salir del país ante las complejidades aéreas nacionales. 

Sin embargo, permanece intacta y vibrante en la memoria de los niños y jóvenes que fuimos. No es fácil olvidar nuestras peripecias cucuteñas; por eso, aun con los años a cuestas, guardamos la esperanza de volver a disfrutar de esa fraternidad cuando la prosperidad retorne definitivamente a nuestra patria.

No hay comentarios: